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¿Conoces tus fuerzas interiores?

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El poder del autoconocimiento y el autocontrol

Tengo escondida en el alma una fuerza infinita que desconozco. Un volcán que a veces aparece en la superficie. Una fuerza escondida capaz de calmar el mundo a mi alrededor. O destruirlo.

Puedo hacer todo el bien que quiero. Y también todo el mal que mi ira provoca. Lo tengo dentro de mí todo sin yo saberlo. Puedo romper y reparar casi al mismo tiempo. Soy capaz de lo peor y de lo mejor. Ni yo mismo me entiendo.

Pero puedo vivir como vive mucha gente: “Mucha gente nunca sabrá nada más que lo que ve”. Puedo no creer en lo que puedo llegar a ser. En esa fuerza oculta que habita en mí.

Es fácil negar lo que hay en mi interior. Vivir hacia fuera sin enfrentar mis miedos y fantasmas. Sin pensar en el potencial oculto detrás de tantos muros construidos.

Si creyera más en lo que puedo llegar a hacer… Si creyera en mi poder… Tengo dones que no siempre uso correctamente.

Decía Franklin D. Roosevelt 11 de abril de 1945: “Hoy hemos aprendido en la agonía de la guerra que un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Mis dones conllevan una gran responsabilidad en el uso que hago de ellos. No tengo que temer usar lo que Dios ha puesto en mi alma. Siempre hay un lado brillante y un lado oscuro.

Puedo hacer el bien o el mal. Esa lucha sucede en mi corazón. Hay una leyenda Cherokee que habla de esta batalla en nuestro interior:

Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros. Uno es Malvado – Es ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad. El otro es Bueno – Es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe. El nieto preguntó a su abuelo: – ¿Qué lobo ganará? El viejo Cherokee respondió: -Aquel al que tú alimentes”.

Los talentos conllevan la posibilidad de ser mal usados. Todo en la vida es así. No hay cosas totalmente buenas ni totalmente malas.

Lo mismo sucede con las personas. Los que hacen daño es porque han sido heridos. No han perdonado al que provocó el daño. No se han perdonado a sí mismos.

Así es en mi vida. Cuando me descubro actuando con maldad, con rabia, me quedo en silencio y pienso que hay algo en mí que no está en orden. Algo no perdonado, no sanado. Siempre hay algo.

Cuando falta la paz hago silencio y busco dentro de mí. Abro los muros. Excavo en la tierra dura de mi alma. Recuerdo lo que no recuerdo.

No busco culpables. Simplemente me enfrento con mis sombras buscando la luz. ¡Cuánto me limitan mis zonas oscuras! Allí donde no entra Dios a iluminar con la luz de su presencia.

Me gustaría estar en paz conmigo mismo y no en lucha. Saber lo que me está pasando y no vivir como un ignorante de mi propia historia.

Me conozco muy bien. Pero no basta. Quiero cubrir con un velo de perdón lo que me hiere. Tengo claro lo que decía Confucio: “La vida es realmente sencilla, pero nosotros insistimos en hacerla complicada”.

Hago complicado lo fácil. Me empeño en querer hacerlo todo bien. O en hacerlo a mi manera. Y no uso ese poder oculto que es el mío.

¿Cuál es mi don? ¿Cuál es ese talento que dejo de utilizar tan a menudo?

Me da miedo su poder. Su fuerza oculta. Tal vez no estoy maduro para hacerlo fecundo. Y lo guardo por miedo a perderlo. Por miedo a su fuerza devastadora cuando me dejo llevar por el dolor que siento en el alma.

Rompo todo lo que toco al no ser capaz de dominarlo. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué elecciones en mi vida son las correctas? No es tan sencillo. Si pudiera confiar más en la misión que Dios me ha dado… Decía el padre José Kentenich:

Si la grandeza de un hombre consistiese en imponerse ciegamente, entonces el elefante sería más grande que todos los hombres. La grandeza del ser humano radica en su capacidad de dominar sus instintos”.

Dominar la fuerza interior que hay en mí para sacar de ella un bien inmenso. Mi capacidad de amar es infinita, porque la ha sembrado en mi alma Dios, que es infinito.

Quiero cuidar esa capacidad que tengo de hacer el bien. El mal solo aflora cuando en mi interior siguen doliendo el rencor, el odio, la rabia. Mi incapacidad de perdonarme y perdonar. Mi torpeza que no me deja limpiar las heridas más profundas.

¿Lo podrá hacer Dios en mí? Si quito las barreras que me atan y protegen. Por miedo a ser herido de nuevo.

No controlo esa fuerza que tengo dentro. Esa fuerza inmensa para cambiar el mundo que me rodea. Esa capacidad de darme por entero a quienes amo. Sin medir, sin guardar. Sin temer ser herido o herir.

El que ama sufre. El que es amado experimenta el dolor. No lo hago todo bien. La intención es sembrar el bien a cada paso. Quiero usar bien el poder que Dios me confía. Lo pongo al servicio de los demás con humildad.

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