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Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/10/19

Pasión por la libertad

Tengo un derecho inalienable que nadie me puede quitar. El derecho a ser libre en mis decisiones. Y a menudo veo que no soy tan libre. O la expectativa de los demás, o el miedo al rechazo y al juicio condicionan lo que decido.

Nunca podré ser enteramente libre, eso lo sé. Siempre habrá algo que influya y me condicione. Pero me gustaría al menos sentir que puedo hacer uso de esa libertad sagrada de los hijos de Dios.

La libertad de hombre. La libertad de niño. Quiero ser libre y dejar que otros también lo sean. Aunque no cumplan lo que espero, ni hagan lo que deseo. Decía el padre José Kentenich:

«Dios dotó la voluntad del hombre de una libertad limitada que presenta dos dimensiones: capacidad de decisión y capacidad de realizar lo decidido. Quien le coarte las decisiones personales a que tiene derecho el educando, está actuando contra el sentido primario de la libertad de la voluntad y, según el caso, peca o comete una imperfección. Lo mismo vale cuando por medios injustos se frustra o dificulta la libre decisión».

El Padre Kentenich tenía una gran pasión por la libertad. Yo también la tengo. Quiero ser libre para ser yo mismo. Libre para decidirme autónomamente por lo que me hace mejor persona, más de Dios, más coherente y fiel a mi verdad.


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¿Para qué la libertad?

Libre para evitar las presiones del mundo que busca que me adapte y acople a los deseos de otros, de las masas. Libre en los brazos de Dios para confiar ciegamente en sus planes, aun cuando no los entienda.

Libre para echar raíces y sacarlas de la tierra. Y volver a plantar mi alma en otro jardín. Libre para amar y ser amado. Para dar sin esperar nada. Para ser yo mismo sin tener que ser lo que otros quieren.

Libre para emprender mi viaje y libre para quedarme anclado. En medio de un mar de sueños. Arraigado en lo alto, o en lo más profundo. Libre para obedecer con un sí o con un no. Depende del caso.

Libre para construir un mundo nuevo. Libre para decir lo que pienso, también cuando me perjudique. Libre para no acabar pensando como vivo. Libre para ser fiel a mis ideas, sueños y aventuras engendradas en mi alma de niño.

Libre ante el fracaso y la crítica. Libre para llevar la contraria, cuando no estoy de acuerdo. Libre para aceptar cuando los otros estén en lo cierto. Libre para seguir mi plan o renunciar al mismo. Libre para callar o hablar indistintamente.

Libre para soñar con cielos desconocidos o para aceptar la vida con sus límites concretos. Libre, es lo que sueño. Libre para vivir mi vida sin vivir la de otros. Para apasionarme con mis cosas sin descartar las de los demás.

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Pexels | CC0

Libre para poder educar a muchos en esa libertad que yo sueño para mí. Libre para atarme a la vida y luego soltar amarras. Libre para equivocarme y reconocerlo después en público.

Libre para aceptar que no me valoren o tomen en cuenta, o no conozcan todos mis esfuerzos y sacrificios. Libre para sonreír cuando me corrijan y alegrarme cuando la verdad me duela.

Libre para mirar mi pasado con sus heridas sin negarlo nunca. Libre para sonreír al ver cómo brota de mi herida una fuente de vida. Libre para que el mundo no me condicione tanto.

Libre de mis propios caprichos y deseos, me es tan difícil mantenerme firme. Libre para caminar largas jornadas o permanecer varado en mi barca junto al puerto.

Libre para hacer o no hacer pasando desapercibido. Libre para vivir la vida que yo deseo y no la que otros han pensado para mí.

Libre para comenzar aventuras y soñar con cielos eternos. Libre para construir mi vida de la mano de Dios dejando que Él sea el timonero.

Libre para triunfar y fracasar y mantenerme feliz en ambos casos. Libre para vivir anclado y en vuelo en todo momento. Libre para descansar y ponerme en camino.




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Sueño con esa libertad que es don sagrado. El don que pido cada vez que me siento esclavo o dependiente o atado. Cuando noto que no estoy siendo fiel a mi camino. O estoy cediendo y dejándome llevar por la corriente. Y acabo creyendo que así conseguiré el amor de muchos.

Libre par ser fiel a mi camino, a la vocación a la que Dios me llama.

Hoy miro mis cadenas y se las entrego impotente a Dios. Le pido que corte todo aquello que me aleja de Él. Y me ate más a Él, porque eso me hará plenamente libre. Es lo que sueño. Una libertad del cielo hecha carne en mi alma. Una libertad sagrada de Dios que me permita navegar confiado por el mar de su misericordia.




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