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Hace 40 años… ¿Por qué cayó el comunismo en Polonia?

Arturo Mari | AP Photo
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Quiénes fueron los autores y las claves del cambio en Polonia

La primera visita de un Papa a un país comunista fue el inicio de un cambio en Europa y en el mundo. Hace ahora 40 años, el 3 de junio de 1979. A pesar de todos los consejos que había en contra, el papa polaco Karol Wojtyla quiso visitar su tierra a los pocos meses de ser elegido sucesor de Pedro. Polonia, con el 90 por ciento de la población católica y unas ansias de libertad de un pueblo ahogado por una dictadura totalitaria atea basada en el marxismo-leninismo.

La caída del comunismo en Polonia no fue obra de un día ni de un año, sino de décadas de lucha de un pueblo por mantener su fe, sus tradiciones, su identidad como patria, y por haber sido dirigido por tres líderes de una talla excepcional: san Juan Pablo II, Lech Walesa (un electricista y líder sindical) y el cardenal primado Stefan Wyszynski, un purpurado de ideas sociales avanzadas, un luchador nato, que pasó tres años en la cárcel.

El estallido de las huelgas organizadas por el sindicato clandestino Solidaridad (Solidarnosc) en los astilleros de Gdanks, al norte de Polonia, junto al mar Báltico, sorprendieron a todo el mundo occidental. ¿Cómo podía un sindicato obrero desafiar a un partido comunista obrero en el poder, el POUP (Partido Obrero Unificado Polaco)? Nadie podía esperar que un partido comunista fuera derrotado por la misma clase obrera que decía defender. El mundo occidental no conocía a Polonia.

La primera oleada de huelgas ya se produjo en 1956, en Poznan. Los obreros polacos llevaban pancartas que decían: “Exigimos pan”. Pasaban hambre y el invierno es muy duro en aquellas tierras. Era la época de desestalinización. La huelga terminó con decenas de muertos, centenares de heridos provocados por la represión del gobierno inducido por Moscú, y unos 250 arrestados. Siguieron las protestas en 1968, y después en 1978, por la subida del precio de la carne y los alimentos. Las protestas menudearon. Edward Gierek, secretario general del partido comunista, cayó en desgracia, al tiempo que fue elegido Papa un polaco: Karol Wojtyla. Este hecho descompuso el tablero y la estrategia de los soviéticos y de los polacos. ¡Un Papa polaco! La historia cambió en Polonia… y no solo en Polonia.

Nadie acertó que el sucesor del brevísimo Juan Pablo I (33 días de pontificado) fuera un papa polaco, un hombre curtido en los acosos, amenazas y persecuciones del partido comunista de su país. Un Papa venido del Este comunista, forjado en mil batallas. Los soviéticos también estaban descolocados, no sabían qué hacer. El Papa Wojtyla quiso visitar Polonia, su patria, su país, al poco de ser elegido. Al líder soviético, secretario general del PCUS, Leónidas Breznev, no le gustó y dijo al secretario polaco: “Convenza al papa que no vaya a Polonia. No es conveniente. Él es un hombre inteligente y lo comprenderá”. Quien no había comprendido nada es Breznev. De eso hace 40 años.

Karol Wojtyla había iniciado su pontificado con el grito de “¡No tengáis miedo de predicar a Cristo! ¡Abrid las puertas a Cristo!”. No tenía miedo ¿Cómo no iba a ir a Polonia, su patria? Con un 90 por ciento de católicos y con un partido comunista con dos millones de afiliados (y muchos lo eran por conveniencia, como personalmente pude comprobar). Aquello fue la prueba más flagrante que el comunismo era solo una estructura de poder en Polonia, una nomenclatura apoyada por Moscú. Las masas de polacos se volcaron a millones para acoger al nuevo papa polaco Karol Wojtyla. Se saltaron todos los protocolos, la policía no podía contener tanta avalancha de gente. Fue una clara señal al mundo: Polonia estaba subyugada por el comunismo que no tenía ninguna base popular.

Todo eso no fue casual. No fue un trabajo de unos meses, sino de toda una generación. Con el cardenal Stefan Wyszynski se fue labrando un cuerpo pastoral basado en la fidelidad a Cristo, a la Virgen de Jasna Gora (Czestochowa), patrona de Polonia, y la fidelidad al Papa de Roma, tomando como eje la defensa del hombre, de todo el hombre, de sus derechos y libertades, porque el hombre o es libre o es un robot. Lo hizo en pequeños círculos de sacerdotes, jóvenes, de obreros, de estudiantes, de madres de familia, y con muchas, muchísimas reuniones de los obispos polacos con el fin de mantener la unidad entre ellos frente al intento de divisiones que querían provocar las autoridades del gobierno. 

Unidad, unidad, unidad, en la fe, en la defensa de los valores históricos de Polonia y rechazo del ateísmo y del materialismo dialéctico como modo de entender la vida, porque lleva a eliminar la libertad, a excluir a Dios, y el hombre sin libertad y sin Dios no puede alcanzar la felicidad.

