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"Quo vadis?": La aparición a Pedro poco antes de su muerte

© Wikimedia

San Pedro, por Pedro Pablo Rubens.

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/09/19

Pensando en seguir a Jesús, podemos estar equivocándonos...

Hay en Roma una iglesia en la Vía Apia. Recuerda un momento importante en la vida de Pedro. Un encuentro profundo con Jesús.

Nerón comenzaba la primera persecución contra los cristianos acusándolos de haber provocado ellos el incendio de Roma. Corre peligro la vida de Pedro y los suyos, sus ovejas. Tienen miedo. Temen perder a Pedro en medio de tanta inseguridad.

Y le piden que se esconda, que se salve, que se guarde para seguir alimentando el alma de todos en medio de la tempestad. Una petición sensata y prudente. Así podría seguir él cuidando a los suyos tal como le pidió Jesús: «Alimenta mis corderos».

Pedro se convenció de que eso era lo que quería Dios. Entonces inició su huida de la ciudad. Partió caminando por esa Vía Apia temprano por la mañana. Nadie los veía. Escondido en la oscuridad inició su viaje. Salvar la vida para dar vida a muchos. ¡Cuánto sentido parecía tener todo!

A veces es tan difícil saber lo que me pide Dios… ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Justo ahora es esto lo que Él quiere que haga? ¿Es este su deseo?

Pedro caminaba por aquella calle saliendo de Roma. Iba tranquilo, seguro, o tal vez en su alma reinaba la incertidumbre. Puede que su alma estuviera inquieta y ansiosa. No lo sé.

Huía dejando a tantos expuestos a la muerte. Y dejaba atrás la sangre de muchos que ya habían muerto dando la vida en silencio, sin resistencia, sin huir, sin maldecir, perdonando.

Parecía tener más sentido salvar la vida del Pastor que condenarla en vano. Si él muere se dispersan las ovejas. Y eso no podía ser.

Se negaba a aceptar que su vida dejara de alimentar tantas almas perdidas y atormentadas. En medio de su paso lento saliendo de la ciudad, ve acercarse hasta él una luz, una figura, un hombre.

Cuando está cerca ve su rostro y cae de rodillas. Jesús mismo está ante él. Le pregunta: «Quo vadis, Domine?«, «¿Dónde vas, Señor? ¿Dónde vas ahora que yo estoy huyendo?», parecía preguntarle.

Y cuenta la tradición que Jesús le dijo: «Si tú abandonas a mi pueblo volveré a Roma a ser crucificado por segunda vez». Y en ese momento, Pedro, consternado, ve claro el deseo de Jesús.

Parecía todo tan claro antes de que amaneciera. Era todo tan prudente, tan noble. Pero ahora es todo lo contrario. La luz del día trae una nueva certeza.

Entonces regresa Pedro a Roma y poco después, después de aleccionar todavía a muchos, es apresado y muere mártir. Y su sangre riega Roma. Y su sangre de mártir es semilla de nuevos cristianos.

¿Dónde iba Pedro presuroso aquella mañana? Se equivocaba creyendo hacer la voluntad del Señor. No es tan sencillo acertar en medio de las nubes, de la noche.

Es todo tan confuso a veces. Hay un bien y un mal en todo lo que emprendo. Hay una luz y una sombra. Un día que amanece y otro que atardece. ¿Logro distinguir un momento de otro?

La luz del amanecer de la luz de la puesta de sol, ¿no parecen iguales? No es todo tan claro, tan diáfano. Me obceco en tomar decisiones rápidas queriendo tenerlo todo claro. ¿Qué querrá Jesús ahora? ¿No tendré que tomar otro camino?

No se me aparece a mí Jesús como a Pedro. Pero sí que oigo su voz en mis entrañas. Su palabra clara, su silencio. Veo su rostro oculto al amanecer, al atardecer. Entre luces confusas. Y me pregunta: «Quo vadis?».

Y yo lo miro algo confuso. «¿No me llamabas?», le pregunto, queriendo saberlo todo. Yo que tenía respuestas para otros… Esa pregunta de Jesús me interpela.

Yo le contesto: «Te seguiré a donde vayas». Él me responde: «No te equivoques. Soy Yo el que camina en tus pasos, en tus huellas, en tus pies descalzos. Soy Yo el que recorre tu camino. No te confundas. Siempre soy Yo».

Y yo me quedo callado. Pensaba antes que era yo con mi fuerza, con mi ánimo valiente, con mi prudencia inspirada, con mis ojos que leen verdades en la noche.

Pensaba que era yo el que abría el horizonte y hacía amanecer el día. Yo el que descubría sus huellas ocultas en la noche. Yo con mi sagacidad, con mi alma limpia. Yo, siempre yo.

Y me olvidaba que sus pasos descubren mis pasos. Y su abrazo me sostiene cada vez que tiemblo. Me gusta que me pregunte Jesús. Que sea Él.

Yo ya no pregunto. Quiero que Él me siga y quiero que me pregunte. Siempre estoy yo con preguntas. ¿Dónde vives? ¿Dónde moras?

Quiero que me interpele. Que inquiete todas mis ansias. Que me mueva de mis miedos. Y aleje de mí las sombras. Y me deje ver bien claro que estoy siguiendo sus pasos. O es Él el que camina en mis huellas. Poco importa.

Lo que de verdad deseo es que esté Él en todo lo que decido. En todos los caminos que recorro. Sin importar el rumbo. Pero sabiendo que no voy solo. Que me levanta de mis miedos. Y llena de luz mis sombras.

Y sonrío con penas en el alma. Siempre es posible. Mientras mis pies encajen en sus huellas y vea su rostro iluminando mis ojos.

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