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Pide la capacidad de seguir soñando y volarás

KOBIETA NA HUŚTAWCE

Artem Bali/Unsplash | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/10/19

No te conformes con arrastrarte por la vida

Creo que ya siendo joven soñaba con las alturas. Entre deseos y pretensiones mundanas y divinas. Entre encuentros profundos y pasajeros con hombres y con Dios.

Caminando de puntillas por la vida sin dejar huella, o echando raíces profundas. En esos años de juventud en los que uno tiene toda la vida por delante. Cientos de hojas en blanco por escribir con paciencia. Mil posibilidades abiertas ante los ojos. Mil sueños posibles por realizar.

En ese momento en el que la muerte es para otros, y la enfermedad, y el fracaso. En ese instante en el que uno cree que es capaz de todo.

Yo pensé que tenía fuerzas suficientes para escalar mil cumbres. Me creí dotado de un poder sobre humano para vencer obstáculos. Soñé con lo imposible creyendo que para mí sería posible.

Me rompí algún hueso luchando contra la vida. Vi mis primeras heridas dibujadas en el alma, en la piel. Sentí el rechazo, la soledad y el éxito. Lo saboreé todo con aire de conquista.

Mi alma inconformista no quería que las cosas fueran sólo como eran. No deseaba repetir moldes, copiar a los mayores, repetir sus mismas caídas. Conmigo iba a ser todo distinto, pensaba ingenuamente. Escalé, soñé, vibré, me enamoré.




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La vida siendo joven se abre a mil caminos. Y siempre tuve un miedo. Acabar siendo mediocre, tibio, burgués. Siempre me asustó acomodarme a la vida y dejar de reinventarme. Siempre temí que las desilusiones del camino pudieran apagar las llamas de mi alma.

Recuerdo una fábula que siempre me conmueve.

Un hombre subió a las montañas y encontró un nido de águilas. Se llevó de allí uno de los aguiluchos a su casa. Allí lo puso en su gallinero junto con las gallinas. Lo empezó a alimentar como si fuera una gallina. Pero no dejaba por eso de ser un águila en su corazón. Un hombre pasó por el pueblo y visitó a su amigo. Al ver en el gallinero el águila le preguntó qué hacía allí y le contó la historia. El hombre le pidió que la dejara libre. Pero el águila no sabía volar. Se había vuelto gallina. Tuvieron que llevarlo a la montaña y mostrarle el sol. Solo entonces, desde lo alto, extendió sus alas e inició su vuelo al sol.

Tengo un corazón de águila envuelto en alas de gorrión. Siempre fue así. Y a veces me acostumbré a no soñar con cosas grandes. Santa Teresita se sentía débil y pequeña, pero con un corazón inmenso: 

«No soy un águila. Del águila tengo sólo los ojos y el corazón, pues, a pesar de mi extremada pequeñez me atrevo a fijar la mirada en el Sol divino, el Sol del amor y mi corazón siente todas las aspiraciones del águila. El pajarito querría volar hacia ese sol brillante que fascina sus ojos. ¡Ay! todo lo que puede hacer es agitar sus alitas, pero echar a volar, eso no está en la pequeñez de su poder».

Me siento así después de caminar por la vida. Veo que mi corazón de águila, el mismo que tengo desde joven, sigue ahí, intacto. No se conforma, no quiere arrastrase por el corral de las gallinas.

Y al mismo tiempo, más que nunca, más que entonces, soy consciente de mi pequeñez. Como decía santa Teresita:

«Jesús, tu pajarito está contento de ser débil y pequeño. ¿Qué sería de él si fuese grande? Nunca tendría la audacia de comparecer en tu presencia, de dormitar delante de ti».

Siento mi pobreza y pequeñez. Mis cobardías, mi sangre tibia. No quiero conformarme con arrastrarme por la vida.Sigo soñando con alturas que alcanzo a ver con mis ojos soñadores. Lo quiero todo. Lo sueño todo. Lo deseo todo.

Y mi corazón vibra y no se conforma. Arde dentro de mí un fuego por el camino, mientras escucho a Jesús recorrer mis pasos. Él va conmigo y me dice que cree en mí, que sueña conmigo. Sabe que puedo dar más, ser más.

Conoce mi fragilidad y sabe de mis heridas. Me ha visto caer y levantarme tantas veces. Ha sufrido mis debilidades y se ha conmovido con mi pobreza. Y me quiere.Y me vuelve a recordar esos sueños que siempre tuve.

No quiero ser mediocre en mi entrega. Ahora sé que la fidelidad no se consigue a fuerza de voluntad. Es un don que le pido a Dios cada mañana. Igual que pido el don de soñar, de anhelar, de desear una vida más grande, más plena.

Es abundante la mies y los obreros pocos. Son tantos los que necesitan consuelo y esperanza. Hay tanta muerte y dolor a mi alrededor.

Lo he visto con mis ojos. Lo he palpado en la sangre de tantas heridas. Y he vuelto a comenzar una vez más, siendo pobre, siendo niño.

A veces los árboles no me dejan ver el bosque. La espesura nubla mi ánimo al ocultarse el sol. Hoy vuelvo a soñar con ser águila. El sol se levanta ante mis ojos.

No quiero permanecer temeroso en el corral. Pensando que las alturas me pueden llevar por caminos peligrosos. La vida siempre es peligrosa. La del águila, la de la gallina. Lo importante es saber qué es aquello con lo que sueño.

Miro al sol con mis ojos ciegos. Lo miro con la esperanza de que un día Jesús me coja entre sus manos y me suelte desde lo alto de la última cumbre. Y emprenda yo mi vuelo al cielo, al sol, a la vida plena.

Quiero que surja en mi alma el deseo de ser siempre fiel a la semilla de eternidad que llevo dentro. Que no aparte la vista del sol, aunque me ciegue.

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Que sepa mantenerme en la batalla sujeto en ese corazón abierto de Jesús en el que vivo herido. En su herida encuentro mi descanso. En su amor puedo llegar más lejos, porque Él me lleva. No soy yo.

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