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Cómo obedecer sin perder la libertad

Por Impact Photography/Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/06/19 - actualizado el 04/06/19

Cambia la obediencia ciega por la obediencia familiar

No sé muy bien si es de Dios todo lo que me piden. No sé si cuando obedezco a los hombres estoy obedeciendo a Dios o son sólo planes humanos.

No sé si está Dios presente cuando me dejo llevar por las voces que escucho en mi interior. No sé si todas las voces son la suya o sólo llevan su firma algunas…

He escuchado a menudo: “El que obedece no se equivoca”. Dándome a entender que el que manda es el que puede cometer el error y no yo. Me parece confuso. Esa mirada también me turba.


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En la serie AD, Anno Domini, el centurión romano Cornelio, cuando le recriminan por haber matado a hombres inocentes por orden de Pilato, simplemente exclama: Sólo obedecí las órdenes. Así se ha extendido el poder romano. Con hombres como yo que no cuestionan las órdenes.

Un hombre que no piensa por sí mismo. Que no pone en duda el valor moral de la norma. No discute, sólo ejecuta las órdenes que le dan aunque supongan la muerte de inocentes.

Yo no quiero ser así. No quiero ser un robot, un autómata que espera órdenes para actuar. Sé que el pecado en mi alma ha debilitado mi voluntad. No soy dueño de muchos de mis actos.

No hago a menudo lo que de verdad quiero hacer. Desobedezco a Dios en mi interior y a los hombres que me rodean. No obedezco ciegamente. Me pregunto si detrás de una orden, un consejo, una petición resuena o no el querer de Dios. Leía el otro día:

“Los dos últimos mandamientos dicen no desearás, lo cual parece hecho a propósito para despertar profundamente el deseo. Lo prohibido atrae, mientras que la virtud parece monótona y aburrida. Hablando de la vida eterna, Oscar Wilde, con el punzante sarcasmo que le caracterizaba, observaba: – Prefiero el paraíso por el clima, y el infierno por la compañía”[1].

Hacer el bien parece más aburrido que desear lo que no me corresponde. La obediencia ciega a lo que Dios me pide como renuncia me parece excesiva.

Obedecer va más allá de normas concretas y negativas. Es el espíritu de la obediencia el que quiero cuidar en mi interior. Leía el otro día:

“Obediencia es aceptar con amor los acontecimientos de la vida como providencia. Las luchas y desafíos, con confianza. El Espíritu Santo viene sobre nosotros. Dios no nos mandará nada sin la gracia que necesitamos para vivirlo[2].

Entiendo entonces que mi vida está en las manos de Dios. Sólo Él sabe lo que a mí más me conviene. Conoce mi alma herida y sabe por dónde tengo que caminar para ser más feliz y pleno.

Obedecer lo que me hace bien parece fácil. Lo complicado es darle el sí a aquello con lo que no contaba.


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Me abro al amor que Dios derrama en mi alma aun cuando viene cubierto de espinas. La renuncia es parte de la obediencia por amor. El sí a mi realidad como es, es un salto en el vacío.

Me parece que obedecer a Dios es sencillo cuando mis deseos coinciden con los suyos. Pero cuando expresan prohibiciones mi corazón se turba. ¿Prefiero la compañía del infierno?

Me vuelvo limitado en mi entrega. Pobre en mi sí ante Dios que me pide que dé un salto de fe y de amor. Comenta el padre José Kentenich:

“Una sana obediencia deja margen a la franqueza”[3].

Me gusta esa obediencia familiar en la que puedo expresar lo que siento, lo que veo. Mis reticencias, mis miedos.

Si no puedo hablar, ¿cómo voy a obedecer como un cadáver? Una obediencia así me quita la paz.

Una obediencia en la que puedo ser yo mismo siempre es la del niño ante su padre. Dice lo que piensa. Y al final puede obedecer con el corazón tranquilo.

Pero no se ha guardado nada en su corazón. Es importante ejercer mi franqueza. No quiero ser un soldado que no piensa, que no tiene opinión propia, que sólo ejecuta lo mandado.

Quiero mantenerme firme en mis valores, en mis criterios, en mi aspiración a la santidad. No quiero dejar de lado todo lo que soy por obedecer ciegamente.


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Pero al mismo tiempo quiero aprender a dar el sí a lo que me piden. Asumir lo que me mandan, prohíben o animan a hacer o dejar de hacer.

Decía el Padre Kentenich que la obediencia “no equivalía a debilidad, sino que suponía una fuerza mayor, cumbre de una sana energía”[4].

Obedecer supone un cambio de vida. Seguir caminos diferentes a los pensados. Obedecer el querer de Dios oculto en las voces de los hombres.

No es débil el que obedece. Hace falta tener un corazón fuerte para obedecer hasta las últimas consecuencias.

Mi corazón desea hacer sólo lo que desea. No quiere el mal que me hace sufrir. No anhela dar la vida si conlleva sufrimiento.

Me da miedo no obedecer por egoísmo y comodidad. Me refugio en la protección de mi zona segura. Aquí estoy bien. Aquí soy yo mismo. Y no quiero que me cambien los planes. No quiero obedecerle a Dios. No deseo obedecer a los que no conozco.

Jesús me mira y confía en todo lo que puedo llegar a hacer.


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[1] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[2] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

[4]Kentenich Reader Tomo I: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

Tags:
libertadvoluntad
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