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Confesiones del nuevo cardenal a quien el Papa confía su misión más delicada

El cardenal Michael Czerny (a la izquierda) junto a su hermano Robert, después de su llegada a Canadá
El cardenal Michael Czerny (a la izquierda) junto a su hermano Robert, después de su llegada a Canadá
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Entrevista con el jesuita Michael Czerny SJ, Subsecretario de la Sección de Migrantes y Refugiados

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“Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me acogieron”. Estas palabras de Jesús constituyen el programa que ha dejado el Papa Francisco a uno de los nuevos cardenales creados el 5 de octubre, el sacerdote jesuita Michael Czerny, SJ.

Esta frase del Evangelio según San Mateo (25, 35) es precisamente la razón de ser de la Sección de Migrantes y Refugiados, de la que el hasta ahora el padre Czerny es subsecretario. Esta sección vaticana fue creada y es dirigida directamente por el mismo Papa, un caso único y excepcional en el gobierno actual de la Iglesia.

Michael Czerny nació el 18 de julio de 1946, en Brno, Checoslovaquia (hoy República Checa). Cuando sólo tenía dos años, sus padres emigraron a Canadá, junto a su hermano pequeño, un bebé de pocos meses, ante las amenazas que planteaba el totalitarismo comunista.

Tras unirse a la Compañía de Jesús, el 9 de junio de 1973 fue ordenado sacerdote. Fundó y dirigió de 1979 a 1989 el Centro Jesuita para la Fe y Justicia Social en Toronto. Tras el asesinato de los jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador, se desempeñó como vicerrector y dirigió su Instituto de Derechos Humanos.

Entre 1987 y 1988 vivió varios meses en Checoslovaquia y en la comunidad El Arca, en Trosly-Breuil, Francia, fundada por Jean Vanier.

Desde 1992 ha recorrido el mundo, primero como secretario de Justicia Social en la Curia General de los Jesuitas en Roma, después como fundador y director de la Red Jesuita Africana sobre el SIDA. 

Regresó a Roma de 2010 a 2016 para ser asesor del cardenal Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz. Actualmente es también uno de los dos secretarios especiales del Sínodo Especial de Obispos para la Amazonía, que tendrá lugar en este mes de octubre en el Vaticano.

–¿Cómo recibió la fe en Jesús? ¿Cuándo Cristo se convirtió en el sentido de su vida?

La fe la recibí de mi familia, de la escuela católica, de las comunidades en que crecí. En vez de especificar un momento en que Cristo se convirtió en el centro de mi vida, creo que más bien, cimentado en una buena formación católica, fui descubriendo a lo largo de mis años que Cristo es el centro de mi vida, y eso lo descubrí en experiencias, testigos de la fe, opciones y en mi propia vida de oración.

 

-¿Cuándo y cómo comprendió que Dios le llamaba a dejarlo todo y a seguirle en el camino de la vida religiosa, en particular como jesuita? 

El llamado llegó temprano en mi vida, cuando todavía era un estudiante en Loyola High School en Montreal, y justo después de graduarme ingresé con los jesuitas en la entonces llamada Provincia del Canadá Superior.

Sentí con fuerza el deseo de servir a Dios y al prójimo en la comunidad, usar los talentos dados por Dios, vivir en libertad. Esto era lo que esperaba poder hacer al ingresar a los jesuitas.

-¿Ha tenido alguna vez dudas de fe? ¿Y ha dudado alguna vez de su vocación religiosa? 

Por supuesto, uno tiene dudas, ellas no contradicen la fe. El verdadero peligro (respecto a la fe) son los temores: uno realmente necesita la gracia de Dios, para no dejarse dominar o gobernar por los miedos, sino para ir más allá de ellos hacia una mayor fe en Dios; a la Iglesia… Y este crecimiento, felizmente, significa también crecer en esperanza.

-¿Qué nos puede contar de sus estudios universitarios y de su formación intelectual?

Realicé mis estudios de posgrado en la Universidad de Chicago. Me inscribí en un curso interdisciplinario e innovador llamado “Comité sobre el Análisis de Ideas y el Estudio de Métodos”.

Su fundador era el profesor Richard McKeon, un reconocido académico aristotélico que finalmente fue mi director de tesis doctoral. Los cursos que hacía eran sobre todo de filosofía, teología y teoría social contemporánea.

El Papa San Pablo VI fue una inspiración importante en aquella época, cuando llamó a los jesuitas a abordar los estudios de lo que él llamaba “el temible peligro del ateísmo que amenaza la sociedad humana” y que “avanza y se extiende de diversas formas”.

Por eso, mi trabajo de investigación se orientó a estudiar las causas del ateísmo presentes en el comunismo en autores como Marx y Feuerbach. Este pedido del Papa y lo que estudié durante esos años fueron de especial interés para mí, ya que con mi familia, debido al ateísmo comunista, tuvimos que emigrar de Checoslovaquia a Canadá cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños.

-Al inicio de su ministerio sacerdotal fundó el Centro Jesuita para Justicia y Fe Sociales en Toronto en 1979. Justo después del asesinato de los jesuitas de la Universidad Centroamericana de El Salvador en 1989, usted llegó como vicepresidente de esta Universidad Jesuita y director de su Instituto de Derechos Humanos (IDHUCA) ¿Qué aprendió usted de una experiencia tan traumática?

Primero, tengo que decir que después del asesinato de mis hermanos jesuitas, la Provincia de Centroamérica vivía uno de los momentos más difíciles de su historia. El padre general de la Compañía de Jesús escribió a todos los jesuitas pidiendo voluntarios para ir a El Salvador, a esa frontera.

