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El día en que Cristóbal Colón lloró

CHRISTOPHER COLUMBUS
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Dos de los motivos subyacentes que le llevaron a América eran la idea de evangelizar el Lejano Oriente y la posibilidad de adquirir suficiente riqueza como para iniciar una Cruzada para recuperar Jerusalén y el Santo Sepulcro

Los vientos alisios del sur circulaban amables a través de la isla de La Española, calmando los templados mares azulados a medida que los barcos se acercaban a la protección de la cala que se supone es cabo Haitiano en la actual Haití. Era la Noche Buena de 1492.

Con la caída de las tinieblas y la pesada fatiga de dos días y medio navegando sobre los hombros de la tripulación, se estableció la guardia  y los hombres se sumergieron en un pacífico sueño, sin percatarse de lo que el destino les tenía preparado.

Habían pasado cinco meses desde que Cristóbal Colón, sus oficiales y su tripulación salieran de la capilla convento de Santa María de la Rábida, en Palos de la Frontera (Huelva, España) e izaran las velas de la Santa María, la Santa Clara (la Niña) y la Pinta para embarcarse a través del mar en una travesía que cambiaría el curso de la historia.

El amor de Colón por el mar empezó a la tierna edad de 10 años, cuando trabajó por primera vez a bordo de un barco. En las décadas siguientes, cruzó los océanos de punta a punta como marino mercante y a menudo pasaba más tiempo en el mar que en tierra. Tenía un deseo insaciable de aprender y, aunque ya había tenido algo de educación formal, seguía siendo un ávido lector que se sumergía en libros de todos los temas, pero en particular de astronomía, geografía e historia. Sin embargo, los dos libros que demostraron tener mayor influencia en él fueron Los viajes de Marco Polo y la Biblia.

Fue en 1474 cuando un astrónomo florentino llamado Paolo dal Pozzo Toscanelli envió un mapa a Colón con una propuesta de navegar hacia el este a través del océano para llegar hasta Asia. Aunque la idea recibió el rechazo rotundo de casi todo el mundo, para Colón fue una chispa que encendió su imaginación y que se convertiría en una misión de 18 años para componer una expedición y encontrar financiación.

Por fortuna, su pasión sin precedentes por esta misión y su voluntad de hierro lo armaron de paciencia y perseverancia durante años de rechazo. No obstante, él insistió, tan resuelto estaba.

Dos de los motivos subyacentes que alimentaban su determinación eran la idea de evangelizar el Lejano Oriente y la posibilidad de adquirir suficiente riqueza como para iniciar una Cruzada con la que recuperar Jerusalén y el Santo Sepulcro. Si hay algo que se pueda decir de Colón con seguridad es que no le faltaba imaginación y que sus aspiraciones no eran pequeñas.

Cuando por fin recibió el patrocinio del rey Fernando de Aragón y la reina Isabel I de Castilla, se encontró con una nueva serie de desafíos. Pocos navegantes estaban dispuestos a arriesgar sus vidas en lo que percibían como el disparate de un loco y aún menos propietarios de navíos estaban dispuestos a arriesgar sus barcos.

El proyecto no empezó a tomar forma hasta que decidieron unirse los hermanos Pinzón: Martín, Francisco y Vicente, que eran relativamente famosos como marineros, piratas y exploradores. El 3 de agosto de 1492, los tres navíos atravesaron el río Odiel hasta el abrazo de la incertidumbre del mar.

Después de un viaje de 10 semanas rayando el motín a través de la “Mar Océana”, como se referían al Atlántico, tocaron tierra el 12 de octubre de 1492, reclamando la primera tierra para España y nombrándola San Salvador.

El destino de la Santa María

En torno a las 2 a.m. del Día de Navidad, Colón se despertó sobresaltado por el sonido de la fuerza del agua y de gritos desde el timón. Corrió a la cubierta para ver que el oficial de guardia había confiado el timón a un muchacho de cubierta, cosa que estaba prohibida. El inexperto grumete había permitido que el navío encallara, lo cual abrió unas grietas fatales bajo la línea de flotación.

Tras ordenar a la tripulación que arrojara un ancla por la popa, varios miembros de la tripulación se dirigieron a uno de los botes del barco para, directamente, desobedecer la orden y huir hasta la seguridad de La Pinta. Plenamente consciente de las implicaciones, Colón hizo un último esfuerzo para salvar el navío cortando el mástil para aligerar el barco, pero fue en vano. Las aguas se alzaron más y más y el barco que había guiado una de las expediciones más atrevidas de todos los tiempos terminó descansando en el lecho marino.

Cuando llegó el día y los rayos del sol cayeron sobre el casco hundido del que fuera un orgulloso navío, Colón envió una partida a la isla para reunirse con el rey Guacanagarix, el líder de una de las cinco tribus taínas que habitaban La Española.

El rey, que sentía un gran afecto hacia Colón y sus hombres, rompió en lágrimas cuando escuchó la noticia y mandó a toda su gente en enormes canoas para ayudar a recuperar lo que se hubiera perdido y para servir de cualquier otra forma que fueran útiles. Les ofreció alojamiento y comida y les dio la bienvenida como a uno de los suyos.

En el diario de Cristóbal Colón se lee:

“Él con todo el pueblo lloraban tanto (dice el Almirante): son gente de amor y sin codicia, y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra: ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa”.

En los próximos días, la tripulación y los hombres de la tribu desmantelaron la Santa María y trajeron la madera a tierra. A partir de estas vigas construyeron un fuerte, al que llamaron apropiadamente “Fuerte Navidad”, ya que el naufragio se produjo en ese día. Esta habría de ser la primerísima colonia del “Nuevo Mundo”.

Mucho se ha dicho de Cristóbal Colón en los últimos años y, para algunos, los relatos de su gobierno quizás ensombrezcan sus logros. Sin embargo, entre lo que se conoce y lo que se perderá para siempre en las arenas del tiempo permanece un hombre cuya vida sirve como un brillante ejemplo para quienes viven con elevadas aspiraciones.

El joven que zarpó con sueños de tierras desconocidas al ritmo de la sinfonía de velas azotadas por vientos alisios y con el casco de un barco cortando las aguas pinta un retrato de lo que el espíritu humano puede lograr cuando se atreve a soñar.

“Nadie debe temer a realizar cualquier tarea en el nombre de nuestro Salvador, si es justa y si la intención es puramente para Su santo servicio”.

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