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¿Existe la adicción al romanticismo? ¿Cómo detectarla?

PRINCESS WOMAN
Sergey Zapotylok - Shutterstock
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Una relación sana es aquella en la cual ningún miembro silencia, sacrifica o traiciona el sí mismo y en la que cada miembro expresa fuerza y vulnerabilidad, debilidad y competencia en forma equilibrada…

Recién graduada me contrate profesionalmente en una empresa de cruceros de lujo, con la idea de viajar por el mundo, conocer personas de diferentes nacionalidades, y entre ellas posiblemente a mi príncipe azul.

Era mi visión romántica de la vida y del noviazgo.

Así pude establecer relaciones con algunos hombres que, diciéndose solteros, me cortejaban envolviéndome en la magia de estudiados escenarios de media luz, flores, música de fondo, cenas y vinos caros. Una magia que duraba lo que el viaje, y terminaba en una promesa que nunca se concretaba.

Hombres que buscaban solo el romanticismo de una conquista sin implicaciones sexuales, algo que me hacía sentir sin culpa.

Ahora entiendo que confundían el amor, con la pasión de amor, sobre el fundamento de la atracción físico – romántica, empapada en un dulzón romanticismo y creando la falsa expectativa de una eterna luna de miel.

Lamentablemente es un fenómeno común en un ambiente placentero y de excentricidades, por lo que yo misma empecé a disfrutar del mismo juego: “Tú haces como que me conquistas y yo como que me lo creo” estableciendo según yo, mis límites.

Lo cierto es que eran los limites peligrosos del trato con extraños, por los que no tenía ya pensamientos coherentes sobre mi realidad personal, en cuanto a que estaba quebrantando mi moralidad y perdiendo mi espiritualidad, pues me había instalado en cierta forma de cinismo por el que se adormeció en interior, mi anhelo más profundo de amar y ser feliz.

Fue así, me volví adicta a ese “romanticismo”, por el que borrando de mi mente la idea de un serio compromiso, y sin que me interesara realmente conocer a los hombres que me cortejaban, solo me interesaba el ambiente que ellos creaban y yo disfrutaba.

Me había instalado en ello.

Así, me esmeraba para esas ocasiones en el estilo del vestido, el perfume, accesorios y todo aquello que consideraba aportaba en mi persona mayor interés y atractivo, dispuesta solo a disfrutar de la sensación de ser admirada, una canción, un exótico lugar o una exquisita y elegante cena.

Muy pronto, relativamente joven, cumplí con la edad máxima para el puesto y fui despedida sin más. Sentí entonces que mi vida se rompía en mil pedazos aferrándome al sueño de volverme a embarcar sin querer despertar.

Finalmente hube de despertar y admitirlo … no me fue fácil.

Me había vuelto adicta a una vida itinerante y experiencias de mundo sin casi el referente  de las sanas relaciones humanas, y por lo mismo, había dicho, hecho, y pensado cosas que me habían desintegrado de cierta manera.

En el esfuerzo por readaptarme, comencé a tener depresiones que me decidieron a buscar ayuda especializada. Fue a través de la terapia, que pude recuperar una nueva la relación conmigo misma y con los demás, a través de una nueva visión de las relaciones.

Conmigo misma. Reconocer que había sido esclava de mi corazón buscando amor por caminos falsos, por lo que mis relaciones en aquellos cruceros eran muy pobres, enfermas o simplemente no existían.

Igualmente, confiar en que las relaciones sanas de mis nuevas circunstancias me permitirán no sentirme juzgada por otro, ni sentir el temor de perder por ello una amistad, así como no mostrar vulnerabilidad en un presente en el que me siento libre de volver a empezar sin sentimientos de culpa o haber perdido el tiempo.

Con los demás. Redescubriendo que la vida ordinaria se puede construir sobre la verdad de que en el mundo real existen relaciones personales auténticas, profundas, verdaderas, de las cuales en buena parte depende nuestra felicidad.

Relaciones cuyas principales características son:

  • Permiten conocer a los demás y dejarnos conocer con libertad de ser nosotros mismos, sin dobleces, porque permiten convivir con confianza, libertad y respeto.
  • A través de ellas se comparte la riqueza de nuestras características y virtudes personales haciendo de la convivencia una oportunidad de crecer y hacer crecer a los demás.
  • No implican o están condicionadas a una relación romántica o sexual.
  • Es el camino correcto hacia el amor personal, ya que del sano amor a nosotros mismos y a los demás, procede la capacidad de amar.

Volver a relacionarme adecuadamente conmigo misma y con los demás fue la mejor terapia para resolver mi adicción y desubicación, reconociendo en el proceso que ciertas relaciones pueden no ser las adecuadas, y se debe entonces cortar por lo sano.

Sobre todo, me dispuso a acceder a la intimidad conmigo misma y con mi creador, para iluminar mi camino hacia el encuentro de verdadero amor de mi vida, lejos de los cruceros y con los pies en la tierra.

Una relación sana es aquella en la cual ningún miembro silencia, sacrifica o traiciona el sí mismo y en la que cada miembro expresa fuerza y vulnerabilidad, debilidad y competencia en forma equilibrada… (Harriet Lerner)

Testimonio anónimo cedido a consultorio Aleteia.

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

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