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Este pequeño desafío puede mejorar tu relación con tus hijos

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Martin Novak - Shutterstock
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Nos centramos mucho en la disciplina y la corrección, pero hay otra cosa que importa más

En las últimas semanas, mi hija adolescente ha estado haciendo gala de su adolescencia con bastante intensidad. Lo típico: cambios de humor, mala actitud, el lote completo de las delicias de la adolescencia. A medida que aquello dejaba de ser anecdótico y se convertía más en un patrón, yo sentía que iba perdiendo la paciencia y que me frustraba cada vez más. Empecé a poner límites más estrictos y a hablar de forma más tajante… porque eso es lo que hacen los padres, ¿verdad?

Alerta de spoiler: no. No es así. Y yo lo sé, pero las batallas diarias me estaban desgastando y no estaba respondiendo con mis habituales esfuerzos en paciencia, comprensión y afecto. Como podréis adivinar, mi propia insuficiencia fue agravando la situación hasta que una noche, mi hija explotó en lágrimas y me dijo: “¡No importa lo que haga, nunca soy lo bastante buena para ti! ¡Da igual todo!”.

Esto me cayó como un jarro de agua helada. Me di cuenta en seguida de que nunca me había interesado por cualquiera que fuera el problema que ensombrecía a mi hija. En vez de eso, me había centrado en su actitud, su tono y su conducta en general, todas reacciones razonables al torbellino interior de la adolescencia. Había intentado controlar sus reacciones en vez de intentar ayudarla a lidiar con la causa del problema. De esta forma, había amontonado insulto sobre herida, empujándola más hacia su pesadumbre.

Aquella noche tuvimos una larga conversación y me disculpé. Después ella se disculpó también. Pero yo podía sentir que había quedado cierta inestabilidad en nuestra relación. El daño estaba hecho y no sabía cómo deshacerlo.

Hace poco, casualmente, estaba escuchando un pódcast con el doctor John Gottman en el que el presentador le preguntaba si su “ratio mágica” de 5 interacciones positivas por cada interacción negativa se aplicaba a la educación parental. Antes de que el doctor Gottman respondiera afirmativamente, yo ya sabía que ahí estaba la clave. Eso era lo que nos faltaba. Mi hija y yo habíamos tenido tantísimas interacciones negativas durante las últimas semanas que nuestros pocos momentos positivos –como nuestra charla y mi disculpa– eran meras gotas en un balde de agua.

De inmediato envié a mi hija un mensaje diciéndole lo orgullosa que estoy de ella y lo mucho que la quiero. Al salir de la escuela, me llamó para preguntar si podía volver corriendo a casa después del entrenamiento; le dije que sí. Ha estado pidiendo hacer esto a diario, pero yo siempre había respondido que no porque me preocupa que cruce a pie una calle con mucho tráfico.

Para mi propia tranquilidad, fui en coche hasta el cruce en cuestión para asegurarme de que cruzaba con seguridad. Y así fue, por supuesto, y vi con mis propios ojos que el peligro estaba casi por completo en mi imaginación. Como ella misma me había dicho siempre, era perfectamente capaz de cruzar la calle, y se lo dije cuando llegó a casa.

No sé si fue magia numérica o el puro placer de escuchar que ella tenía razón y yo estaba equivocada, pero su ánimo se iluminó después de aquello. Se pasó el resto de la tarde de un humor excelente y se convirtió de nuevo en la adolescente normal y corriente (con muchos ojos en blanco) que tanto quiero. 

Nuestros hijos necesitan, sin lugar a dudas, escuchar comentarios asertivos y afectivos mucho más que nosotros. Tendemos a centrarnos tanto en las cosas pequeñas que olvidamos que la mayor parte de ser buenos padres y criar buenos hijos es formar una relación de confianza, de apoyo y de amor. Esto deja un mayor impacto en la educación que todas las correcciones y las críticas quisquillosas del mundo. 

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