Los jesuitas que se ofrecieron para ir a esa difícil misión fueron muchos. Quizás esta es una primera experiencia importante, sentir y corroborar que verdaderamente los jesuitas estábamos dispuestos para ir a dónde más falta hace o a dónde otros no pueden ir.

Yo fui enviado por mi superior provincial y con todo el cuerpo de la Compañía de Jesús, y la Iglesia en Canadá, a acompañar ese momento de crisis y de lenta resurrección.

En lugar de “traumática”, fue una verdadera experiencia de acompañar a Cristo, en su pasión, en su muerte, en su resurrección, en su Iglesia y en su pueblo. Pues ante la muerte y la injusticia brotaba mucha vida, mucha solidaridad, muchos signos de que Dios estaba con nosotros… todo eso durante la guerra civil que terminó, gracias también al sacrificio de los Jesuitas, dos años después. 

-Otra parte de su ministerio sacerdotal  lo ha pasado en el seno de la Curia general de la Compañía de Jesús y de la Santa Sede atendiendo situaciones humanas fuertísimas: el sida, refugiados, crisis migratorias… ¿Por qué cree usted que Dios le pide dedicar su ministerio a estas personas?

Sí, del 2002 al 2010, viví y trabajé en África, fui parte de la respuesta de la Iglesia y de la Compañía de Jesús ante el VIH/sida. Me tocó fundar junto con otros AJAN (African Jesuit Aids Network).

Los jesuitas somos hombres de red, conectores de los centros con las periferias, siempre misioneros. Antes del AJAN, mi ministerio ha sido “desde” la Curia General de los Jesuitas; después, en la Santa Sede; pero siempre para acompañar y caminar en fronteras en movimiento, no sólo geográficas, sino culturales, sociales, humanas. 

Yo creo que Dios nos llama a caminar al lado de tantas personas porque escucha siempre el clamor de su pueblo. El clamor de muchas de estas personas ha sido un clamor fuerte de justicia, de inclusión, de respeto, de paz. Y Dios responde llamándonos a participar de su respuesta, con creatividad y en discernimiento.

-Desde 2016, el Papa Francisco le ha encomendado asistirle en la dirección de la Sección Migrantes y Refugiados del  Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral. Se trata de una sección que dirige personalmente el mismo Papa. ¿Cuáles son las consignas que ha recibido del Papa para desempeñar esta misión tan complicada?

Escuchar, comunicar, acompañar, en colaboración, responder a las necesidades de las Iglesias locales, lo mejor que me sea posible.

-Usted en estos años ha podido ver los rostros de hombres y mujeres que sufren de verdad. ¿No siente impotencia al mirarles a los ojos? ¿Qué puede hacer usted por ellos? ¿Qué puede hacer por ellos la Iglesia?

Si yo creo que “todo depende de mí y estoy solo”, no podría mirarlos a los ojos, me sentiría frustrado por lo poco que hago o puedo hacer. Tengo claro que soy un colaborador de la misión de Dios, que es Dios el protagonista de esta respuesta y yo soy sólo un humilde colaborador.

Así, en sus ojos no busco encontrar la validación a mis acciones, sino que encuentro en su mirada siempre la esperanza y la llamada de Dios a seguir buscando la respuesta a sus necesidades. Puedo hacer muy poco, pero colaborando con los demás y con Dios, lo poco se multiplica y alcanza.

La Iglesia está haciendo, siempre ha estado haciendo. Por ejemplo, desde el inicio de la epidemia del sida, supo darse cuenta, quedarse, acompañar y buscar juntos. Cientos de hombres y mujeres de fe, en todo el mundo, han sido la respuesta misericordiosa y eficaz de la Iglesia. A lo largo y ancho del mundo están al lado de los que sufren. Ofrecen un plato de comida y acogida a un hermano migrante, alojan a mujeres rescatadas de la violencia y la trata, procuran la justicia para todas las víctimas.

-Algunos dicen que su apostolado o la misma acción del Papa es de “comunistas”. ¿Qué es lo que no han entendido quienes afirman algo así?

No han entendido el Evangelio

-¿Qué significa para usted, en lo concreto, ser cardenal? El color rojo de la púrpura cardenalicia, que usted recibirá, es un símbolo de su disponibilidad para derramar la sangre por el Papa y la Iglesia. Ahora bien, hoy no parece que usted vaya a correr ese peligro. 

Bueno, no se puede explicar. Pasó con los jesuitas en El Salvador, y eso fue impensable. Tenemos más mártires hoy que en el tiempo de las persecuciones romanas. No somos conscientes plenamente del peligro de ser cristiano. 

Cuando un Papa es elegido, asume un nuevo nombre para mostrar que su vida anterior ha muerto, y a partir del momento de la elección  tiene una nueva vida consagrada a su nuevo servicio. Yo trato de vivir así esta nueva misión. ¿Todo va a continuar como antes para mí? Obviamente no es el caso.

Y eso comencé a asimilarlo cinco minutos después de la llamada con el anuncio. Uno no sabe, no puede prever, pero tiene que abrazar una novedad, una amplitud y una profundidad que no ha buscado. Hasta la sangre…

-En los años que le quedan de trabajo al servicio del Papa, de obispo, de sacerdote, de bautizado, ¿qué le gustaría hacer? ¿Cómo quisiera que le recordaran quienes le han conocido?

Los saludos y reflexiones que he recibido, desde el anuncio de mi elección como nuevo cardenal, el 1 de septiembre, me animan mucho, porque me confirman que Dios sabe muy bien utilizar a un pobre para contribuir a la llegada del su Reino. Cuento con su ayuda, para que eso continúe y se intensifique ayudando y apoyando la misión de Francisco, sucesor de Pedro.

 

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