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¿Cristo es un pobre, un familiar…? ¿Soy yo?

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Cristo “es todo en todos”, dice la carta a los Colosenses...

Cuando me preguntan sobre lo que es el amor, pienso en Jesús y en lo que Él hace por mí todos los días… pero sé que no todos piensan en eso en primer lugar.

Suele relacionarse al amor humano con ese sentimiento lindo de querer al otro, la emoción de estar con él, el entusiasmo por un beso o la sensación de nerviosismo cuando estás cerca.

Hoy experimenté otro amor, uno que no emociona, sino uno que duele al acercarse al otro.

Un amor de máximo realismo. Un amor de rostros marginados, heridos por la vida. Un amor de aspectos no tan bellos, quizá bastante desfigurados por las cicatrices que les ha dejado el olvido y el abandono. Un amor que difiere del entusiasmo ingenuo del que idolatra lo humano.

Se trata del amor consciente de personas que se entregan y sufren todos los días por servir a un desconocido. El amor que brota de las más nobles y buenas posibilidades de la humanidad, incluso siendo conscientes de la brutal indiferencia de muchos. Un amor que, a pesar de todo, se entrega de todo corazón.

Es el amor de Cristo con manos humanas. Un amor -que por ese “a pesar de todo”- hace del amor algo incomparable, único, tan maternalmente tierno y tan generoso, que permanecerá inscrito para siempre en mi recuerdo.

Un amor que -como el de Cristo- se caracteriza por la compasión ante el sufrimiento, compasión en su primitivo significado: padecer con el otro.

Un amor que me ha permitido no poder separar a Dios de los hombres y estar profundamente agradecida porque para siempre la realidad será el tiempo de Dios.

Un amor que ha despertado en mí una consciencia de gratuidad que me compromete hasta las entrañas.

Hoy he podido constatar que hay algo más allá de lo útil, algo mil veces más importante: el amor. Ese amor que se puede dar con manos cansadas y un poco frías. Ese amor impotente que solo puede regalar una mirada y una sonrisa. Ese amor que brota como un torrente y se derrama en palabras torpes. Un amor que solo quiere dar gracias porque es excedido infinitamente por el amor de Dios.

Y es que Cristo, como dice la carta a los Colosenses, “es todo en todos”.

Jesús es ese desvalido, y a la vez es quien se preocupa por él. Es Jesús quien los acaricia, llora con ellos, se preocupa de que tengan comida y de que estén limpios.

Pero también Jesús es ese pobre que te ofrece una mirada tierna, una palabra de agradecimiento, un gesto de cariño cuando no puede hablar.

Es esa anciana doblada por la vida y con la nariz rota que sonríe por tu presencia, que se alegra de que existas y que quiere compartir contigo su historia. O esa, que con sus manitos frías, te acoge y quiere que te quedes con ella.

Cristo es ellos y Cristo soy yo. En todo está Él, y es en esos momentos en los que experimentas que Jesús es verdaderamente hombre.

Y es que como dice Martín Descalzo, “nunca un líder tan alto se ocupó tanto de cosas tan bajas. Nunca nadie tan centrado en lo espiritual tuvo tan fina atención a los problemas materiales. Nunca nadie estuvo tan radicalmente “con” los hombres. Con todos”.

Es verdad, “ya no hay extranjero, bárbaro, esclavo u hombre libre, sino que Cristo es todo en todos” (Col 3,11).

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