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¿Cómo salir del “yo, me mí, conmigo mismo”?

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By Masson|Shutterstock
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Los adultos también necesitamos nuestras dosis de atención y reafirmación. La clave está en no robar esa atención, sino en pedirla cuando la necesites, aprendiendo a su vez a escuchar a otros cuando quieran expresarse.

Desde pequeños, algunos han aprendido a anteponer las necesidades de los demás a las suyas. Esto se ha podido deber a múltiples factores en la infancia:

Ser hermano mayor: los niños que ocupan el primer puesto en la familia – o ejercen un cierto rol de responsabilidad frente a los demás – si no piensan en sus hermanos pequeños, pueden ser injustamente tachados de egoístas.

Convivir con una persona enferma: eso lleva al niño a sentirse culpable cuando quiere pensar en sí mismo y disfrutar con algo que le gusta.

Paternidad disfuncional: los niños que han sido educados por padres problemáticos (agresividad, alcoholismo, adicciones, etc.), suelen cargar con el peso que no están atendiendo sus progenitores y, por tanto, se desconectan de sus propias necesidades y emociones.

Sin embargo, con el tiempo ese niño interior – que no pudo hacer las cosas propias del niño, y ser escuchado y atendido como se merecía en aquellas primeras etapas de su vida -, se impone al adulto a través de conductas egocéntricas.

Los niños son egocéntricos por naturaleza. Un bebé hambriento no está capacitado para pensar en el sueño que tendrán sus padres durante la madrugada, y anteponer esa necesidad a la suya propia de ser alimentado. Se trata de un mecanismo que le garantiza la supervivencia.

Con la madurez, el ego (o sea, el yo) se va desplazando para aprender a poner a otros en el centro de forma equilibrada, sin dejar de amarse a uno mismo. Pero cuando este proceso se ha visto interrumpido por disfunciones familiares o por otras circunstancias como las mencionadas anteriormente, el yo se tiene que expresar, buscando el protagonismo que no recibió cuando lo necesitaba.

Ocuparse de uno mismo y tenerse en cuenta es algo positivo. Pero la sociedad, con una fuerte tendencia individualista y egocéntrica, no favorece un sano ejercicio del cuidado propio.

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1. Valora tu situación de vulnerabilidad con respecto a la de los demás. A veces, puedes necesitar ser escuchado, pero tienes que ver si el otro lo necesita más que tú en ese momento.

2. Revisa cuándo fue la última vez que te sentiste escuchado. A lo mejor eres escuchado muy a menudo, y aún así, nunca te parece suficiente.

3. Trata de pensar en la última vez que escuchaste a alguien contarte cómo se sentía. Si hace mucho que no escuchas a los demás, es hora de guardar silencio, y dejar paso a la escucha.

¿Qué hacer?

Los adultos también necesitamos nuestras dosis de atención y reafirmación.

La clave está en no robar esa atención, sino en pedirla cuando la necesites, aprendiendo a su vez a escuchar a otros cuando quieran expresarse.

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