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¡Bebe o liga, tienes que elegir!

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Todos recordamos algún eslogan de campañas de seguridad vial, como el famoso “si bebes, no conduzcas”, pero hay una pequeña variación que no le quita un ápice de verdad: si bebes, no intentes ligar. Carta abierta a un joven tentado por la última copa

Joven varón de 18 años. Un poco mayor o un poco más joven, también vale. Un muchacho simpático, preferentemente. Un tipo divertido, confiado, no un completo idiota tampoco, tiene buena conversación en una gran variedad de temas y rebosa proyectos. Podría ser tu mejor amigo. Es el tipo de chico al que las jóvenes echan el ojo y, si no está de mal ver, que tampoco molesta, más de una haría cola para darle una oportunidad.

Sumerjamos al muchacho en cuestión en un buen volumen de cerveza, vodka o cualquier otra mezcla que haya inventado y observemos la escena. ¡Una metamorfosis! Escúchale farfullar dándose aires de héroe alternativo, fanfarroneando sobre lo increíble de sus últimas “hazañas”: mear por la ventana del tercer piso durante la última noche en la residencia de estudiantes (“Una cosa muy loca, ¡menudo riesgo!”); tragarse tres litros de cerveza en lo que ha durado la última canción de los Jonas Brothers (“¡Fui el más rápido de todos, soy invencible!”); vomitar en los zapatos del portero (“¡Muy fuerte!”)…

La chica se pregunta qué está haciendo ahí…

Su párpado izquierdo cae un poco sobre la mitad del ojo. El párpado derecho palpita como con un pequeño sobresalto epiléptico. Es normal cuando uno lleva ya un par de copas encima: las diferentes partes del cuerpo que deberían funcionar al mismo tiempo asumen vida propia e independiente. Cosa que no parece molestar demasiado al propietario, por otro lado, cuyo cerebro hace rato que marchó a vivir al país de los teleñecos, donde todo el mundo es lindo e incluso los villanos son amables. 

Así que, ingenuo de él, se siente tan guapo como siempre y nadie le dice lo contrario: su colega está en el mismo estado, la baba le brilla por la comisura de la boca, incluso cree que puede sentir que su cerebro fluye a través de sus oídos en estado líquido. De ahí su entrecejo inquieto, fruncido sobre un ojo vidrioso al estilo de Drácula.

Entonces, ¿dónde está el problema? Después de todo, están todos en el mismo estado. ¿Van todos por las nubes? En absoluto. La joven que les observa y a la que ellos intentan impresionar se pregunta ya qué está haciendo ahí. Se pregunta cómo este chico que no para de marear la perdiz y que ella admiraba secretamente hasta hacía un momento ha podido transformarse en publicidad andante del “blandiblú” de pedos, esa pasta viscosa que hace ruidos extraños cuando la apretas.

La chica se pregunta cómo pudo haber imaginado por un segundo que llegaría a algún sitio con este chico fascinado por el sonido de un sacacorchos. La chica que ha bebido menos que los demás ha pasado a la clasificación selectiva detrás de su sonrisa linda y, a pesar de todo, indulgente…

Elige a tus amigos entre quienes desean tu bien

¿Moraleja? El alcohol no te acerca, sino que te distancia. Aleja de ti a las chicas que realmente te interesan. Y a veces no estaban demasiado lejos. No las hagas huir. En el peor de los casos, ellas dejarán paso a la versión femenina del “blandiblú” de pedos, con el maquillaje corrido opcional, pero te mereces algo mejor. En el mejor de los casos, se quitarán de en medio hasta que hayas terminado de madurar. O no. Entonces, ¿cómo vas a madurar? Escogiendo a tus amigos entre los que desean tu bien. Y quien quiere tu bien no es necesariamente el que te sostiene la botella.

Por Jeanne Larghero

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