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Perdido en la montaña encontré a Dios

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Cansado y con dudas, todos mis miedos se encerraban en mis manos rotas, pero en mi impotencia me abrí a ese Dios que conduce mi vida…

El otro día recorrí un camino por montañas inmensas. Buscaba caminos, sendas ocultas. Luchaba por descifrar entre piedras y barro el lugar donde poner mi siguiente paso. Quería llegar a la meta.

Así es siempre. Miro a lo lejos. Busco la meta, mi destino final. Quería estar ya allí y sufría la incertidumbre de no encontrar el camino.

¿Tendría que regresar por donde había venido? ¿No habría valido de nada tanto esfuerzo? En un lugar detuve mis pasos sin aliento.

No había salida posible. Sólo arbustos tupidos. Barro profundo. Lluvia. Imposible. Me llené de dudas.

Y quedó la pregunta detenida en el aire. ¿Habré tomado el camino correcto, la decisión adecuada, el sendero aconsejado? ¿Tendré que regresar al camino seguro? Dudas que ensombrecían mi ánimo. Intentando echar por tierra, en lágrimas, toda mi esperanza.

Me sentía como me siento a veces en medio de pérdidas, o de ausencias. Cuando el camino no parece tan ancho, ni tan fácil, ni tan seguro.

Una persona contaba su experiencia ante el dolor siendo niña, o adulta, eso no importa:

Pero, aunque sentía ese mar de tristeza que podía hundirme en el abismo, me reponía, algo me aferraba a la vida y a las risas, no sé si orgullo, sentido de supervivencia, egoísmo, instinto, equilibrio, frialdad, capacidad de lucha. Algo me hacía sobreponerme y hasta hoy, ese motor que me engancha a la vida, a la realidad inmediata, sigue tirando.

Sacaba fuerzas de lo imposible. Así lo hice yo. Retornando unos pasos, unas caídas más por el camino ya hollado, ya sufrido. Para buscar otra senda, o mejor, la senda adecuada, la correcta.

¿Hay un camino correcto y otros totalmente equivocados? No lo sé. No me importa.

En medio de esa encrucijada sin caminos me sentía cansado. Quería dejarlo todo. Volver a algún lugar lejano. Descansar un rato sobre alguna piedra.

Quería que alguien desde el cielo me rescatase de esa montaña y me elevase por encima de mis dudas, de mis miedos.

No sé cómo en la vida real, en un día sencillo, se pueden proyectar sueños de siempre, debilidades conocidas.

En ese momento de temor se hizo patente mi fragilidad, mi incapacidad para tomar decisiones correctas, mi impotencia para elevarme por encima de mis miedos cuando estoy cansado.

Se hizo evidente que soy un discapacitado. Un hombre pobre en medio de una vida difícil y frágil. Como tantas otras vidas.

Entonces fui capaz de percibir que todos mis miedos se encerraban en mis manos rotas. En mi impotencia me abrí a ese Dios que conduce mi vida.

¿No me iba a rescatar ahora de esa montaña? ¿No confiaba? Saqué fuerzas de dentro del alma. Siempre me quedan. Y las puse todas ante el Dios de mis caminos. Él sabría por dónde debería ir.

El alma estaba turbada. Me sentía incapaz de saltar por encima de tantos obstáculos y montañas. ¿Aparecería de golpe ante mí un camino claro? Decía el padre José Kentenich:

Cuando la vivencia de pequeñez a los ojos de uno mismo y a los ojos de los demás no desemboca en la vivencia de ser grande ante Dios, acaba, tarde o temprano, en complejo de inferioridad. El primer grado de la pequeñez o humildad consiste en aprender a abrazar las propias debilidades de buena gana y con alegría, a fin de alcanzar una unión más profunda con Dios[1].

Me sentí tan pequeño en esa montaña… Abrumado por mil posibles senderos que no se me desvelaban. Quería llegar a la meta y era incapaz de recorrer el camino soñado.

En mi impotencia percibí una luz dentro de mí que no era mía. Venía desde lo más hondo. Desde lo más alto. Era una confianza en alguien que guiaba mis pasos.

¿Por qué tantos miedos? No podrían nunca paralizarme. Me lo propuse siendo niño. Nunca mis miedos me impedirían cruzar mares, saltar desde alturas, atravesar desiertos, encontrar senderos en medio de bosques inmensos.

No, el miedo sólo tenía sobre mí el poder que yo quisiera darle. Lo decidí de nuevo en medio del barro, la lluvia, la ausencia de senderos y las dudas. Mis miedos no me vencerían.

Encontraría el camino. O Dios lo haría mostrándome rutas escondidas. Caminos imposibles. Y poco a poco vería, como así fue.

Y entonces se hizo posible lo imposible. En mi desvalimiento Dios se mostró misericordioso. María se mostró como mi Reina. Ella sí tiene poder sobre mi vida.

Yo tengo miedo y dudas. Pero Ella lo puede todo. No deja que mis miedos paralicen mis sueños, bloqueen mis deseos de llegar a la meta.

Seguí buscando, seguí subiendo. Más caídas, más barro, más lluvia, más frío, más dudas. Y seguí caminando. Su mano sostenía mis pasos. Parecía misterioso.

No perdí la alegría. La conservé grabada muy dentro del alma. Y afloraba en sonrisas, nerviosas o calmadas.

En mis pasos hechos de barro se dibujaba una esperanza que antes parecía ausente. Así suele ser en mi vida. En mis montañas. En las aguas y el barro pegado a mis pasos por la vida. En mi desvalimiento miro al cielo. Y confío de nuevo. Con una sonrisa. Nada temo.

[1] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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