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Por qué agradecer a Dios es mejor que pedir

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Jesús siempre da más de lo que le pido

¡Qué importante es la gratitud como actitud de vida! Una parte del Evangelio habla de diez leprosos que son curados por Jesús, pero sólo uno de ellos vuelve lleno de alegría para darle las gracias.

Ese hombre agradecido no puede seguir con su vida sin antes arrodillarse ante Jesús. Es un samaritano. Quizás había sufrido más. Tal vez tenía más que agradecer.

Los demás leprosos volvieron a su vida de antes, cuando estaban sanos, con los suyos. Lo comprendo. Pero este leproso samaritano ya no puede volver a su vida anterior. Ha conocido una mirada distinta, ha tocado con sus manos deshechas el corazón de Jesús. Y eso lo cambia todo.

Por eso desanda el camino recorrido y vuelve a Jesús siendo ya libre. Ya no suplica, ni exige, ni pide. Sólo se arrodilla para darle las gracias a Jesús, tocar su manto y ponerse a sus pies.

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Y entonces Jesús le dice que su fe lo ha salvado. No sólo el cuerpo está ahora sano, también su alma. Ha sido salvado más allá de su carne.

El milagro va más allá de estar sano o enfermo. Ha sido un milagro más profundo. Su alma se ha llenado de un amor antes desconocido.

Él es el único que, antes de volver con su familia, con sus amigos, a su casa, necesita postrase ante Jesús. Su corazón, no sólo su cuerpo, ha sido tocado.

A veces yo le pido un milagro a Jesús, para seguir con mi vida. Veo a Dios a lo lejos y le suplico que cumpla con lo que necesito. Pero no me acerco, Dios sigue lejos.

Sólo le pido que cumpla mi deseo y luego sigo mi camino. Quiero que Jesús actúe como yo deseo. Sólo pienso en mis planes. Y si no salen me enfado con Dios.

Me gustaría tener la mirada de las personas agradecidas. Quejarme menos, agradecer más.  Quiero acercarme a Jesús. Quiero postrarme cada atardecer ante él, agradecido. Quiero mirar conmovido todo lo que me ha regalado en este día.

Jesús me ama tal como soy y me mira hasta el fondo. Él conoce mi dolor y mi alegría. Lo mío le importa y lo hace suyo. Pasa por mi lugar sea cual sea. Y me mira con compasión como nunca nadie me ha mirado.

Quizás este leproso lo siguió por el camino a partir de ese día. No lo sé. Lo que sí sé es que Jesús le limpió el cuerpo y el alma. Jesús siempre da más de lo que le pido.

Este hombre recibió algo mucho más grande de lo que se atrevía a pedir. Recibió el don de Dios. Su alegría y su agradecimiento es mayor que el de los otros nueve. Conoció la compasión y la gratuidad del corazón de Jesús y sólo pudo agradecer conmovido.

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