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‘Tuerquita’, el payaso que pasó del mundo de las drogas y el hampa a predicar el Evangelio

TUERQUITA
Facebook-Tuerquita Alberto Noya San Martin
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Colombia llora el deceso de Alberto Noya Sanmartín, ícono del humor que gozó y padeció los altibajos de la fama y el olvido social

Los colombianos que hoy tienen más de 40 años recuerdan a tres payasos que todos los domingos en la mañana deleitaban a los televidentes con sus ocurrencias y bromas inocentes. Todos eran miembros de una misma familia de tradición circense: el padre, Alberto Noya Carroll, actuaba como el mayor del trío y se hacía llamar ‘Pernito’; Luis Miguel Noya Sanmartín, el segundo de sus hijos, interpretaba a un niñito conocido como ‘Bebé’, y Alberto, el menor, fue conocido con el nombre de ‘Tuerquita’.

Los tres eran chilenos y habían llegado a Colombia con un circo que recorría pueblos y ciudades, aunque fue en Bogotá en donde se radicaron para trabajar en televisión. En un comienzo actuaron en diferentes espacios de variedades, pero fue Animalandia, un programa con alta participación de niños que iban a mostrar mascotas y animales curiosos, el que les dio fama y dinero durante los años 70 y 80. Allí, interactuaban con Fernando González Pacheco, el más famoso animador de la televisión colombiana y a quien casi siempre utilizaban para sus chistes y montajes.

 

 

La popularidad, los altos honorarios de la televisión, los contratos para presentaciones en clubes exclusivos, lujosas haciendas y hasta lugares de diversión de los capos del narcotráfico, se volvieron lugares comunes para los tres payasos. Sin embargo, el más afectado por ese drástico cambio en sus vidas fue Alberto, ‘Tuerquita’, el humorista que falleció este 5 de junio en un hospital de Bogotá.

En recientes declaraciones al Canal Red +, Tuerquita confesó que desde los ocho años entró al mundo del vicio fumando cigarrillos y luego, cuando tenía diez, decidió consumir marihuana, inhalar cocaína e inyectarse heroína. La vida en medio del dinero, las mujeres que lo buscaban, el licor y las drogas le hicieron perder su trabajo en Animalandia y el afecto de su padre, el payaso ‘Pernito’, su familia y muchos de sus amigos.

Despreciado y sin trabajo, vendió marihuana y cocaína en las calles de Bogotá, fue detenido por la Policía y, como un delincuente más, estuvo detenido varios meses en la Cárcel Modelo, una de las más peligrosas de Colombia. En una entrevista con el diario La Patria, Alberto dijo que en esa prisión, “gracias a Dios”, se salvó de ser violado por varios hampones.

‘Tuerquita’ se convirtió en un indigente que vivía de la droga que vendía, del robo a transeúntes y, muchas veces, de la comida que encontraba en la basura. En sus diálogos con los periodistas comparaba sus días de fama cuando comía en restaurantes de lujo y lucía ropa de marca, con los momentos en que debía aguantar hambre, pasar noches a la intemperie, vestir harapos y no bañarse durante más de dos años.

“Una luz en la tiniebla”

Alberto Noya Sanmartín vivió ocho años en la ‘calle del Cartucho’, el terrorífico lugar de Bogotá en el que convivían —en la degradación total— vendedores de drogas, consumidores permanentes de estupefacientes, delincuentes y prostitutas. El payaso resumió su drama en una entrevista con el periodista Diego Salado: “En el Cartucho, la gran mayoría consumía bazuco, la peor de todas las drogas. Nos convertía en muertos vivientes, en pordioseros”.

Allí fue un jíbaro (expendedor de drogas) que estuvo a punto de morir por incumplirle el pago de una cocaína a la jefa de una banda. Según él, un hombre lo buscó para cobrarle la cuenta con su vida y aunque lo puñaleó varias veces, logró llegar hasta una estación de Policía y luego a un hospital a donde llegó moribundo.

‘Tuerquita’ recordaba que ese día se sintió morir, pero que de un momento a otro vio “una luz muy brillante a la que le imploré que no me dejara morir y me diera otra oportunidad”. Recalcaba con emoción que “fue Jesucristo quien se apareció en el hospital para salvarme de las garras de las drogas y de la muerte”.

Gracias al apoyo de su esposa Ledir Salazar, que muchas veces lo rescató de las ‘ollas’ del microtráfico, empezó a recuperarse, pese a múltiples recaídas. Uno de los medios para su rehabilitación, además del respaldo de sus hijos Marcela, Andrés y David, fue el contacto con una fundación que promueve programas de reinserción social de drogadictos.

 

 

También conoció a miembros de una iglesia protestante con los que aprendió a leer, meditar y explicar la Biblia. Con ellos se dedicó a predicar la palabra de Dios en encuentros religiosos y a ofrecer talleres de prevención para niños y jóvenes en alcaldías, colegios, universidades, organizaciones sociales e iglesias. En sus conferencias —en las que a veces aparecía con la tradicional nariz roja de los payasos— decía que su experiencia de vida, el testimonio del “encuentro personal con Jesús”, el perdón a quienes lo despreciaron y el mensaje del Evangelio lo “ayudaban a restaurar vidas que estaban perdidas”.

En los últimos meses los médicos le hallaron un cáncer en el estómago y aunque se sometió a exámenes y procedimientos, la enfermedad fue más fuerte que su contagiosa sonrisa.

Tenía 66 años, no extrañaba el mundo de la farándula ni el bullicio de los circos, pero creía que su vocación era servir a los demás, por eso en una de sus últimas entrevista dijo al Canal Capital: “Nací con ese don que el Señor me dio de poder llegar a los niños, a los padres, a los abuelitos, a las familias, para hacerlos reír”.

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