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Kintsugi: ¿Cómo curar nuestras heridas?

KINTSUGI

Haragayato (CC BY-SA 4.0)

Luisa Restrepo - publicado el 05/07/19

¿Por qué es necesario que un día nos hundamos, para que experimentemos concretamente nuestra debilidad?

Comenzaré este artículo con una historia: Se cuenta de San Jerónimo, en un momento de desesperación cuando había perdido la comunión con Dios, entre las ramas de un árbol vio un crucifijo. Éste, dirigiéndose a Él, le dijo: «Jerónimo, ¿qué tienes para darme?». El muchacho enumeró todo lo que se le vino a la cabeza: desde las cosas que había hecho bien en ese día, hasta todas las cosas que tenía, ¡pero nada! Nada de lo que decía era suficiente. Jesús, colgado en esa rama le seguía preguntando y Jerónimo no daba en el clavo. Después de un rato, el chico, un poco triste, le dijo que todo lo que tenía ya se lo había dado; entonces se hizo un gran silencio en el desierto y El Señor añadió: «Jerónimo, has olvidado una cosa: dame tus pecados para que te los pueda perdonar».

Esta historia la he sacado del libro «A merced de su gracia» de André Louf. De él sacaré las demás citas de este artículo (por cierto, es un libro que les recomiendo mucho), y además el pequeño cuento me sirve para introducir la conclusión a la que quiero llegar con este artículo: «Nadie puede conocer su pecado sin conocer al mismo tiempo a Dios. No antes, ni después, sino en el mismo instante, en una sola y misma intuición de la gracia».

La dolorosa oposición a nuestra debilidad

Si frecuentamos la oración y estamos relativamente cerca de Dios, en un punto nos damos cuenta, como san Jerónimo, que nuestra desesperación radica en perder su gracia. Este momento es profundamente doloroso.

Nos hemos esforzado mucho por ser buenos, por amar, por entregarnos, y no encontramos nada relevante que hayamos hecho que nos ponga en esta situación de estar perdidos,  por lo que, con un gran sentimiento de impotencia y de frustración, nos rebelamos contra Dios y callamos.

Experimentamos una fuerte necesidad de hacer algo, pero no sabemos qué. En momentos de lucidez tenemos una intuición o un pequeño sentimiento de ser necesitados, pero, tristemente este sentimiento se va tan pronto y tan de repente como llegó y volvemos a lo cotidiano, a poner nuestra mirada en los mismos afanes: avanzar, cumplir, tratar de obrar bien… continuamos nuestra vida como un ciclo que se repite una y otra vez, pues nos es más natural pensar que, para recobrar la gracia perdida, todo depende de nosotros y de nuestros méritos… Pocas veces o nunca, ofrecemos al Señor nuestra nada, nuestra miseria y nuestro pecado.

«Mientras nos opongamos de mil maneras a nuestra debilidad, el poder de Dios no podrá obrar en nosotros. Podemos hacer un esfuerzo para corregir, aunque solo sea un poco nuestra debilidad, pero de hecho, eso no sirve para nada. Porque la maravilla del poder de Dios y la maravilla de nuestra conversión no están a nuestro alcance. Tratamos de resolver nuestros problemas con buena voluntad y generosidad. Hacemos lo posible para vivir una vida virtuosa y justa… Todo esto dura hasta que amenazamos ruina y estamos al borde de hundirnos. Gracias a Dios, porque sin esto no podríamos convertirnos y permaneceríamos al servicio de nuestras ilusiones, ignorando la verdadera fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza. Será preciso que un día nos hundamos, para que experimentemos concretamente nuestra debilidad, debilidad en la que podrá desplegarse el poder de Dios».

Y es que ese estar hundidos, estar heridos, tener cicatrices, ser absolutamente frágiles, se opone rotundamente al ideal de santidad que nos habíamos trazado. Por más que nos parezca natural caer, porque vamos, ¡es humano!, nos empeñamos tercamente en ocultar las heridas, pues estas evidencian nuestra derrota. Pero llega un punto en el que no podemos más y nuestro interior se rompe. ¿Quién puede jactarse de haber vencido siempre? ¿Quién puede decir que nunca ha sido herido? ¿Quién puede, ya estando roto, soberbiamente querer aparecer intacto?

Hay que aceptar que tenemos heridas ¡y muchas!, unas, por nuestros pecados; otras, propias de nuestra humanidad, heridas que no pedimos, heridas que heredamos; incluso tenemos heridas buenas como las heridas por haber amado…

A este punto ustedes se preguntarán: ¿a qué vas con todo esto? Pues que por esas cosas de la vida este tema daba y daba vueltas en mi cabeza y, un día, me topé con esto:

Lo que ven en esta vasija es un arte milenario japonés llamado Kintsugi (金継ぎ), en japonés, carpintería de oro. Es el arte de arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con oro, plata o platino.

Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones hacen parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, es más, deben incorporarse para embellecer el objeto poniendo de manifiesto su transformación e historia.

Leí esto y no pude más que hilar. Necesitamos “jactarnos” de nuestras heridas, permitirnos estar rotos, permitirnos necesitar reparación.

Les confieso que el tema siguió ahí y tomó tiempo poder enfrentarlo, la cosa es que el tema no dejaba de desconcertarme.

La herida es el lugar por donde entra la luz

Luego en algún punto de la historia leí este tuit: «La herida es el lugar por donde entra la luz» y dije: ¡Dios, ¿ésta es una de tus bromas no?! Él quería que me quede claro…

Solo en el reconocimiento humilde y pleno de nuestra miseria es que la gracia de Dios viene a nuestras vidas; solo cuando lloramos con lágrimas amargas la pena de haber perdido al Señor, es que Él viene con toda su gracia a sanarnos y, con sus dulces manos, brillantes como el oro o la plata, restaura, une y reconcilia haciendo que nuestras heridas adquieran su propia belleza.

Pero no, su trabajo no termina ahí… lo más sorprendente (o por lo menos para mí) es que la herida queda. No queda abierta, ni supurante, Jesús la deja visible en su belleza, para recordarnos cuán humano es estar heridos y cuán necesario es, todos los días, mostrarle a Él esas heridas. Ese deseo de un amor que nos mire, nos sostenga entre sus manos, nos sane, nos salve y haga de nosotros objetos que hagan manifiesta la historia de nuestra vida: sellada y marcada profundamente, como esa herida que nos rompió, por el inmerecido amor de Dios.

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