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Cómo la Virgen María cambia mi vida

POPE FRANCIS AUDIENCE
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En ella descanso, y me pide que confíe y me hace capaz de lo imposible

Me gusta la mirada de María. Esos ojos que me persiguen en el Santuario, no importa dónde me arrodille. Allí están, mirando, acogiendo, comprendiendo. Nunca he sentido un reproche, una mala cara. Tan lejos de mi forma de mirar.

No se fija en mi ropa, ni en mis gestos. Se conmueve si me vence el sueño. Acepta mis excusas. Recoge mis miedos. Calma mis heridas. Me viene al corazón la letra de una canción:

«En el jardín oculto de tu belleza. Allí donde las flores cubren la hierba. Allí donde descanso en ti, María. Allí donde tus aguas calman mi herida. En el pozo profundo de tu agua pura. Donde busca mi alma la paz sagrada. Allí donde yo vengo a ti, María. Deja que en ti mi fuente tenga agua viva».

Pienso en el jardín de María en mi propia alma. En ese lugar oculto donde sólo Ella reina, vive y me regala su paz. Su mirada se posa en lo más sagrado que tengo, en lo más oculto.

Y yo en Ella descanso. En su regazo, en su abrazo. Así es María. Madre que mira. Como esa Virgen morena en Guadalupe que mira bajando sus ojos sobre mí.

OUR LADY OF GUADALUPE SYMBOLS
PD

Me impresiona esa mirada compasiva llena de misericordia. Mirando al desvalido, al pobre, al indigente, al que no es digno, al que no tiene nada, al que sólo busca merecer una mirada.

La compasión se derrama en esos ojos que se agachan, que se abajan. Me siento indigno y pobre. Y su mirada me salva. Me levanta, me hace digno sin serlo. Bendito misterio.

Esa mirada me abrazó un día por la espalda. Cuando yo no la buscaba. Asaltó mi vida sin yo quererlo. Y dije sí de repente, en una gruta, sí a su plan, a sus preguntas.

Y me dejé hacer por Ella, en sus manos de Madre. Descubriendo mis amores ocultos, mis sentimientos más hondos, mis pasiones dormidas.

Ella vio a través de mi muro a ese niño asustadizo y cobarde. Descubrió su inocencia turbada. Ensanchó mi alma, como dice la poesía del padre Joaquín Allende:

«Muro de hielo, torrente de montaña, bajando desbocado, sin remansos ni playas. Así era mi alma antes de que tú llegaras, antes de tu vida sosteniendo la mía, antes de tu barca, tomando posesión de mi historia. Desde cuando acepté, que me alzaras como río en el hueco de tu mano, para hacerme el alma navegable con la temperatura de tu paz».

Acepté que tomara mi vida en sus manos. Que me alzara en el hueco de su mano. Y me hice dócil. Y las aguas se calmaron. Y la temperatura de hielo se tornó de paz.

Y sentí ese abrazo eterno que sostiene mis pies ante la caída. Y levanta mi alma herida para que pronuncie su sí, su fiat. Y yo me dejo. Entre sonrisas y lágrimas.

Ensanchar el alma siempre duele. Se resiste la piel por dentro. Es como estirar hasta extremos imposibles. Y duele dejar de ser egoísta, o egocéntrico. Romper los muros de mi comodidad, de mis miedos. Hacer que mis aguas sean navegables para tantas almas que quieren vivir y tener esperanza.

Y yo me dejo. Aunque duela. Aunque el corazón se resista. María cambia mi vida. Me capacita para lo imposible. Me hace surcar mares lejanos.

Me hace creer que soy mejor de lo que yo creo. Me hace pensar que los demás también son mejores. Me hace mirar a ese niño escondido en mi alma. Al niño escondido en cada alma. Y me pide que confíe:

«¿No estoy acaso yo aquí que soy tu Madre?».

Me pide que deje atrás los miedos. Que no busque seguridades humanas. Que no pretenda que todo esté en orden. Que no quiera no caer nunca y vencer siempre. Que no dude de su cuidado y cercanía. Y que mi única confianza esté en Dios, anclada en lo más alto.

Solo me pide que le entregue mi corazón. Aunque esté roto. Aunque sienta a veces que no vale nada. Lo único que necesita es que me abandone en sus manos, confiado.

Yo quiero creer que es posible. Lo extraordinario puede ser ordinario en mi vida cotidiana. Un Dios que me viene a ver. Una Madre que me mira llena de compasión y ternura.

Y yo me dejo querer, como los niños. Y sé que tengo una misión por delante. Un camino imprevisible. Unas hazañas alcanzables. Porque cree en mí y pone sobre mis hombros una misión inmensa. El Padre Kentenich me lo recuerda:

2Solamente el que esté provisto de una confianza inquebrantable en esta fuerza y misión divinas podrá aventurarse sobre el agitado y tempestuoso océano de la vida».

Yo creo en esa misión divina. No me hago portador de un sueño propio. Es Dios el que me envía. Es María quien pone sobre mis hombros una carga imposible. Y me pide que confíe.

No me deja quieto. Me pone en camino. Me pide que no vuelva la mirada hacia atrás con miedo a perder lo que tenía. Que no viva fuera de la tierra a la que me envíe. Que asuma cada tarea con alegría, feliz, dispuesto a dar la vida.

¿No he nacido acaso para entregar mi vida? ¿No es eso lo que Dios me pide? Se lo digo en mi corazón:

«Ante ti Jesús te entrego mi vida, mis miedos mis sueños, mis deseos de libertad. Te lo entrego todo, tuyo soy».

Y María sonríe. Yo ya no temo. No sé cómo pero su abrazo se graba en mi alma. Se imprime su mirada dentro de mi corazón. Y vuelvo a creer en los sueños imposibles. Y vuelvo a emprender caminos inseguros.

No tengo nada que perder. Nada poseo. Y voy seguro con su mirada compasiva detenida en el niño que llevo dentro. María tiene el poder. Ella es Reina en mi vida. Ella tiene el cetro que yo le entrego. Ella puede vencer en mí. Yo me dejo. Le regalo todo lo que tengo para que reine en mi vida.

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