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4 claves sobre el sentido de la vida ocultas en Toy Story 4

TOY STORY 4
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La nueva película de Pixar es otra historia con mensajes para toda la familia

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Toy Story fue un punto de inflexión.

Antes del estreno de la original Toy Story de Pixar en 1995, los dibujos y la animación eran para niños. En el mejor de los casos, podían ser preciosos e intensos e incluso enseñar algunas lecciones buenas. ¡Eres hermoso tal y como eres!, decían. ¡Puedes hacer lo que te propongas!

Sin embargo, Toy Story cogió esos esquemas y les dio un giro de tuerca para aportar más peso y complejidad. ¿Y si yo no me siento hermoso? , planteaba la película original. ¿Qué pasa cuando conoces a alguien que te hace sentir feo y celoso, como cuando Woody conoció a Buzz? ¿Y si no puedes hacer todo lo que te propongas, como cuando Buzz se dio cuenta de que no podía volar realmente?

Estos temas hicieron que los adultos se ajustaran mejor en sus asientos y escucharan con más atención. Claro está, a los niños les encantaban Woody y Buzz. Aprendían igualmente grandes lecciones sobre la amistad y el sacrificio. Pero no nos equivoquemos: esta película también se hizo para las mamás y los papás.

Desde entonces, Pixar (ahora oficialmente un ala del castillo corporativo de Disney) ha estrenado un montón de películas, la mayoría éxitos comerciales y de crítica, y la capacidad narrativa del estudio ha crecido en sofisticación con el tiempo. Toy Story 4 quizás no sea la mejor entrega de Toy Story, según algunos, pero sin duda es la más ambiciosa narrativamente y reparte píldoras de moralejas que otras películas más precavidas ni siquiera osarían abordar.

Lo curioso es que la mayor parte de la narración gira en torno al concepto de propósito. Echemos un vistazo a cuatro de esas lecciones…

La dificultad del cambio

A todo el mundo le resulta duro el cambio. Y cuando a Bonnie —la niñita propietaria de Woody, Buzz y la pandilla actual— le toca ir al colegio, la pobre actúa como si la hubieran enviado al frente de batalla. Le aterroriza ir a una nueva escuela con nuevas personas. Así que, a pesar de las órdenes de la escuela de no traer ningún juguete a clase, Woody se infiltra en la mochila de Bonnie. Le podría venir bien un amigo, piensa Woody. Y tiene razón.

Pero Woody tiene otro motivo. Lo cierto es que su vida está cambiando también y esta buena acción es, en cierto modo, un poco egoísta: es una forma de reintegrarse en el universo de juguetes favoritos de Bonnie.

A estas alturas, Woody es solo un recurso casual en el mundo de Bonnie, confinado al armario más tiempo del que quisiera. Y cuando Woody habla de su sino, nosotros escuchamos ecos de nuestras propias dificultades con los cambios. A veces suena como un padre con síndrome del nido vacío cuyos hijos ya parecen no necesitarle. A veces suena como un viejo caballo de tiro empresarial adelantado por los nuevos entornos tecnológicos.

Como espectadores, podemos ver que el propósito que Woody asimiló durante tanto tiempo —su vocación, por así decirlo— ha cambiado. Creo que a veces todos nosotros tenemos dificultades con los cambios en el trabajo o en el hogar, pero nos cuesta especialmente cuando sentimos que nuestra vocación —aquello que sentimos que es por lo que nos hizo Dios, el propósito que nos esforzamos por cumplir— parece irrelevante. Y cuando eso sucede, nos sentimos irrelevantes.

El camino de Woody hacia la redención no es fácil y adentrarnos en ese camino nos llevaría a unos spoilers en los que no me quiero meter. Sin embargo, nos enseña que incluso cuando nuestro propósito deja de ser el que una vez fuera (o el que imaginábamos que era), todavía podemos encontrar sentido a nuestras vidas. Solamente, quizás, tengamos que mirar en lugares inesperados para encontrarlo.

