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El Dulce Nombre de María, una fiesta olvidada que retorna después de un atentado

MARIA
Fr Lawrence Lew, O.P.-(CC BY-NC-ND 2.0)
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Juan Pablo II volvió a proponerla después de la tragedia de las Torre Gemelas en 2001

La liturgia celebra hoy 12 de septiembre la fiesta del Dulce Nombre de María, ocho días después del nacimiento de Nuestra Señora. Sus padres le pusieron por nombre María, que significa en su forma hebrea Myriam: “Excelsa”, que en su forma antigua aramea vincula al nombre con los vocablos hebreos mir, relacionado con la luz y yam; mar. Luz sobre el mar; de ahí el apelativo latino, recogido por las letanías, Stella Maris; “Estrella del Mar”.

También existe otra etimología, también derivada del arameo, pero de una traducción asumida por los Padres de la Iglesia: “Señora”.

Esta fiesta fue celebrada por primera vez en España, gracias a la diócesis de Cuenca en 1513, concedida por el papa Julio II y pronto extendida a todas las diócesis de España. Más tarde, en 1683 esta fiesta fue extendida a toda la Iglesia por el papa Inocencio XI, para agradecer a María la victoria de Sobieski, rey de Polonia, contra los turcos, que asediaban a Viena y amenazaban a Occidente.

Alrededor de los años 70 del siglo XX, la  fiesta del Dulce Nombre de María desapareció oficialmente del calendario litúrgico (aunque en algunos países como España siguió celebrándose), y fue Juan Pablo II que después del atentado de las Torre Gemelas en el 2001 y recordando la intercesión de la Virgen en la victoria del ejército polaco que puso fin al asedio de Viena por los turcos, volvió a  proponer la fiesta con su fecha original, que justamente es un día después del fatídico atentado terrorista.

Estas fueron sus palabras en el Ángelus del día 16 de septiembre del 2001 en Frosinone: “Que la Virgen consuele e infunda esperanza también a cuantos sufren a causa del trágico atentado terrorista, que en los días pasados ha herido profundamente al amado pueblo estadounidense. A todos los hijos de esa gran nación dirijo, también ahora, mi pensamiento acongojado y partícipe. Que María acoja a los difuntos, consuele a los supervivientes, sostenga a las familias particularmente probadas y ayude a todos a no ceder a la tentación del odio y de la violencia, sino a comprometerse al servicio de la justicia y la paz”.

Fuente: vaticannews.va; w2.vatican.va; “Traducción y traductores, del romanticismo al realismo”,Francisco Lafarga, Luis Pegenaute,pag. 16

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