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¿Se cumplió la “profecía” de Blade Runner?

BLADE RUNNER
Warner Bros. Entertainment
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Nos encontramos en una fecha cinéfila por antonomasia, en este mes y en este año se desarrollaba una cinta de culto como Blade Runner, un film con infinidad de lecturas sobre la vida, la muerte, el hombre y como no, también Dios

Últimamente no se habla de otra cosa. La mítica Blade Runner se desarrollaba en nuestros días, en noviembre de 2019. Es evidente que los coches no vuelan y los robots, al menos qué sepamos, no se confunden con los seres humanos. No hace falta someterlos a un examen de comportamiento para observar su retina y saber así si tenemos delante a un replicante o a un ser humano. De momento, todos somos de carne y hueso. O al menos eso es lo que parece. Sobre todo porque una parte muy importante de lo que somos nosotros está en un espacio virtual, un lugar difícil de ubicar físicamente pero que nos controla y nos condiciona, las redes sociales.

A buen seguro ni a Ridley Scott, director de la película, ni a Phillip K. Dick, autor del relato en el que se basa el film, podrían haber imaginado ni en su peor pesadilla un mundo tan etéreo y frívolo como el actual. Es decir, un mundo donde no nos hace falta cazar robots porque nosotros somos cada vez menos humanos y más virtuales, más robots. Todas las cosas cotidianas que antes nos rodeaban ahora son entidades virtuales, están en la nube. Desde nuestro dinero hasta nuestra televisión, pasando por nuestra vida.

Se ha dicho, y no sin razón, que Blade Runner hablaba del valor supremo de la vida al tiempo que se ha asegurado que el film de Ridley Scott nos proponía reflexionar no sobre el futuro, sino sobre la muerte. Aunque pudieran parecer posiciones opuestas, en realidad están íntimamente relacionadas porque solo la muerte puede darle un valor supremo a la vida.

En Blade Runner se nos proponía un futuro tecnificado pero también hiper escenificado. Sus fugas de luz, su vestuario, sus cámaras lentas, su música de Vangelis… Todo en la película de Blade Runner parecía el retrato de un artista de la posmodernidad que estampara en su lienzo un fresco de la sociedad que temía ver en el futuro. Scott se apoyó en el texto del complejo y complicado escritor Phillip K. Dick, para ofrecer un futuro asolador pero no porque se le temiera, sino como un ejercicio sobre temores muy humanos, entre ellos, ser conscientes de que vamos a morir.

El libro de Thomas Ligotti La conspiración contra la especie humana defendía que la mayor tragedia que podía experimentar el ser humano era la de ser consciente de que iba a morir, por esta razón, para el autor la vida humana suponía una tragedia en sí misma.

Y de hecho, este es el tondo que adquiere Blade Runner cuando Roy Batty (Rutger Hauer) dice aquello de he visto cosas que vosotros no creeríaís… y su vida se pierde como una lágrima en la lluvia. Su hacedor, el ser humano, quiere darle caza, por tanto ya no hay esperanza. Su vida es una tragedia. Es hora de morir.

Es curioso no obstante como la figura de Dios resulta esquiva tanto en la visión de Dick como en la película de Scott. Sobre todo porque una figura divina habría complicado mucho las cosas aunque sí que hay un tono presente en tanto el hombre, con sus creaciones, juega a ser Dios.

Y hemos visto en no pocas ocasiones como este tipo de experimentos pueden terminar mal (ahí está Frankenstein) aunque en Blade Runner la cosa vaya sobre todo por lo existencial. Es decir, la cuestión no es si está bien crear una vida que más o menos se pudiera parecer a la humana, el quid del asunto es sí esa vida adquiere algo parecido a la conciencia ¿puede haber algo más en su interior?

El asunto desde luego daría para mucho pero lo cierto es que de momentos nos tenemos que conformar con ver como nosotros, que sí tenemos vida, la dejamos escapar a modo de twits por las redes sociales. No digo que estén mal, solo digo que quizá podríamos estar depositando sobre ellas más de la cuenta. Nuestra intimidad, nuestras creencias, nuestros secretos y hasta nuestros hijos centran la atención de millones de ojos anónimos que observan la red de redes.

Tal y como están las cosas, perder una lágrima en la lluvia sería hoy como buscarnos a nosotros mismos en la inmensa red de redes. ¿Qué hacemos ahí y cómo hemos llegado hasta allí? Ahora no hace falta perderse como lágrimas en la lluvia, sino teclear nuestro nombre en Google. Así de sencillo. Tal vez todo se deba a que casi ya no hay lágrimas en la lluvia.

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