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No estoy solo

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¿Cuál es el Dios del que predico? ¿De qué Dios hablo?

La vida del cristiano es misión. No se entiende un cristiano que no sea enviado: «En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él». Me gusta pensar que Jesús me envía a los lugares a donde piensa ir Él. No permanece al margen de lo que yo vivo. Quiere que vaya yo delante.

Pero Él va a ir también. La palabra misión tiene una connotación desafiante. El cristiano es enviado a llevar la buena noticia a los que no la conocen. La misión consiste en llegar a todos los pueblos que no conocen al Señor. Jesús me manda con otro, no me manda solo. La misión no es mía. Es en comunidad. Implica la fraternidad.

Me pongo en camino con aquel al que amo, con el que comparto el mismo camino de fe. Estoy llamado a entregar lo que no es mío. No me predico a mí mismo. Predico a Jesús, su reino. La buena noticia es el mensaje del Evangelio. Una forma diferente de vivir, de amar, de ser. Una nueva manera de llegar al corazón del hombre.

Porque ese Dios lejano e inefable se ha convertido en un Dios hecho carne, en un Dios cercano y misericordioso. Un Dios que quiere que yo sea feliz en la tierra camino al cielo. Quiere que previva en mi carne el paraíso ya aquí como anticipo. ¿Cuál es el Dios del que predico? ¿De qué Dios hablo?

Misionar es llevar lo que he vivido a muchos corazones para que se encuentren con ese Dios al que llevo dentro. Es mi experiencia la que cuenta, no tanto las teorías que digo y conozco. Hablo de lo que tengo lleno el corazón. Y lo que atrae a los hombres es mi coherencia de vida. Por eso se alejan cuando no soy coherente.

¿Me parezco a Jesús en mi forma de vivir y amar? Mi misión es ser fiel a mí mismo, a mi carisma, a mi misión. Y luego, cuando ya estoy dando lo que tengo, veo que soy yo el que más recibe. Es curioso. Soy yo el misionado. Intentando misionar me misionan. Pretendiendo dar recibo más amor. Es un milagro que me hace tocar la vida que se me regala. Soy transformado por una fuerza que me hace cambiar en lo más hondo. La misionera Victoria Braqueháis decía al hablar de su experiencia en el Congo: «Enseñar al que no sabe. Esa ha sido la obra de misericordia que Dios ha hecho conmigo. Yo no sabía y áfrica me va educando el corazón. A mí Dios me educa el corazón en África, a cada uno en su lugar. Allí todo se arregla compartiendo en la comida que se come con las manos. Allí la gente comparte y no le da importancia a compartir».

Esta misionera lleva con sencillez el mensaje de amor que cambia su vida. Es ella la que aprende, porque no sabe. Es lo que me pasa a mí cuando pretendo enseñar a otros y acabo aprendiendo más de lo que logro enseñar. Soy enviado a llevar una alegría que viene de lo alto y acabo estando más alegre. Vuelvo con el corazón encendido, agradecido, misionado. Es la conversión del misionero la que más me conmueve.

Comienzo un camino seguro de todo lo que tengo que dar. Y vuelvo agradecido por todo lo que me han dado. Inseguro, frágil, al experimentar mi pobreza. Recibo una riqueza inmensa.

Me aman por lo que llevo. Y lo que llevo me hace experimentar la escasez de mis seguridades. Y lo único que me da tranquilidad es saber que Jesús va a ir a los mismos lugares a los que soy enviado. No estoy solo.

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