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Una oración para cuando no tienes respuestas ni palabras

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/09/19

En medio de mis dudas y mis miedos quiero a Jesús

Con cierta frecuencia me enfrento a momentos en mi vida en los que no espero encontrar respuestas. Simplemente callo y guardo silencio mientras resuenan en mi interior tantas preguntas. Siento un silencio incómodo en mi alma.

Es ese silencio de Dios en el que parece no hablarme mientras sufre conmigo, a mi lado, sosteniéndome por la espalda. No me explica nada.

No le busca sentido a todo lo que vivo. No lo pretende. Yo tampoco. Sé que no necesito saber el sentido de tantos dolores y cruces que me hacen llorar.

No me interesa conocer el por qué de tantos sucesos sin sentido, en mi vida, en otras vidas. Callo atónito guardando silencio. No digo nada porque no tengo nada que decir.

No busco respuestas. No pretendo explicarle a nadie el sentido. No necesito quizás encontrar respuestas para poder vivir. Tengo claro que ninguna respuesta me quita la tristeza que tengo ahora, ni el dolor que desgarra mi alma. Hay una poesía de Rilke que le expresa con claridad:

«Sé paciente con todo lo que aún no está resuelto en tu corazón. Trata de amar tus propias dudas. No busques las respuestas que no se pueden dar, porque no serías capaz de soportarlas. Lo importante es vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Tal vez así, poco a poco, sin darte cuenta, puedas algún día vivir las respuestas».

Me encuentro con personas que pretenden tener siempre respuestas para todo lo que les ocurre. Y llegan a mí sólo cuando han encontrado respuestas que les hacen comprender sus vidas, sus dolores, sus ausencias.

No soportan la frialdad oscura de las preguntas vacías. No toleran el silencio incómodo y esquivo lleno de soledad. Pretenden entender con una furia profunda. Como un grito que desgarra el corazón queriendo encontrar respuestas. Tal vez obedecen a esa ansia tan humana de querer encontrarle el sentido a todo lo que sucede:

«Las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?; ¿de dónde vengo y a dónde voy?; ¿por qué existe el mal?; ¿qué hay después de esta vida? Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia».

Yo no quiero vivir buscando respuestas que me permitan caminar con una paz razonable. Dejo que las preguntas latan en mi interior. No les tengo miedo.

No necesito encontrar el sentido a todo lo que me sucede para poder vivir con sentido. Pero no siempre tengo claro que pueda vivir así. ¿Seré capaz de vivir siempre mi vida con preguntas?

Tengo muchas preguntas abiertas que oscilan sobre un océano inmenso. Quisiera aprender a vivir sin la paz de saber que poseo el sentido de todo lo que ocurre.

Es cierto que me han acostumbrado a dar respuestas. Me han dicho que yo lo sé todo. Como si esto fuera posible por el simple hecho de ser sacerdote. Y entonces tuviera que saber el sentido último de todo. Como si a mí, en un encuentro profundo con Dios, se me desvelara el sentido de todos los sinsentidos de todas las vidas que acompaño.

No es así. Nada de eso sucede. Las preguntas permanecen abiertas, heridas, sobre mí, sin respuestas. No tengo respuestas para todo. No lo sé todo y eso me consuela.

Jesús vivió su vida en la tierra con preguntas. Su paso a mi lado en carne humana me enseña a caminar a mí con preguntas. Quiero aprender a vivir las preguntas que hoy me golpean. Quedan suspendidas en un aire incómodo dentro de mi alma.

Buscan respuestas que convenzan, que calmen, que den luz. Sé muy bien que la oscuridad de las preguntas me incomoda como un fuego que todo lo consume.

No me turbo. Vivir las preguntas es parte de mi camino. Me alegra que no haya respuesta para todo. No la tengo. No la busco. Una persona rezaba:

«Señor, como a Pedro me preguntas: ¿Me amas? Una y otra vez resuena en mi alma esta pregunta: ¿Me amas? Señor, solo puedo decirte: Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo».

Esa es mi oración ante la pregunta que Jesús me hace en medio de mis preguntas. No quiere que tenga respuestas. Sólo quiere que conteste a su pregunta.

En medio de mis dudas y mis miedos quiero a Jesús. Lo quiero en mi torpeza humana. Lo quiero, aunque no comprenda todo lo que me sucede. Aunque no sepa bien por dónde sigue el camino.

No quiero jugar a ser Dios con manos de barro. Sólo abrazo el presente lleno de dudas. Como hizo Él un día en mi mismo camino.

No quiere que le diga que lo puedo todo, que lo sé todo. No es verdad. Ni me exige que sepa la respuesta a preguntas imposibles.

No quiere que me aleje de su lado por no saberme digno. Ni que me enfade al no saber bien lo que espera de mí. Simplemente abrazo su rostro que me mira conmovido.

Sabe lo que sufro en medio de mis incertidumbres. Sólo pretende que me abrace a mi única certeza. A su amor imposible. Me quiere como soy, en medio de mi barro, dentro de mis dudas, en la oscuridad de la noche de mi alma. No temo si Él va en mi barca.

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