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Mira con alegría la pérdida

PopTika | Shutterstock
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Cuando no puedo retener lo que amo me angustio, pero tras la Ascensión de Jesús al cielo sus discípulos volvieron a Jerusalén dando gracias a Dios y alabando su nombre

Jesús asciende entre aclamaciones:

Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo”.

Jesús ha vencido al poder de la muerte. El mensaje de hoy es un mensaje de alegría y esperanza. No tengo que estar triste. Ha llevado mi carne mortal al cielo para hacerla inmortal. Para abrir para mí las puertas del paraíso.

Jesús asciende y les da una misión a los suyos. Son testigos de su resurrección:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Así estaba escrito: -El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios“.

Me gusta pensar en los discípulos regresando felices a alabar a Dios. Me los he imaginado siempre tristes. Y estas palabras me conmueven. Con gran alegría salen corriendo, sin haber recibido aún el Espíritu.

Me sorprende. Despiden a Jesús, lo ven partir, y sonríen. Cortan con lo que aman, y se alegran. Se abren a lo nuevo. ¿Qué vieron ese día?

Yo me turbo cuando pierdo lo que deseo. Cuando me quitan lo que poseo. Cuando no puedo retener lo que amo. Me turbo, me inquieto, me angustio. Pero ellos volvieron a Jerusalén dando gracias a Dios y alabando su nombre.

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Me impresionan sus gestos, su mirada, su sonrisa. Se postran al verlo ascender entre las nubes. Y vuelven dando gracias a Dios y alabando. Son testigos de lo que han visto. Su misión es ser testigos.

Mi misión es ser testigo. Testigo del amor que he recibido en mi vida. A menudo tengo planes propios. Sé lo que quiero y trazo una línea recta para conseguirlo. Y perder lo que he planeado me quita la paz y la sonrisa.

A veces siento que Jesús asciende y no le veo. Se aleja y mi corazón se turba. Desaparece de mis ojos y no encuentro sentido a lo que me sucede.

Me gustaría tener una mirada alegre, una sonrisa ancha que acabe con las tristezas y pesares. Me gustaría confiar más, creer más en la promesa que ha puesto Dios en mi corazón.

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Me duele romper, quiero sonreír. Cortar con lo que me ata y ancla. Quedarme sin pilares. Me da miedo esa soledad. Miro a los discípulos y quiero vivir como viven ellos, alabando. Yo también soy testigo de todo lo que he visto, de lo que he recibido.

Era necesario que Jesús ascendiera en cuerpo y alma. Era necesario que partiera en mi propio corazón. Para mostrarme que Él es mi camino, el verdadero sentido de mi vida.

Necesito comprender que estoy hecho para el cielo. Que allí me espera mi Padre y me aguarda con los brazos abiertos. Estoy hecho para el cielo.

Soy ciudadano del cielo con los pies en la tierra y mi mirada puesta en Dios. Comenta el padre José Kentenich:

La Santísima Virgen velará para que seamos en todo sentido una colonia del cielo. Hombres anclados en el más allá son hombres de visión clara, profunda, prudente. Ven cosas que otros no ven. Y son además audaces. La audacia es hoy tan importante”[1].

Quiero tener una mirada de cielo. Una mirada pura que vea lo bueno que hay en cada uno. Y vea la luz en la noche. La esperanza en la pérdida.

Ya antes de recibir el Espíritu participan los discípulos del cielo. Ya están anclados en Dios. Y salen a predicar la conversión, el perdón de los pecados. Ahora Jesús sigue con ellos, de forma diferente. Esperan el Espíritu que cambie sus vidas:

“Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros”.

Necesito implorar en estos días previos a Pentecostés que venga el Espíritu Santo sobre mí. Jesús me lo va a dar. Yo confío. Y abro mi alma.

[1] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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