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¿Cómo mantener el «sí» que le di a Dios?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/06/19

Cuando el deseo inicial se ha debilitado, y la decisión tiembla...

Parece mentira que alguien pueda tener fuerzas para seguir a otro por los caminos.Las fuerzas flaquean. El deseo inicial se vuelve más débil con el paso de los pasos. La decisión tan firme tiembla, surgen las dudas y el miedo.

La llamada a seguir a Jesús tiene la fuerza del primer amor. Sigo a quien mi corazón ama. Me conmueve el grito de ese joven en mitad del camino: “Mientras iban de camino, le dijo uno: – Te seguiré adonde vayas”.

Surge la voz entre la muchedumbre. Una voz que se separa del resto de las voces. No hay llamada, Jesús no pronuncia su nombre. Pero él quiere seguir a Jesús. Y grita.

Es un deseo cargado de fuego y de vida. Yo también quiero seguir a Jesús adonde Él vaya. Esta frase ha marcado mi sacerdocio desde el comienzo.

Desde mi ordenación la tuve como frase que motivaba mis pasos. Quería seguir a Jesús, no me importaba dónde fuera. No me iba a fijar en el camino preciso. Sólo quería ir con Él por los caminos. Es lo que deseaba.

¿Acaso en mi vida no hay personas con las que lo que merece la pena es estar a su lado, sin importarme hacia dónde voy?

Así es con alguna persona. Así es con Jesús en la historia de mi camino. No importa hacia dónde, lo que importa es ir con Él.

Y desde el principio de mi vocación ese deseo prendió en mi alma. Luego tuve miedo, me aterraba pensar que podía tomar caminos desconocidos que me alejaran del aquí, del ahora. De mis raíces, de mis seguros. De los míos, de los que eran mi hogar.

Temí que me faltaran las fuerzas para mantenerme firme en mi sí en la encrucijada de los caminos. Dudé que me gustara realmente el nuevo sendero por el que Jesús me iba a llevar.

Me dan miedo esos caminos nuevos que no conozco. Me asustan las sorpresas, lo desconocido. Y entonces temo desanimarme y perder la ilusión.

Hoy le digo a Jesús de nuevo que le seguiré a donde vaya. Que iré detrás de Él porque no quiero quedarme solo. Como dice una canción: “Señor, Jesús, no me dejes nunca. Señor, Jesús, da luz a mis pasos”.

Quiero que me muestre siempre el camino. No quiero dudar ni temer. Pero soy frágil y dudo. Es la verdad. Busco excusas.

A veces quiero hacer otras cosas antes que dar un nuevo paso: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre. Déjame primero despedirme de mi familia”.

Parecen justos esos deseos tan humanos. Siempre hay razones para seguir mis pasos y no los suyos. Siempre hay otra alternativa, otro camino posible distinto a aquel que me propone.

No quiero anteponer mis deseos a los suyos. Hoy voy a seguir sus pasos. No sé si soy capaz de dejarlo todo y seguirle con la prontitud de los discípulos. Pongo excusas para no hacerlo. Quiero hacer las cosas a mi tiempo, a mi manera.

Jesús me dice: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”.

He mirado atrás muchas veces. He visto con nostalgia el camino recorrido. O he pensado en los caminos que no llegué nunca a recorrer.

Eran caminos posibles en mi vida en algún momento. Decisiones pasadas. Posibles atajos o alternativas.

Ahora me duele al volver la vista atrás. Miro las huellas de mis pasos. ¿No valgo para su Reino cuando me lleno de tristezas pasadas?

Mi pobreza me impresiona. Digo que sí, que le seguiré a Jesús a donde Él vaya. Pero luego detengo mis pasos con miedo, con cansancio y busco excusas para no seguir adelante, para no seguir luchando.

Digo que sí con los labios y al mismo tiempo mi voluntad se tiñe de negativas calladas. Por miedo, por pereza, por dejadez.

Mi primer sí lleno de pasión y alegría se vuelve con el tiempo un no rápido y decidido. Mi voluntad firme de ese primer amor se debilita sin que casi me dé cuenta.

Y lo que parecía un sí radical lleno de vida se torna debilidad, vacío y pecado. No hago el bien que deseo y cometo el mal que quiero evitar.

Mi sí primero no resiste la fuerza del viento, el ímpetu de las olas, y en medio de mi mar tengo miedo. Mi barca se hunde y se pierde contra las rocas de la orilla.

Y yo que quería ser santo. Sólo eso. Santo para hacer la voluntad de Dios. Santo para ser feliz en esta tierra como anticipo del cielo.

Santo para iluminar el mundo con mi sonrisa. Con la sonrisa de Jesús en mis labios. Por eso tomé su camino siguiendo sus pasos.

¿Habré acertado al seguir esta senda? ¿Hubiera sido más feliz en otras rutas? ¿Es lo que estoy viviendo la máxima felicidad a la que puedo aspirar en esta vida?

La santidad se juega en mi sí renovado: “Te seguiré, Señor”. Hoy lo repito. Es ese deseo ardiente de mi alma de niño.

Me atrevo a dar los pasos primeros. Dudando, decidido. Venzo mis miedos y me pongo en camino. No me importa lo difícil que parezca.

Como observa Séneca: – No es porque las cosas son difíciles por lo que no nos arriesgamos, sino que son difíciles porque no nos arriesgamos”.

Me arriesgo a seguir a Jesús adonde vaya. No quiero perderlo cuando me retraso tratando de solucionar antes tantas cosas.

Pienso en los lugares que sueña Jesús para mí. Son los que mi corazón también desea, aunque ahora no lo sepa.

Su voz se hace carne bajo mi piel. Su sí a mi vida se une con el sí que pronuncio al verlo aparecer en mi corazón enamorado.

Quiero estar con Él ahora y para siempre. Donde Él quiera que yo vaya pienso ir con Él. Él sabrá mejor que yo lo que más me conviene.

Él conoce lo que me espera a la vuelta del camino. Allí donde no alcanza mi mirada Él ya ha estado.

No tengo dónde reclinar la cabeza. No importa. Es lo que tiene seguir a Jesús. Confío en su amor. Él lo sabe todo y quiere que mi vida sea plena. O que otras vidas gracias a la mía también sean plenas.

Quiere que mi luz llegue a muchos. Me subiré a mi barca. Dejaré que me guíe. Que las olas marquen el camino. Me da miedo, pero sigo sus pasos. Dudo, pero no me detengo

Quiero seguir los pasos de Jesús. Y clamo para que proteja mis pisadas: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: – Tú eres mi bien”.

Quiero ser su profeta. Quiero confiar en todo lo que va a hacer con mis manos. Dios pasa a mi lado y me llama:

“Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías”.

Eliseo deja los bueyes y se convierte en profeta. Se convierte en voz que clama en el desierto. En palabra que cambia la vida de los hombres.

Así es la llamada a seguir a Jesús. La vocación que me lleva a seguirle por los caminos. Una canción lo expresa así:

Yo quiero ser tu amigo, Jesucristo, yo quiero ser tu amigo. Encontrar tu yugo suave y tu carga ligera y llevar por todas partes, en mi cuerpo y en mi alma, tu vida en primavera”.

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