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¿Por qué los cristianos tenemos que soportar las injusticias sin reaccionar?

EGOIZM W MAŁŻEŃSTWIE

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Gelsomino del Guercio - publicado el 14/07/19 - actualizado el 14/07/19

No se trata de sucumbir ante quien hace el mal. Sino de aprender a sanar interiormente. Y responder en el modo correcto. Veamos de qué manera

¿Por qué los cristianos tenemos que soportar injusticias? ¿Por qué tenemos que evitar enfrentar los problemas sufriendo todo pasivamente? ¿No nos volvemos ineptos si, cuando tenemos dificultades, simplemente nos quedamos mirando?

La respuesta es negativa y el porqué nos lo explica Franz Jalics, autor de «Ejercicios de contemplación» (Editorial Ancora).

El camino de la sanación

Alex Kosev | Shutterstock

Digamos que alguien, en una discusión, me ha injustamente herido con sus afirmaciones. ¿Cómo reacciono? Tengo dos opciones.

Puedo regresar el golpe hiriendo a mi vez, o hacer de cuenta que no pasó nada y reprimir todo, diciéndome que en realidad no me ha herido. En ninguno de los dos casos se produce una sanación. Regresar el golpe es una reacción hacia el exterior que no produce ningún tipo de redención; al contrario, puede ser que quien está hablando conmigo reaccione a su vez todavía más violentamente.

En el segundo caso engullo la ofensa que, sin embargo, se detiene como piedra en el estómago. Nada se ha redimido, porque sea reprimiendo, sea devolviendo el golpe, se busca evitar el dolor y se queda en el ámbito del hacer, de la acción.

Dejarse tocar por la herida

Entonces ¿cómo se lleva a cabo la verdadera sanación? ¿Cuál es la estrategia más correcta respecto a lo que me está sucediendo? Lo mejor que se puede hacer es dejarse tocar por la herida. Así empezamos a sentir el dolor. No es ni un hacer, ni un pensar. Es solo un sufrir, con lo cual se inicia nuestra sanación interior por el golpe.

Si no hay urgencia de responder

Si no hay urgencia por responderle al otro, no reacciono. Necesito tiempo para permitir a la herida volverse una cicatriz. Según la seriedad de la herida, la dejo reposar un tiempo. Cuando la herida ya no duele quiere decir que se ha transformado en cicatriz. Ha dejado su marca, pero ha perdido por el momento su carácter amenazador.

Así puedo dirigirme nuevamente al exterior, volver a esa persona para hablar con ella de la herida que me ha hecho. Puedo también comportarme enérgicamente, pero no reaccionaré con odio. El dolor ha pasado, permitiéndome encontrarla con más amor.

Si hay urgencia de responder

Digamos, en cambio, que yo no me pueda esperar, con motivo de las circunstancias que requieren una reacción inmediata.

También en este caso me dejo tocar por el dolor y miro qué siento: «Es una herida y me duele. Le permito que me duela». En este momento empieza la redención. Visto que la situación, como hemos dicho, exige una reacción rápida, impidiéndome tomarme el tiempo necesario para que sane la herida, me quedo con mi interlocutor.

Al no estar todo redimido, mi reacción tendrá connotaciones de odio, presente en el fondo, pero no estará totalmente a merced del odio, porque el proceso de sanación ya ha comenzado. Mientras más circunstancias externas nos permitan tomarnos un tiempo, más posibilidades para la redención.

Los ejercicios contemplativos

Resumiendo: cuando hablo de sufrir, de dejar estar, de no poner límites, de no defenderse, me refiero siempre a las reacciones hacia el interior y no hacia el exterior. En los ejercicios contemplativos se toma en consideración solo la dimensión interior, en la que podemos aprender un nuevo modo de comportarnos.

La reacción externa, en cambio, depende ampliamente de las circunstancias. Aunque es mejor reaccionar con amor cuando la herida ha sido ya sanada, las circunstancias externas pueden justificar una reacción anticipada, incluso si está marcada por un cierto odio latente.

Los psicólogos

Muchos psicólogos sostienen que se debería aprender a defenderse. Esto es correcto, si se refiere a las reacciones externas. Si alguien me molesta, se comporta incorrectamente, me provoca injustamente o me agrede, puedo ciertamente poner límites externos. Pero no debo limitar mi amor por él con barreras internas.

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