El misterio de la creación

En la escuela, Woody permanece escondido. Pero cuando Bonnie parece estar en su momento más bajo, Woody se escapa sigilosamente de la mochila, se sumerge en una papelera y encuentra… bueno, un puñado de basura: limpiapipas, algunas ceras de colores, un viejo tenedor-cuchara de plástico… Bonnie se entusiasma al ver todo estos materiales y se pone manos a la obra, hasta que crea un nuevo compañero de juegos: Forky. Pero a Forky no le gusta su nueva situación ni un pelo.

En otro lugar entré con gran detalle en este asunto, pero, básicamente, Forky está turbado por su recién descubierta consciencia. Quiere ser, literalmente, basura. Volver a la papelera que es su origen. Él también tiene problemas con el sentido de su propósito. Finalmente, Woody le ayuda a encontrar un propósito. El de amar a Bonnie  —amar a su creador, digamos— y recibir también su amor.

En palabras sencillas, ese es también nuestro propósito: amar y ser amados por el Dios que nos creó. Y aun así, esa respuesta apenas roza la belleza y el misterio de la creación. Aún quedan muchas otras preguntas que apuntan a la belleza y al misterio del porqué de nuestras vidas. Amar y ser amados suena a tarea en un plan empresarial, mientras que nuestras vidas son novelas en expansión o poemas épicos. Y, de forma reveladora, los hacedores reconocen el misterio de la creación en las ultimísimas líneas de la película.

La belleza de la imperfección

Después de huir incontables veces hacia la basura, Forki por fin logra aceptar su nueva vida como juguete querido. Entiende su propósito. Gabby Gabby —la muñeca de anticuario que es la principal antagonista de la película— entiende cuál debería ser su propósito también. A diferencia de Forky, ella sabe que es un juguete. Sabe que debería estar aportando a los niños amor y alegría. Es lo que desea por encima de todo.

Pero Gabby Gabby se desespera en su incapacidad para lograrlo: el mecanismo de su voz está roto. Así fue desde el momento de su creación. Y debido a ese defecto, Gabby Gabby se siente incapaz de ser amada y haría lo que fuera —cualquier cosa— por sentirse “apta” de nuevo.

Presenta un fuerte contraste con la situación de Forky, quien, después de todo, es técnicamente un mero montón de basura recompuesta. A través de estos dos personajes nuevos recordamos algo verdaderamente importante: no somos dignos de amor por ser perfectos. Somos dignos de amor por ser… nosotros.

La importancia de servir a los demás

La vida de un juguete es, en definitiva, una vida de servidumbre. Todas las películas de Toy Story regresan sobre este tema básico una vez y otra. Woody y Buzz viven y trabajan por sus niños. Pero, como todos sabemos, los niños terminan por pasar página. Maduran y dejan de amar y necesitar sus cosas favoritas. ¿Qué pasa entonces?

En un flashback, vemos que Bo Peep, una lámpara de porcelana que durante años dio consuelo a Andy y a su hermanita Molly, fue empaquetada y donada. Mucho tiempo después, encontramos a una Bo Peep muy diferente en la calle, una aventurera todoterreno que enseña que la vida existe más allá de la puerta del dormitorio de un niño.

Ya ni siquiera añora realmente el amor de los niños. No lo admite, al menos. Pero aun así, ella, Woody y un grupo de nuevos amigos colaboran para emparejar juguetes hambrientos de amor con niños, cumpliendo indirectamente su vocación central.

Una vez más, Toy Story enfatiza que el propósito —nuestro propósito real dado por Dios— se encuentra en servir a los demás. En nuestra vida todos tenemos oportunidades en las que servir al prójimo: en casa, en el trabajo, como voluntarios, incluso en mitad de la calle.

A veces nuestra capacidad para servir cambia. A veces difiere de lo que queríamos o soñábamos que fuera. Pero la oportunidad siempre está ahí. Y cuando nos hacemos humildes para servir, encontramos que cumplimos el propósito para el que nos diseñó Dios.

Los temas y las lecciones que aborda la película no se detienen aquí necesariamente. Sí, Toy Story 4 es una historia entretenida, divertida y encantadora tanto para niños como para sus padres. Sin embargo, si escarbas un poco más hondo, quizás encuentres algunos tesoros que se aferrarán a tu corazón mucho después de que terminen los créditos.

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