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Mi nariz no soy yo

big nose

Iurii Stepanov - Shutterstock

Orfa Astorga - publicado el 06/08/19

¿Por qué nos obsesionamos con la "fealdad" de algunas partes de nuestro cuerpo?

En plena adolescencia mi nariz me hacía sentirme el ser más infeliz de la tierra, por lo que que hubiera preferido mil veces mejortener orejas de gnomo, así por lo menos tendría el recurso de tapármelas con el cabello un poco largo, pero mi “horrible apéndice” se encontraba justo en medio de mi cara.

Sufría verdaderamente con pensamientos e imágenes recurrentes girando en torno a mi “monstruoso defecto” que me causaban fuerte ansiedad, mismas que trataba de ignorar o neutralizar realizando compulsivamente actividades, que, según yo, me podían distraer o compensar, y más de una vez me llegue a encerrar en mi habitación abatido durante largos fines de semana, sin ánimos de convivir con nadie.

A solas, me observaba la cara desde todos los ángulos posibles, ensayaba excesivasformas de vestirme, ciertos actos mentales o buscaba información que me tranquilizara. Amén de comparar mi perfil con diferentes tipos de rostros.

Me encontraba enfermo con un trastorno denominado dismorfiacorporal.

Afortunadamente, mis padres percibieron en mi conducta algo más que las crisis propias de mi edad, y, cuando con delicadeza tocaron el tema, derramé abundantes lágrimas contándoles mi “gran tragedia”, por lo que me propusieron recibir ayuda de un especialista.

Acepté y con una terapia adecuada, más su amor, superé mi problema.

Lo cierto era que mi nariz no era notoriamente prominente a la vista de cualquiera, ni tenía mayor importancia para las personas. Algo que ahora me queda muy claro, pues mi hijo que ha heredado mi nariztal cual, es el joven más seguro y confiado de su apostura de lo que nunca yo me imagine poder ser.

Ahora pienso que muy probablemente desarrolle mi trastorno influenciado por una fuerte cultura, donde el éxito y felicidad se promueven mediáticamente con estereotipos de jóvenes de cuerpos y caras perfectas, logrados cada vez más artificiosamente.

Una cultura por la que el acné, cicatrices, arrugas, lunares, calvicie, forma de nariz, senos, musculatura, y un largo etc., siendo condiciones corporales que, si bien puede serrazonable atender, suelen serseñaladascomo verdaderas limitaciones si se quiere ser aceptado y verdaderamente feliz, lo que llega a producir obsesiones enfermizas.

Solo que las verdaderas limitaciones bien pueden ser otras.

Por mi propia experiencia, puedo afirmar que un fenómeno estrechamente relacionado y que suele pasar desapercibido, es que el afán exagerado por la apariencia corporal, trastoca el recto amor a uno mismo, con el amor propio egoísta, ya que es difícil, que quien se encuentra ensimismado o absorbido por las preocupaciones de su apariencia, preste atención a las inquietudes o necesidades de los demás, lo único que permite el desarrollo de virtudes.

Y ante la ausencia de la virtud, el defecto se instala allanando el camino a mayores problemas.

Imaginemos a una joven cuya nariz después de una intervención ha quedado graciosamente respingada, y supone por ello que ahora es más más bella que los demás… el mal del orgullo y sus secuelas la habría empobrecido, ya que el verdadero defecto, si es que lo había, no estaba en su apariencia.

Ha construido de esa manera una falsa auto estima.

Significa que, si bien una persona puede ir con el cirujano plástico y percibir que mejoro su imagen objetiva o subjetivamente, no logra en automático una sana psicología, ya que esta depende más que nada de una ardua conquista sobre la verdad de sí misma, cosa muy distinta.

Que al margen de cierta belleza que se pudiera lograr por ese medio, harán falta muchos tropiezos y rectitud de intención para aprender a volar sin el peso de complejos, de depender de la opinión de los demás o del falso orgullo.

Es así, porque lo admitamos o no, nuestras acciones y disposiciones interiores favorecen o perjudican nuestra naturaleza humana, lo que hace necesario el saber cómo somos para esforzarnos en comportarnos positivamente, sin malgastar energía en fines que no nos hacen directamente mejores.

Pasado un tiempo, en el colmo de su amor, mis padres me propusieron que si al fin y al cabo lo deseaba, me modificara un poco la nariz… no lo hice.

Había logrado entender que tenía un rezago en mi madurez, por la que no debía limitarme solo a combatir las manifestaciones externas de mis muchos defectos, sino también a modificar mis disposiciones más íntimasen torno a estos.

Y…lo más importante:

Saber distinguir entre lo que son solo los atributos físicos dela persona,y el inmenso valor de la misma.

Esto último se puso sublimemente de relieve en mi vida cuando conocí a quien sería mi esposa, y, sintiéndome amado, le conté acerca del problema de obsesión que hube de superar, recibiendo como respuesta el más enamorado y tierno beso… ¡en la nariz!

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

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autoestimaautoimagen
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