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Entre padres e hijos: el daño de las ideologías

TURGENEV
Repin-Public Domain
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La maravillosa novela de Turguénev nos enseña de algo muy actual: el daño de las ideologías en las relaciones de los hijos con los padres

La cuestión de la brecha generacional es una constante en la historia de la humanidad. Los padres quieren, cuidan y protegen a sus hijos pero llega un momento en en que los hijos rechazan el cariño, creen que saben cuidarse solos y sienten la protección como una intolerable injerencia en sus vidas.

Iván Turguénev (1818-1883), el más europeísta de los escritores rusos del siglo XIX, es consciente del tópico y lo aborda en su novela Padres e hijos (1862) introduciendo una variable digna de atención en cuanto que quizá esté hoy más presente en nuestras vidas que en el momento en que escribe Turguénev.

La novela admite una lectura que acentúa los aspectos políticos y sociológicos de los últimos tiempos del zarismo, la confrontación de la visión aristocrática y la rebeldía de los jóvenes, la situación de los siervos, etc. No obstante, voy a ceñirme únicamente a las relaciones intergeneracionales que, por otra parte, son las aludidas en el título de la obra.

Padres e hijos arranca cuando Arkadi y Bazárov, dos jóvenes recién graduados en la universidad, van a pasar unas vacaciones en casa del primero. En la hacienda vive el padre de Arkadi (Nikolái) y su tío Pável. Las actitudes y disputas van mostrando precisamente el conflicto generacional. El padre es consciente de ello y dice a su hermano: «una vez reñí con nuestra difunta madre. Ella gritaba, no quería escucharme… y finalmente yo le dije que no podía comprenderme porque pertenecía a otra generación.

Se ofendió tremendamente y yo pensé: ¿Qué le vamos a hacer? La píldora es amarga, pero hay que tragarla. Ahora nos toca el turno a nosotros. Ellos, nuestros sucesores, nos pueden decir: No sois de nuestra generación, tragaos la píldora».

Arranca, como decíamos, con la constatación de que se trata de un proceso normal, de un natural sucederse las generaciones. Vamos ahora al matiz introducido por Turguénev.

Basárov es un nihilista, no da importancia al matrimonio, al amor (puro sentimentalismo romántico) ni, en general, a los principios. Los principios son una abstracción. Lo práctico es llevarse el pan a la boca cuando se tiene hambre. No hay que actuar según principios sino «en virtud de aquello que consideramos útil […] Y en el tiempo actual lo más útil es la negación». Con esa actitud negativa, retadora, rebelde, la joven generación vence a sus padres quienes constatan que esos jóvenes nihilistas «lo rechazan todo o, dicho con más exactitud, lo destruyen todo. Pero es necesario construir».

Poco a poco vamos descubriendo que, en este caso, la relación padre-hijo está mediatizada por la ideología (Basárov). Turguénev ve ya en el siglo XIX lo que será un espanto en el XX (y aún hoy): el tiempo horrible de la irrupción de las ideologías en la vida cotidiana.

Basárov, o su ideología, tiene la fuerza de la destrucción. Son, desde esa perspectiva, muy atractivas para la mentalidad juvenil que necesita desmantelar la tradición para afirmarse sobre un nuevo fundamento.

Basárov critica toda autoridad pero sabe que Arkadi es su discípulo. Arkadi critica también toda autoridad pero imita y se somete a la ideología, a Basárov. Ahí radica la peculiaridad: mientras los conflictos generacionales se saldaban con desmantelar lo recibido de los padres para construir la propia vida desde nosotros mismos, estábamos ante un proceso normal.

La injerencia de la ideología en el proceso madurativo desliga al individuo de sus padres, de su tradición, pero lo ata férreamente a unas ideas o, lo que es lo mismo, cambia unas ataduras por otras y, por lo tanto, el individuo no se libera ni construye su vida sino que sigue sometido a unos principios que no ha cuestionado. En otros términos: la ideología impide la maduración del individuo, lo somete y lo anula.

El líder, el ideólogo, también sufre la despersonalización. Por eso, cuando los amigos conocen a una mujer culta, emancipada, Basárov no ve en ella nada más que “un tipo” de mujer. Interesante, sí, pero nada más. El trato con Anna va avanzando hasta llegar al punto culminante, una conversación tremendamente significativa que queda a medias. Cuando, más adelante, Anna desea retomarla, Basárov dice no saber de qué hablaban:

«- Estoy a su entera disposición, Anna Serguiéievna, pero dígame, ¿de qué conversábamos ayer?
[Anna] Odintsova le miró de soslayo.
Creo que hablábamos de la felicidad».
Él evade repetidas veces la cuestión desde su fría visión de los asuntos humanos. Anna le dice que confía en que desaparezca su reserva, su tensión…
«Besárov se levantó y se aproximó a la ventana.
¿Y quisiera saber el motivo de esa reserva, desearía saber lo que me sucede?
Sí –repitió Odintsova un tanto asustada, aunque todavía de un modo inconsciente. […]
Pues sepa que la amo como un necio, locamente».

Desde la altura de su cínica ideología, siempre mira insolentemente a la cara. Ahora, cuando se trata de sí mismo, de la felicidad, habla de espaldas.

El amor no es una idea. No puede amarse a “un tipo” de mujer, sino a una mujer concreta. Y no ama “un tipo” de hombre, sino una persona concreta. Besárov es inteligente, ve que esa situación entra en contradicción radical con su posición ideológica: ya no es un dios, un líder, un maestro. Es sólo un hombre, concreto, particular.

Y Besárov tiene también unos padres a los que hace años que no visita e incluso desprecia aunque ellos lo quieren con locura. Ahora va a verlos. Al contemplarlos, confiesa a Arkadi: «Pienso en lo agradable que es para mis padres la vida. Mi padre […] tiene preocupaciones, habla de remedios “paliativos”, asiste a los enfermos, es generoso con los campesinos, en una palabra, se divierte […] y, entre tanto, yo… […] Yo sólo siento tedio y enojo».

No quisiera privar al lector del placer de ver cómo evolucionan estos jóvenes, aunque procede decir que uno de los hijos muere. Y parece ser que al final todos los padres acaban actuando como Mónica con Agustín:

«Desde la próxima aldehuela llegan a él (al cementerio) con frecuencia dos viejecitos achacosos, marido y mujer. Sosteniéndose el uno en el otro caminan con fatigoso andar, se aproximan a la valla, se postran ante ella y lloran amargamente durante mucho tiempo. Contemplan luego largo rato la ruda piedra, bajo la cual reposa su hijo. Intercambian algunas palabras, quitan el polvo de la losa, enderezan alguna rama de los abetos y oran de nuevo sin poder abandonar aquel lugar, en el cual se siente más cerca de su hijo, de su recuerdo… ¿Es posible que sus plegarias y sus lágrimas sean estériles? ¿Es posible que el amor, el amor santo y fiel no sea todo poderoso?».

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