Juan Pablo II quiso cambiar Polonia, pero se dio cuenta pronto que cambiando Polonia cambiaba a Europa, a la Europa comunista. Solo tenía una preocupación: que la Unión Soviética invadiera Polonia como hizo con Checoslovaquia en 1968. Por eso pidió a los católicos sindicalistas de Solidarnosc y a los intelectuales que empezaban a organizarse como partidos políticos, que estuvieran atentos, cautos en su acción, sin irritar a Moscú. No se consiguió del todo. Moscú puso a un militar al frente del gobierno, Wojciech Jaruzelski, que acabó por decretar la ley marcial. Los encarcelamientos de los sindicalistas, como Lech Walesa, y el horroroso asesinato del padre Jerzy Popielusko, hoy beato, que atendía a los católicos del sindicato Solidaridad, fue el corolario de la persecución en que el pueblo dijo ¡basta!.

El pueblo, los trabajadores, los estudiantes, los intelectuales y los católicos –y también los no católicos que encontraron cobijo en la iglesia polaca—estaban unidos, compactos, frente al poder comunista. La Iglesia entendió que lo importante y trascendental en la pastoral era el hombre y la defensa de los derechos fundamentales, único modo para conseguir llegar a Dios a través de la libertad religiosa, la libertad sindical, la libertad política… Sin libertad el hombre nunca puede conocer –o mejor, amar—a Dios.

Occidente no entendía casi nada lo que pasaba en Polonia. Era, para los europeos, increíble pensar que en la puerta de los astilleros de Gdansk se encontrara una imagen de la Virgen de Czestochowa y que los obreros se confesaran en la misma entrada por sacerdotes que los atendían. Fue el trabajo continuo de la cristianización de la clase obrera, precisamente en un país comunista donde a los obreros teóricamente no les debía faltar nada principal teniendo en el poder a un partido obrero, el comunista.

Solidarnosc llegó a tener 10 millones de afiliados: era un sindicato que quería ser libre en un país de sindicato único controlado por el partido.

Al respecto, recuerdo muy vivamente la famosa audiencia que el papa Juan Pablo II concedió al líder de Solidarnosc, Lech Walesa, a algunos dirigentes del sindicato, y a una delegación diplomática de Polonia. Era el 15 de enero de 1981, en la sala del Consistorio del Vaticano.

Yo me encontraba muy cerca de Lech Walesa. El líder polaco llevaba en su solapa una imagen de la virgen negra de Czestokowa (cosa increíble en occidente para un sindicalista). Este empezó a hablar sin mirar ningún papel; al fin y al cabo, era un electricista de los astilleros de Gdnask. Era un luchador obrero, un autodidacta. No necesitaba papeles. Tenía a mi lado un periodista polaco que me traducía lo que decía. Me impresionaron sus palabras: agradeció a la Iglesia católica que le hubiera dado esa formación para saber luchar en defensa de la libertad sindical y de la dignidad de los trabajadores, pues toda su lucha estaba fundada en la doctrina y los consejos recibidos en la Iglesia.

El Papa Wojtyla, en su discurso, elogió la labor del sindicato Solidarnosc (yo miraba las caras de los diplomáticos polacos), por su solidaridad, por su madurez, por su desarrollo pacífico y sin violencia, sin prepotencia (como otros actúan, incluso con terror y sin ahorrar vidas humanas inocentes) y teniendo en cuenta el bien común, la dignidad de los trabajadores.

Y añadió el papa Wojtyla: “Es evidente que los hombres que desempeñan un trabajo determinado tienen derecho a asociarse libremente por razón de dicho trabajo, a fin de que se les garanticen todos los bienes a los que el trabajo debe enderezarse. Se trata de uno de los derechos fundamentales de la persona, del derecho del hombre en cuanto sujeto propio del trabajo que “dominando” la tierra (por usar palabras bíblicas) cabalmente por medio del trabajo; quiere al mismo tiempo que en el ambiente de trabajo y en la relación con éste, la vida humana en la tierra “sea verdaderamente humana” y “cada vez más humana””.

Después añadió que el sindicato no puede confundirse con un partido político, porque son dos actividades con fines distintas. “La actividad de los sindicatos no tiene carácter político–dijo el Papa— no debe ser instrumentalizado por nadie, por ningún partido político, con objeto de que se centre exclusivamente y de manera plenamente autónoma en el gran bien social del trabajo humano y de los trabajadores”.

La audiencia terminó poniéndose todos en pie y cantando un himno que yo creía era el himno nacional de Polonia, porque todos, incluidos los diplomáticos comunistas, también lo cantaban con convicción. Mi amigo periodista polaco dijo que no, que era y un himno milenario de Polonia: “Dios salve a Polonia”. Realmente –constaté—Polonia es distinta.

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