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La llamada de tu vida

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Dios y el descubrimiento más importante en el campo del desarrollo humano

Creo que la vocación tiene que ver con una llamada inesperada en lo profundo del alma. Dios pronuncia mi nombre y algo resuena con fuerza en mi interior. Lo hace a través de una palabra, de una persona, de una acción, de un paisaje.

Provoca en mi interior un cataclismo. Todo cambia. Se rompen los seguros y parece que todo cobra sentido. Resuena algo en mi alma al escuchar el eco de su voz. Y comprendo entonces para qué estoy hecho, para qué he nacido.

Hay mil vocaciones posibles, mil caminos por recorrer. Pero el mío es uno solo. Una forma concreta de vivir la vida, de amar, de mirar, de sonreír. ¿Cuál es la mía? Tengo una forma muy determinada de enfrentar los miedos y subir las montañas.

Imagino mi vida como ir en barca en el mar profundo. Adentrándome más allá de la seguridad que me da la orilla guiado por el ideal que resuena en mi corazón.

Respondo así a una llamada que grita en mi alma de hijo, de niño. Navego en mi mar abierto a todos los peligros. Surcado por vientos indescifrables, amenazado por tormentas imprevisibles.

Mar abierto en el que la orilla queda demasiado lejos. Ese mar en el que parece no haber más seguros. Es demasiado hondo. Y me da miedo caminar sobre las aguas.

Sé que si mi barca se hunde no seré capaz de sobrevivir en medio de las olas. Pero sé también que no soy yo el que ha decidido emprender este camino. Respondo a una llamada. Es la vocación de Dios que me invita a navegar mar adentro.

Pero tengo miedo. Escucho su palabra, su voz tenue y noto su presencia. Y tengo miedo. William James, uno de los grandes psicólogos y filósofos de Estados Unidos, habla del descubrimiento más importante en el campo del desarrollo humano:

“Hasta ahora se pensaba que para actuar había que sentir. Hoy se sabe que el sentimiento aparece cuando empezamos a actuar. El pájaro no canta porque sea feliz, es feliz porque canta. El comportamiento cambia el sentimiento, el sentimiento cambia el pensamiento. La mayoría de la gente dice: – lo haré el día en que me sienta bien. No es este el camino. Comience a actuar inmediatamente, y las cosas cambiarán dentro y fuera de usted”.

Me pongo en camino porque sé que mi comportamiento, lo que haga, despierta sentimientos positivos dentro de mí. Con fuerza me echo a la mar.

Palpo el miedo al reconocer mis límites, mis dolores, mis debilidades. Y no sé cómo enfrentar el sufrimiento. Pero al mismo tiempo veo las velas de mi barca vibrar con el viento y anhelar un horizonte eterno.

Y sonrío en medio de las olas que superan mis fuerzas. Porque sé que Jesús va conmigo. En mi barca. Nunca se baja de ella. Y me dice que no tenga miedo.

Me abraza y me pide que confíe. Yo confío. ¿Qué puede faltarme si Él va conmigo? Noto el viento y todo se mueve a mi alrededor. Siento las olas, el olor a mar, a eternidad.

El comportamiento genera sentimientos. Cuando hago las cosas soy más feliz. No me detengo. Miro el horizonte amplio, queda muy lejos de la orilla. Siento el mar dentro de mi alma. Algo resuena en mi interior.

Me gusta detenerme en Tierra Santa junto al lago de Galilea y contemplar sus aguas. Me gusta mirar las olas calmas, su horizonte cercano y lejano al mismo tiempo.

Me gusta imaginarme la barca de Pedro en otras barcas que ahora veo. Me gusta imaginar a Jesús navegando por esas olas que ahora aparecen tranquilas.

Me gusta perder mi mirada en el lago esperando encontrar sus ojos negros mirándome muy atentos. Solo así podré hacer caso a esa voz que me llama.

Así es la vocación. Así es su llamada. Un grito dentro de mí, un silencio que tiene fuerza, una caricia que sosiega mis miedos, una sonrisa que espanta mis temores. Un fuego que arde dentro de mí. Y no se apaga nunca.

Así es la vocación. Porque Dios me llama a entregar la vida, no a guardarla. Me llama a dar mi alma mas allá de mis límites. Y no a temer perder mis seguridades. Confío en su presencia en medio de mis días. Lo veo caminando junto a mí sobre las aguas sintiendo el vértigo. Y le grito:

“Déjame ir hasta ti, Señor, si eres Tú el que caminas. Déjame vencer los miedos y caminar erguido sobre el mar revuelto. Tengo miedo. Pero me gusta más este mar inmenso que los límites estrechos que a veces me esclavizan”.

Navego mar adentro. Camino sobre las aguas. Mi corazón se llena de nostalgias y de anhelos profundos. Rompe su Espíritu la defensa de mis muros. Pongo mi vida en sus manos. Y sonrío.

Así es la llamada, la vocación primera. Un amor en forma de lengua de fuego que desciende sobre mí y no me deja tranquilo. El fuego me pone en camino. Me siento más fuerte. O quizá más débil.

Ser cristiano no consiste en vivir evitando los escollos en los que podría encallar mi barca. Ser cristiano es navegar mar adentro sin miedo a dejar la orilla. Es navegar más allá de mis temores, de mis nostalgias, con las velas desplegadas.

Es la llamada a ser santo, a levar anclas, a soltar las amarras. En la fuerza del Espíritu que sopla dentro de mí y me hace de nuevo. Un hombre nuevo.

Sopla un viento cálido. Brota un fuego intenso. Solo sé que de repente entiendo lenguas que antes ignoraba. Y veo más cerca el horizonte que antes parecía tan lejos.

Y llevo en mi corazón un sueño eterno, que ha sembrado Dios de repente en la fuerza de semillas pequeñas. Y llevo mis raíces conmigo aún más profundas.

Porque lo que ha crecido en profundidad no morirá nunca. Eso lo sé, lo he aprendido. No morirá el amor verdadero y eterno en medio de las aguas.

Las historias sagradas no desaparecen y no son nunca olvidadas. Quedan escritas en mi alma para siempre. Me las llevo muy dentro porque soy raíz y tronco. Soy ramas que llegan muy lejos. Soy pozo profundo que no tiene fondo.

Soy barca y mar hondo. No me canso de amar en medio de mis mares. Y no dejo de anclarme de nuevo sabiendo del dolor que conlleva el despojo.

Y estoy dispuesto a volver a volar siempre de nuevo por encima de acantilados y horizontes inmensos. Así es la llamada. Así es su voz que arde en medio de mis silencios. Así es su amor que no se conforma con parte de mi vida. La quiere entera.

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