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Una noche de rumba en Caracas: “Maná en el desierto” en plena crisis

CARACAS
Ciudad Laboratorio - ciudlab
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Por una noche, la capital de Venezuela volvió a ser de los caraqueños. Una curiosa iniciativa de gestión civil convierte a la ciudad en sitio de reencuentro arropado por la cultura

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El domingo 19 de mayo todo el mundo se levantó comentando lo ocurrido:

“¿Supiste lo de anoche? Tremendo rumbón en Bello Monte!”.

En virtud de lo ajena en que se ha convertido nuestra ciudad, ya nadie organiza fiestas. Menos las financia por sus costos. Pocos invitan y las cordiales relaciones entre los ciudadanos se han enfriado y hasta agriado. La gente se ha distanciado y las angustias por cubrir las carencias copan tiempos y mentes. Era raro, pero una gran farra había reaparecido en la ciudad.

La noche anterior, la gente cantaba, reía y bailaba en las calles como solía hacerlo durante el tiempo en que Venezuela disfrutó de la bonanza, la democracia y la libertad. Cuando Caracas no era la ciudad más peligrosa del planeta sus noches eran famosas por la luminosidad, la alegría y la gran variedad de actividades que hacían de ella una referencia culinaria y cultural. El sábado 18 de mayo, los vecinos fueron sorprendidos por un jaleo callejero que recordó aquellos tiempos.

 

La gente no se resigna. La sociedad civil lucha por recuperar su vida, su arte y su camaradería. A la voz de “Iluminamos las calles con nuestra presencia: una puerta abierta hacia la noche por más ciudad”, de repente, las vías públicas se vieron repletas de ciudadanos que plenaban cualquier espacio para escuchar buena música, bailar al son de los más sabrosos ritmos, mientras tomaban y comían “algo”.

Más imágenes aquí (hacer click en galería): 

 

Ese algo podía ser una cerveza, una tapa o cualquier obsequio que alguno aportara. Y hasta hubo alguno que volteó el bolsillo y se aventuró a brindar un “palito”  (traguito) por esos mundos de Dios.

La ciudad, por una noche, fue un “laboratorio” de acercamientos para compartir, saludar y conversar. Desde pasadas las 4 de la tarde hasta pasadas las 10 de la noche, le gente pululaba a su aire, sin miedo, sin reservas, sin apremios, disfrutando como uno solo las suaves temperaturas de la noche caraqueña.

 

 

Los espacios urbanos, desde panaderías, restaurantes, cafés y pizzerías, pasando por terrazas, pórticos y balcones, fueron cedidos por sus propietarios para la inusual experiencia. Fue una noche de civilidad en medio de un cotidiano entorno social agreste  que apenas deja asomar la nariz fuera de casa sin llevar escapulario y encomendarse a todos los santos.

Los asistentes vivieron un momento solidario, relajado y de sencilla diversión, en familia y entre amigos como nos gusta a los caraqueños. Todos sabemos que, en Venezuela, amigo es todo aquél que conoces desde hace minutos. Un “hermano” puede ser el que te habla de mesa a mesa en cualquier restaurante y, si lo sigues viendo, así lo sigues llamando. Es nuestra idiosincracia, nuestra manera de ser y el gran atractivo que atrapa a todo el que llega y nunca quiere irse.

Aquella noche se vivió un rato de gran simbolismo: los mayores recordaron lo que fuimos y los más jóvenes conocieron lo que podemos volver a ser. Y les gustó. La grata velada constituyó un desafío, una abierta desobediencia a la inseguridad y a la barbarie, así como el más frontal reto a un gobierno que las cobija con impunidad para mantener a la ciudadanía encerrada y atemorizada.

 

 

Era francamente refrescante ver los tejados, locales comerciales y hasta balcones familiares de una zona tan populosa como Bello Monte -una colina al centro-sur de la ciudad- tomados por artistas, cantantes, y grupos grupos musicales que hacían las delicias de todo el que circulaba, como si de los grandes bulevares del mundo se tratara. Hasta las escaleras fueron invadidas por el jolgorio.

Los ensembles, grupos de música popular, cantantes liricos, declamadores y hasta espontáneos se volcaron en su arte y la gente los acompañaba entusiasmada y agradecida. Los portales web y algunas emisoras de radio transmitieron en vivo y el testimonio quedó para el recuerdo.

Nadie se agredía, nadie se quejaba, nadie abordaba temas tortuosos. Nadie puso la política en la mesa o las diferencias en la improvisada pista de asfalto donde todos bailaban con todos. Era la distención, como si la ciudad se sacudiera el estrés y entrara en un oasis de laxitud.

Por unas horas, la psiquis del caraqueño recuperó su autocontrol. Era Caracas, nuestra Caracas que mostraba su mejor cara. La gente fue plenamente caraqueña, generosa, noble, sana.

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