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Calmar a un niño con el móvil le impide aprender a autocalmarse

Shutterstock
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Llamemos al teléfono “caramelo electrónico” y veamos por qué no ayuda en la educación de los hijos.

El título lo dice casi todo pero es bueno repasar un poco qué está sucediendo. Hay padres y madres que se sienten tan incapaces de calmar a su hijo que recurren al caramelo electrónico: el móvil. Es una forma de decirle al niño: “Creemos que no puedes hacer nada más que tomarte la golosina para estar tranquilo. De este modo nos dejas en paz y te volvemos a demostrar que tú no te puede entretener o calmarte por ti mismo”.

El niño podría responder: “No me habéis enseñado”. Imaginémonos que este niño se llama Pepe, tiene 4 años y va al médico por un dolor de barriga. Todos recordamos, quizá los menores de 25 años no, como los niños de hace un par de décadas tomaban un par de coches muy pequeños, que cabían en sus manos, para jugar con ellos ininterrumpidamente en la consulta del dentista.

Bajo la mirada de mamá o papá

La madre, que no tomaba su móvil pues casi no se usaba, le miraba más o menos atenta pero le sonreía cada vez que el niño buscaba aprobación en sus ojos. La madre, con una expresión de aquiescencia, aplaudía el juego y el niño seguía jugando la mar de contento. Luego el niño entraba en la consulta del pediatra y tantas novedades le dejaban extasiado.

Los cochecitos miniatura volvían al bolso de la madre y el niño salía de la consulta tan feliz. La madre creía firmemente en que el niño podía entretenerse sólo porque había recibido clases de autoaquietamiento en casa. Y si los cochecitos le cansaban sacaba un papel y unos lápices del bolso (un poco como Mary Poppins) y ponía al niño a dibujar.

Alas a la imaginación

En la actualidad no se enseña al niño en casa a hacer unas cuantas cosas vitales. No se le enseña a Pepe a jugar, a contarse historias a sí mismo para dar relato a dos cochecitos que se persiguen y que chocan una y otra vez.  El niño hace dos décadas era capaz de contarse muchas cosas a sí mismo. Y en esa habla interna el niño era capaz de darse ordenes: “Ahora  toca jugar que me gusta mucho”. Y esa misma habla interna les servía para dibujar auténticas historias en un papel en blanco.

© Shutterstock

Qué pasaba. Pues que la madre, el padre, habían puesto en marcha muchas veces infinidad de juegos en casa, construcciones, muñequitos variados que constituían poblados, o libros de unas finísimas ilustraciones que el niño miraba o leía numerosas veces para darle al cuento cada vez una versión nueva.

Ahora el niño está en casa y no sabe jugar. No ha aprendido. Pero Pepe sí sabe que le gustan los acelerados dibujos de Bob Esponja o las cancioncitas pegadizas hasta el extremo de Baby Shark. ¿Eso es lo que se espera de este niño? ¿Eso es lo que se espera de un niño que entre los 2 y los 6 años va a construir su conocimiento del mundo, de la realidad, del entorno a través del juego para orientarse en el aula de primero de Primaria?

Este niño no juega: es un espectador pasivo que sin esas golosinas no sabe hacer -permítanme que sea un poco crudo- casi nada. ¿Qué hacía esa madre indolente -discúlpeseme el adjetivo- o cansada que además tenía la televisión encendida a todas horas cuando Pepe jugaba con 2 años con unos muñecos la mar de simpáticos que le habían regalado sus abuelos? Pues lo que hacía, sin mala intención, sin saberlo, era interrumpir un juego incipiente que con un poco de esfuerzo familiar podría haber llevado Pepe hasta el gusto por el Lego.

Los beneficios de jugar

(Y hago propaganda conscientemente pues esta marca universal demuestra que hoy todavía es posible jugar. Que sepa el lector que Lego es un juego que predice un gran conocimiento del espacio, sus dimensiones, los equilibrios de fuerzas y por ende del cálculo y las matemáticas).

El niño con dos años aún manipulaba esos muñequitos pero después de tantas horas de televisión encendida en casa el niño abandonó lo que ya le parecían unos sosos juguetes y se plantó en el sofá ante la TV viendo todo lo que le echan acurrucado junto a su madre o quizá en solitario. Y así se renunció a los primeros conatos de juego.

CHILD TABLET
Oleksandr Zamuruiev I Shutterstock

La madre o el padre, o la cuidadora no apagaron la tele y el niño se convirtió en una figura quieta y pasmada ya con tres años. Cuando había que comer sus padres le daban móvil y manzana a la vez para “facilitar” la ingesta y cuando había que ir a dormir Pepe se negaba a hacerlo y caía como una piedra ante la TV hacia las 11 de la noche o quizá ya ante la tableta “que me han dicho que es interactiva y que educa mucho”.

El niño queda fascinado pero no aprende a calmarse

La tableta no educa, fascina, engancha y el niño no aprende a autorregularse. Salvo que se use muy ocasionalmente con unos padres que dirigen la apps más oportunas y limitan el tiempo total de pantallas a no más de una hora al día desde los tres años. Y cuando se sale a comer o se va al pediatra Pepito ya sabe que cuando se aburra la madre le sacará del bolso el bombón. Y los dos nadarán con sus respectivos móviles ensimismados en otro mundo.

La autorregulación del niño queda para más adelante. Desde luego las clases de Primaria a Pepe, si es que de verdad se ha convertido en un consumidor severo de móviles, TV y tabletas, le resultarán chatas y cansinas. Y quizá se despistará pues su capacidad de fijar la atención ha caído bajo mínimos. La maestra dirá que es un niño movidito y que quizá tiene TDAH. Pero no tiene nada de eso. Quizá hay que educarlo.

Amable lector, le ruego que se tome este artículo como un cuento que quizá le pone sobre aviso. El tono no ha sido suave pero quizá había que expresarse así para explicarse mejor.

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