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Por qué buscar el interés de los demás antes que el mío

MATKA I CÓRKA

Vikulin | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/09/19

¿Dios quiere que tengamos la astucia de los hombres?

Hoy Jesús me cuenta una nueva parábola. Cuenta una historia:

«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: – ¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando».

Eso es lo que sé. Un mal administrador. Y un hombre rico que decide despedirlo. Todo normal hasta ese momento. No sé el motivo de su mala administración. Sólo sé que me sorprende la reacción del hombre cuando ve actuar con el dinero que tal vez se ha quedado injustamente:

«Dijo a otro: – Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: – Cien fanegas de trigo. Le dice: – Toma tu recibo y escribe ochenta. Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia».

El administrador parece reducir la deuda de los deudores con un motivo inteligente. No le quita nada al dueño porque sólo rebaja lo que él mismo se quedaba como ganancia. Y de esta forma se gana amigos.

El hombre rico se admira de su forma de actuar y lo felicita. ¿Cambiaría su decisión de despedirlo? No lo sé. Lo que quiere mostrar Jesús es que ese hombre desesperado quiere encontrar a alguien cuando salga que tenga compasión de él:

«Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa».

Y eso es lo que hace. Administra bien entonces ese dinero que hubiera ganado injustamente. Y se gana amigos. Jesús me dice: 

«Y Yo os digo: – Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

Son palabras que me cuesta entender. Lo que me queda claro es que Dios quiere que sea astuto. Que me mueva en este mundo con la astucia de los hombres.

Y a la vez trabaje para Jesús entregando mi servicio. Quiere que sea fiel en lo que hago. Sólo soy un administrador pobre de los bienes que ha puesto en mis manos.

Me ha dado muchos talentos y quiere que los haga fructificar. Quiere que sirva sin esperar recibir por lo que doy. Quiere que utilice bien mi tiempo al servicio de los más necesitados.

Es la tarea más importante que me confía. Mi vida, mis dones, mi tiempo. Quiere que sirva al que más lo necesita y piense más en los demás, más que en mí mismo.

Una persona en medio de su enfermedad me decía: «¿Cómo quieres que cambie mi forma de ser? Yo no puedo dejar de pensar en el dolor que sienten los demás por mi culpa. Eso es prioritario. No pienso tanto en cuidarme a mí mismo».

Al escuchar sus palabras pensé que así es Dios conmigo. Veo con más frecuencia la actitud contraria. La de aquel que se cuida y protege sin preocuparle tanto lo que los demás sufren. El que piensa antes que en los demás en su beneficio, en su ganancia. Tal vez es la misma astucia de este mundo.

Yo quiero otra forma de mirar, de pensar, de amar. Y admiro a Dios haciendo milagros en los hombres. El milagro más poderoso, el de cambiar su corazón y hacerlo mirar la vida de forma diferente.

Los otros antes que yo. Sus intereses antes que los míos. Aunque pueda tener derecho a cuidar mi alma, mis tiempos, mis espacios.

Supone dejar de mirar tanto lo que a mí me preocupa, duele o agobia. Para pasar a pensar más en los demás, en sus angustias y miedos.

Creo que se puede lograr porque lo he visto en corazones entregados de tal forma que los demás son prioritarios. Y ellos pasan a un segundo plano.

Servir como sirvió Jesús en medio de los hombres. Partiendo su cuerpo. Derramando su sangre. Ese servicio me parece imposible.

Porque mi alma herida busca el reconocimiento. Busca la caricia y la alabanza. Ser tomada en cuenta. Recibir eco de sus gestos. Espera la reciprocidad en todo lo que hace. Y eso no es realista.

¡Cuánta gente he visto que vive amargada esperando reacciones que compensen sus gestos generosos de amor! La reciprocidad en todo lo que hacen. El pago exacto y meticuloso por el bien realizado.

¿Cómo es mi forma de servir? ¿Cómo actúo en mi trabajo? ¿Hago bien lo que me toca hacer? ¿Busco mi interés o quiero el bien de aquellos a los que sirvo?

Veo personas centradas en sí mismas que sólo quieren recibir. Y pocas veces están dispuestas a dar. Y cuando dan, esperan algo a cambio casi inevitablemente.

Y sufren. Porque no reciben cuanto esperan. Y dan menos entonces, pensando que así sufrirán menos. Pero lo único que consiguen es más amargura y tristeza en sus almas. No es bueno servir así.

Jesús quiere que dé mi vida sin esperar nada. Que me preocupe más del dolor de los demás, estando yo herido. Que busque dar cuando necesito. Y me preocupe por los demás cuando preciso que se preocupen por mí.

Esa actitud de entrega es la que sueño para mi vida. La he visto en algunas almas tocadas por Dios. Y eso siempre me conmueve

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