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Los refugiados le pusieron música y voz al clamor por la paz

ACNUR
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Concierto organizado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR)

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Los más de 13 mil kilómetros que distan entre Homs y San Luis o los más de 5 mil kilómetros que separan Caracas de Buenos Aires debieran bastar para ilustrar la necesidad de aunar esfuerzos por los refugiados. Pero ellos, que hicieron el camino, fueron quienes alzaron la voz y pusieron la música para que al menos en Buenos Aires se reflexione sobre su desarraigo.

Un maravilloso concierto organizado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) tuvo lugar en el complejo CCK de Buenos Aires, con el protagonismo de la orquesta Latin Vox Machine, conformada en Buenos Aires e integrada por músicos de distintas nacionalidades.

Abrió la velada Juan Carlos Murillo, Representante Regional de ACNUR para el Sur de América Latina, quien recordó que cada día miles de hombres, niños y adolescentes se enfrentan “al gran reto de tomar una de las decisiones más difíciles de su vida: abandonar a sus seres queridos, sus trabajos, sus estudios, dejar e interrumpir sus vidas, sus hogares, y huir de su país de origen en busca de protección”.

Como explicó citando un estudio de reciente publicación, existen en el mundo más de 70 millones de personas desarraigadas por la fuerza, crisis sin precedentes, la cifra más alta de los últimos 70 años, según indicó. Entre ellas, el 50% de los refugiados en el mundo son menores de edad, muchas veces no acompañados o separados de sus familias, explicó.

“Las personas refugiadas huyen de sus países porque no tienen otra opción. Nosotros sí tenemos esa opción. Nosotros podemos brindarles una mano; nosotros podemos ayudar”, completó, y presentó a la música como “ese maravilloso lenguaje universal en el cual los músicos no tienen nacionalidad; que el mensaje de la música nos una y transmita respeto, tolerancia, solidaridad y esperanza por un mundo mejor.

El repertorio de Latin Vox Machine comenzó con la interpretación de El Choclo, un homenaje a la tierra rioplatense que acoge a los músicos, y también al Zorzal Carlos Gardel. El zorzal dio paso El Guacamayo, de Anamaría Correa y Sergio Ramos, que hizo presente, como si hiciese falta, a la patria que más nutre la orquesta, Venezuela.

El repertorio continuó con clásicos de Dimitri Shostakovich y Gustav Mahler antes de la infaltable Va, pensiero, de la ópera Nabucco de Verdi, que araña el alma al cantar: “Ay, mi patria tan bella y abandonada; ay, recuerdo tan grato y fatal”. El diálogo musical se volvió esperanza con la versión de la canción A change is gonna come de Sam Cooke, alegría con A pesar de Voce de Chico Buarque, para cerrar con un reconocimiento también al migrante sirio con Khaled: Habibi Ya Nour El Ain.

El concierto estuvo conducido en orquesta y coro por los jóvenes músicos venezolanos Emmanuel González y Oneyde Puentes, que no se intimidaron en lo más mínimo ante la imponente sala y regalaron una velada inolvidable. Su testimonio y talento, como el de los más de 120 músicos que integran el grupo, son inesperado regalo tras un drama que nadie quiere y que esperemos pronto acabe: el éxodo venezolano.

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