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El vínculo del prócer argentino Manuel Belgrano con la Orden de los Dominicos

© DR
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Manuel Belgrano era profundamente mariano, devoto de la Virgen en sus distintas advocaciones

El nombre de Manuel Belgrano, recordado cada 20 de junio en la Argentina, suele asociarse a la bandera argentina que él creó. Por eso, el 20 de junio, día de su paso a la Inmortalidad, es el Día de la Bandera, una de las fechas patrias más importantes del país.

Belgrano supo integrar la Primera Junta, que el 25 de mayo de 1810 abrió el camino independiente en los pagos entonces conformados como Virreinato del Río de la Plata. Además de su vocación cívica, su entrega militar posterior le valió el recuerdo inmortal, sobre todo a partir de estar apostado en la ciudad de Rosario y crear allí la insignia nacional.

Sobre los colores de la bandera, muchas teorías sobrevuelan, todas son coherentes entre sí: celeste y blanca como los colores del cielo, como los colores de la dinastía borbónica, como los colores del manto de la Virgen.

Independientemente de la bandera, Manuel Belgrano, se sabe, era profundamente mariano, devoto de la Virgen en sus distintas advocaciones, entre ellas las de la Inmaculada Concepción como Nuestra Señora de Luján.

A la Virgen María Belgrano proclamó Generala del Ejército, en la Advocación de Nuestra Señora de la Merced, al liderar la estratégica e impensada victoria para la Independencia en la Batalla de Tucumán en septiembre de 1812. A ella le entregó su bastón de mando, puesto que a ella, creía, la Patria debía su salvación.

Pero además de su vida cristiana, cultivada desde niño con Misa y rezo del rosario y reflejada en sus momentos de oración previo a las batallas, a Belgrano se lo reconoce por su vínculo a la Orden de los Dominicos, en cuyo templo principal en Buenos Aires descansan sus restos mortales.

Nacido a metros de la Basílica de Santo Domingo, en Buenos Aires, Manuel Belgrano estuvo siempre ligado a esta orden, e incluso, como sus hermanos, fue terciario dominico y miembro de la cofradía del Rosario. Como tal, recibió formación dominica y se comprometía a una piadosa vida de oración, aún en el medio de sus atareadas funciones.

Además, durante sus años de expedición militar, los dominicos argentinos apoyaron resueltamente la causa de Belgrano hospedando en sus conventos al General y sus hombres y alimentándolos, esfuerzo en nada menor que en ocasiones demandó miles de cabezas de ganado.

Por sus proezas militares en el norte, durante las que fue recibido y apoyado por los conventos dominicos de Tucumán, recibió una cuantiosa fortuna que dispuso sea destinada a escuelas públicas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Nada le quedó al final de sus días, cuando enfermo, necesitó del préstamo de un amigo para regresar de Tucumán a Buenos Aires, donde falleció el 20 de junio de 1820, casi relegado al olvido, en la misma casa en la que nació.

Durante sus últimos meses, fue acompañado por frailes de la orden y muy pocos allegados. Sus restos fueron luego trasladados al Templo de Santo Domingo, donde tiempo después se construiría el imponente Mausoleo en su honor.

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