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La pequeña cosa necesaria para que Dios te cure

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¿Qué tengo que hacer para lograr lo que deseo? ¿Qué me pide Dios? Poco

Jesús pasa hoy por la vida de unos leprosos. Lo importante es estar en mitad del camino cuando Él pase:

“Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos”.

Tienen lepra. En la época de Jesús esa enfermedad es incurable y conduce al aislamiento social y a la muerte. Sólo un milagro puede salvar al leproso.

Jesús pasa y se encuentra con los leprosos. Jesús siempre pasa por el lugar donde yo estoy. Ese es el misterio de Jesús y el misterio de mi vida.

Da igual mi lugar. Si estoy lejos, si vivo al margen, si me siento en medio de una rutina gris. Él siempre pasa delante de mí.

Tantas veces lo he experimentado en mi vida. Aunque nadie pase, Él siempre pasa. No tengo que salir de mi vida para encontrarlo. No tengo que hacer grandes cosas.

En medio de mi cotidianeidad Jesús se hace presente. Jesús, cada día, está en camino hacia mí. Y pasa por mi historia, por lo concreto de mi vida. Esa certeza cambia mi manera de verlo todo.

Jesús se hace peregrino como yo para caminar a mi lado, para pisar mis huellas. Igual que hoy hace con los leprosos que viven marginados. Rechazados por todos.

Ellos se detienen lejos. No se atreven a acercarse. Conocen la ley que les obliga a apartarse. Su enfermedad los separa de la sociedad y de los que aman.

Es duro tener que alejarse para proteger a los suyos. Gritan y se detienen lejos. Me conmueve su grito: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

No exigen la curación. Se habrían sentido tantas veces excluidos, maltratados, desvalorizados. Sólo piden compasión. Que se conmueva, que los vea.

Jesús los mira. Me imagino su mirada. Seguramente mira a cada uno. Cada uno lleva su dolor de forma distinta, siempre es así.

Al verlos, descubre su sufrimiento y su anhelo, su historia difícil y lejos de los otros. Y se conmueve. No mira a otro lado. Jesús no los rechaza. Habla con ellos. Y les pide algo pequeño para que queden curados.

¿Qué tengo que hacer para lograr lo que deseo? El mundo pone sus condiciones y yo me obsesiono por cumplirlas.

Y cuando veo lo que quiero pienso que tengo que cumplir muchas condiciones, lograr muchas exigencias.

¿Qué me pide Dios? Poco. Sólo me pide fe. Yo quiero alcanzar la meta marcada. Quiero la sanación. Quiero el milagro.

El sirio Naamán tuvo que bañarse siete veces en el Jordán y quedó sano. Se curó porque creyó en Dios, se fio de Él:

“En aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de su lepra. Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando: – Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”.

Creyó en el profeta y creyó en su Dios. Hizo algo aparentemente absurdo y pequeño. Bastaba con bañarse en un río lejano al Nilo. Lejano a su tierra.

Parecía una condición pequeña y absurda. Tuvo fe y quedó curado. Y a partir de ese momento su vida fue diferente. Hizo lo que había que hacer y obtuvo la realización de la promesa.

A los leprosos Jesús les explica lo que tienen que hacer: “Al verlos, les dijo: – Id a presentaros a los sacerdotes”.

Parece poco. Los sacerdotes son los que tienen que dar fe de que están curados y permitirles volver a vivir con todos. Jesús no los cura en ese momento.

Quizás para algunos fue una decepción. Jesús no hace nada. No les impone las manos. Con otros lo hizo, ¿por qué con ellos no?

A veces Jesús no hace lo que yo quiero cuando yo quiero. Pero siempre toma lo mío, siempre me escucha, se conmueve y se compadece de mí.

Quizás es en otro momento, de otra forma, como me cura. Yo soy impaciente. Jesús sólo les dice que vayan al sacerdote. Y, llenos de llagas, creen.

¿Están desesperados? Tal vez cuando uno lo ha probado todo buscando la salvación recurre al milagro como una tabla de salvación en medio del océano. Una tabla para salvar la vida y ser curado.

Tal vez sólo les queda creer. Puede que la mirada de amor con que Jesús los mira les hace creer en Él.

Ellos creen en la promesa y obedecen. Basta con una condición aparentemente inoperante. ¿Qué tendría de especial ese río del Jordán? ¿Qué efecto iba a producir el hecho de ir a encontrarse con los sacerdotes estando enfermos?

Una condición sin sentido puede ser suficiente. Los leprosos creen. Naamán cree. Y se baña siete veces en un río. Y es curado.

Los leprosos creen y van a ver a un sacerdote para ser curados. “Mientras iban de camino, quedaron limpios”.

Y el sacerdote dará fe de su nuevo estado y podrán empezar así una nueva vida. En ese camino hasta el sacerdote sucede el milagro. Ellos creen y son curados.

¿Qué tengo que hacer para quedar sano, para quedar limpio y ser curado para siempre?

A veces es así en mi vida. Tengo que dar saltos de fe, aunque esté enfermo, aunque no vea, aunque no toque.

Dar un salto de fe y creer. Nunca quedaré defraudado. Cuando avanzo, cuando doy un paso en la fe sin ver, sin saber, Dios sale a mi encuentro para darme el ciento por uno.

Soy consciente de mi debilidad. Conozco mi lepra, mi suciedad, mi pobreza. Miro mi corazón de leproso. Mi corazón enfermo, herido, sucio. Pienso en mi enfermedad espiritual. En mi ceguera. En mi pobreza.

Necesito que Jesús venga a tocar mi alma. Quiero que me libere de mi corrupción. De los sentimientos que me hacen daño. Que me libere de mi egoísmo, de mi egocentrismo, de mi envidia, de mi vanidad y prepotencia, de mi sensualidad desordenada, de mis afectos enfermos.

Miro mi piel enferma. Miro mi alma. Me duele por dentro. ¿Qué tengo que hacer para quedar limpio? Mi corazón sangra. Basta con hacer algo pequeño para que Dios me cure.

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