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La manipulación genética: entre quimeras y xenotrasplantes

DNA
By Anusorn Nakdee | shutterstock
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¿Es lícito responder que por tener mejores resultados en trasplantes de órganos podemos crear seres mixtos entre el animal y el humano?

Recientemente hemos conocido la noticia de que científicos españoles han inyectado células madre de personas en embriones de animales, cuyo objetivo es obtener órganos para trasplantes. Aseguran haber creado embriones de mono con células humanas, aunque no los dejan vivir más de determinado tiempo.

La investigación se realizó en China donde no existen los impedimentos que tienen en Estados Unidos o en Europa. Desde la Universidad Católica de Murcia y el Instituto Salk (Estados Unidos) es donde trabajan quienes dirigen estas investigaciones que incluyen experimentos con células humanas y de roedores y cerdos, pero ahora también con primates no humanos.

Este tipo de investigaciones no son una novedad, pero tienen varias barreras legales para avanzar en la mayoría de los países. La línea roja que no pueden cruzar es llevarlos a término, ya que deben eliminarse a los 14 días.

Sin embargo, en marzo de este año, Japón fue el primer gobierno en dar “luz verde” para que un científico (Hiromitsu Nakauchi) y su grupo de investigación de la Universidad de Tokio y Stanford puedan desarrollar órganos humanos en animales a raíz de células madre humanas. El Ministerio de Educación y Ciencia japonés permite ahora la creación de embriones humano-animales que pueden ser trasplantados en animales sustitutos y llevarlos a término.

Las controversias

A algunos científicos y expertos en bioética les preocupa que las células humanas puedan usarse para algo más que el desarrollo de un órgano particular y alcancen el cerebro. ¿Qué sucede si las células madre forman neuronas humanas en el cerebro del animal? ¿La ficción del “Planeta de los Simios” se haría realidad?

Más allá de la discusión que genera la manipulación genética entre expertos en bioética, el tema de los xenotrasplantes (trasplante de célulastejidos u órganos de una especie a otra) hace ya varios años es una cuestión muy debatida.

Muchos grupos medioambientalistas y defensores de animales se oponen radicalmente a la experimentación con animales, aunque sea para uso terapéutico. Hay animales que son usados como biorreactores, es decir, como generadores de sustancias necesarias para la vida humana, como la hormona de crecimiento, la insulina o determinadas hormonas.

La valoración ética de intervenciones en animales es negativa cuando provoca graves anomalías funcionales o morfológicas, así como cuando se les provoca sufrimiento de manera arbitraria.

Respecto de la utilización de primates no humanos, es bastante reñido su uso y ha conmovido la conciencia de muchos científicos. Han existido abusos denunciados por varias organizaciones internacionales que manifiestan que “el sufrimiento animal no cesa, porque los científicos no son capaces de predecir los resultados de sus experimentos genéticos”.

Aunque es un hecho que los animales genéticamente modificados sufren y mueren porque en las investigaciones biomédicas son diseñados para ello.

La Iglesia Católica, a través de la Academia Pontificia para la Vida publicó un documento sobre el tema en el año 2001 a pedido del Consejo de Europa. El documento acepta que el ser humano pueda servirse de la naturaleza para mejorar la vida humana, pero no de modo caprichoso, abusivo o arbitrario, y siempre se deben evitar consecuencias indeseables para el medioambiente.

Al introducir genes humanos en animales, se espera superar el rechazo de los órganos trasplantados. Esto es moralmente aceptable, según la Academia, siempre que la identidad genética de los animales no sea destruida. Y aunque la Iglesia acepta el trasplante de órganos de origen animal debe darse “el debido respeto a los animales”.

Se apela a evitar sufrimientos innecesarios en los animales y observar con la máxima cautela a la hora introducir modificaciones genéticas no controlables, que puedan alterar de manera significativa la biodiversidad y el equilibrio de las especies en el mundo animal.

Más allá de la complejidad científica y filosófica de estas cuestiones, la Iglesia tiene una opinión muy cautelosa al respecto y agradeciendo el progreso de la ciencia siempre llama a la prudencia y el discernimiento ético, para no caer en los extremos de una oposición ciega a la experimentación, ni tampoco avanzar sin las debidas precauciones porque nos dejemos llevar por el entusiasmo de las posibilidades que nos ofrece el progreso científico-técnico.

La discusión sobre estos temas depende en gran parte de la concepción antropológica y ética desde donde se discuta, ya que muchos temas que están de fondo no se solucionan científicamente, sino con una aguda crítica filosófica: ¿cuáles son los límites éticos de la experimentación con animales y con material genético de origen humano?

¿Cuáles son las consecuencias para los animales y para los seres humanos? ¿Es lícito responder que por tener mejores resultados en trasplantes de órganos podemos crear seres mixtos entre el animal y el humano? El problema de las discusiones de bioética es que no siempre parten de la misma concepción antropológica y esta es siempre una cuestión filosófica, no científica.

No se puede reprochar a los científicos que lo intenten todo, valiéndose de la misma naturaleza para mejorar la calidad de vida, pero no se debería confundir la obligación de curar con la tentación de recrear al ser humano a cualquier precio.

Ciencia y ética van de la mano

En los medios cuando se anuncia un descubrimiento biotecnológico siempre aparecen como bandos opuestos, el científico que quiere avanzar y el moralista que sale a condenar, con la simplificación de que la ciencia avanza y la ética frena.

En realidad, es más complejo: pueden y deben caminar juntas. Esto no quiere decir que un biólogo tenga que ponerse a estudiar a Kant, ni el filósofo ser experto en biotecnología. Pero la ética como búsqueda humana, para usar lo mejor de la ciencia al servicio de la humanidad, es tarea de todos.

Ante un descubrimiento como los mencionados la ética comparte con la ciencia la gratitud por conocer mejor y poder modificar la realidad para nuestro bien, una realidad que siempre nos sorprende y que nos obliga a cambiar modos de pensar y de actuar. Pero al mismo tiempo, la ética comparte con la ciencia la responsabilidad de apoyar la investigación, para promover, curar y mejorar la vida.

Pero esta responsabilidad conlleva la preocupación por regular estas investigaciones, para proteger a la humanidad de cualquier desviación que ponga en peligro la dignidad de la persona, el bien común de la sociedad y la armonía del conjunto de los seres vivientes. Los temas controvertidos siempre requieren que se camine con prudencia y discernimiento sin que eso implique una renuncia al progreso científico.

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