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Cómo el que te molesta se convierte en quien te salva

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La historia de Zaqueo, el hombre que se dejó encontrar por Jesús

Zaqueo no sólo ve pasar a Jesús. Ese día es un día de gracias. Jesús ve a Zaqueo. Ocurre el milagro:

«Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: –Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. El bajó en seguida, y lo recibió muy contento».

El que quiere ver, acaba siendo visto. El que busca a Jesús acaba siendo encontrado. Es la paradoja de la vida. Quiero encontrar a Dios y es Él el que me encuentra. Quiero lograr llegar alto y es Jesús el que me sube.

Así lo hace con Zaqueo. Lo mira dese lejos, desde abajo y lo llama. Y entonces Zaqueo se convierte al conocer a Jesús. Esa llamada cambia su vida porque Jesús lo ha visto y llega a su casa a comer con él. Leía el otro día:

«La hospitalidad es la virtud que nos permite romper la estrechez de nuestros miedos y abrir nuestras casas al extraño, con la intuición de que la salvación nos llega en forma de un viajero cansado. La hospitalidad convierte a los discípulos preocupados en testigos fuertes, a quienes sospechan de todo en donantes generosos, y a los fanáticos de mentes cerradas en receptores de nuevas ideas y perspectivas».

Zaqueo se convierte en anfitrión, en hospitalario. En dueño de casa que abre sus puertas. Cuando vivo encerrado en mis miedos y egoísmos me quedo solo. Mi casa vacía me recuerda la dureza de mi corazón. Aislado y protegido no puedo querer al que toca mi puerta.

Pero si abro, el que me molesta se acaba convirtiendo en quien me salva. Esa aparente contradicción es la que me cuesta creer una y otra vez. Dudo.

Yo estoy bien, protegido, seguro. No necesito que nadie venga a mi casa a salvarme. Pienso que cualquier molestia en mi vida me saca de lo que deseo. A Zaqueo le salvó su apertura. Decía Victoria Braquehais, una misionera en África:

«El encuentro con una persona es muy importante. Si llega una persona a casa todo se para. Y si tienes que estar con ella dos o tres horas, estás y no te preocupas de más. A veces se nos va la vida en grandes proyectos. En África los gestos son de otro modo. Te acostumbras a estar atenta a todo eso. Es una escuela permanente».

Jesús quiso comer en casa de Zaqueo y esa comida lo cambió todo. Jesús comió con un pecador y arriesgó su fama. No estaría bien visto: «Al ver esto, todos murmuraban diciendo: –Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Hoy cualquiera puede opinar de todo. En los foros públicos de internet uno puede verter su opinión sin miedo. Puede decir impunemente cualquier cosa.

En una ocasión, una persona que no había visto una película opinaba sobre la misma sin pudor. Al recriminarle que no la había visto, contestó: «En esta vida se puede opinar de todo. Aun sin haber visto la película tengo mi opinión». Quedó resonando la respuesta en mi alma.

Hoy todos opinan de todo, y de todos. En este caso opinan de Jesús. Come con pecadores. Y no saben que Él viene a salvar a los pecadores, no a los justos. Viene a buscar a los enfermos, no a los sanos.

Yo miro a Jesús y lo juzgó. Puedo llegar a pensar que exagera. Un publicano. Un hombre que no quiere cambiar de vida. Yo me fijo en las apariencias y opino. Y pienso que tengo razón: «Piensa mal y acertarás», me digo a mí mismo. Me vuelvo a equivocar una y otra vez cuando me dejo llevar por las apariencias.

Hoy miro a Zaqueo y me conmuevo. Zaqueo se dejó tocar y cambió su vida. Era un buscador casi sin saberlo. Bastó una mirada. La de Jesús desde el pie de la higuera. Una mirada, una voz.

Lo llamó por su nombre. A él, que era un publicano, un pecador público. Su hospitalidad es lo que le salva. O le salvan esa mirada y esa voz. O le salva ese deseo de ver a Jesús. O le salva su higuera, el lugar en el que le toca vivir.

Jesús come en su casa. Quiere compartir la vida a su lado. Quiere estar con Zaqueo en su intimidad familiar. Y ese encuentro, que no pasa desapercibido para nadie, cambia la vida de Zaqueo:

«Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: –Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: –Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

La salvación hecha carne llega a esa casa. Zaqueo se convierte y decide empezar de nuevo. Un nuevo camino. Una nueva historia. Hay un dicho que siempre me da paz: «Todo santo tiene su pasado. Y todo pecador su futuro».

Es la oportunidad de Zaqueo para cambiar y soñar con ser santo. Tal vez ahora pueda hacer mejor las cosas. Depende de él, de su actitud.

Jesús ya ha venido a su casa y se ha quedado para siempre. La visita de Jesús al alma la cambia para la eternidad. Comenta el papa Francisco en el encuentro mundial de jóvenes en Cracovia:

«Jesús, a la vez que te pide de ir a tu casa, como hizo con Zaqueo, te llama por tu nombre. Tu nombre es precioso para él. El nombre de Zaqueo evocaba, en la lengua de la época, el recuerdo de Dios».

Jesús me llama por mi nombre que es precioso para Él. Quiere comer en mi casa, en mi vida. No me pide nada, su amor es gratuito. Quiere venir a mi casa tal y como es.

Me siento pequeño como Zaqueo. Me subo a un árbol. Dejo que Jesús me llame y se invite a vivir conmigo desde mi higuera, desde la realidad que a veces no me gusta. Sólo ese encuentro cambiará mi vida allí donde yo estoy.

Viene a mi pecado, a mi vida indigna, a la realidad que no acepto. Él puede cambiarme si le dejo entrar. Yo solo no puedo. No dejo que me vea. Tengo las puertas de mi alma cerradas.

Hoy quiero dejar que entre. Darle de comer en mi alma. Que venga a mí y me salve.

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