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El precio que pagamos por la necesidad de tener siempre la razón

Michael Rennier - Aleteia Francés - publicado el 11/05/19

Es satisfactorio ser o saberlo todo, pero ¿cuáles son los costos de este tipo de actitud?

Recientemente, dos de mis hijos empezaron una discusión que acabó llevándolos a recriminaciones y a las lágrimas. El motivo de la pelea fue una supuesta mejor manera de construir un camión de Lego. Cada uno tenía en mente el modo «correcto» de hacer el trabajo y no quería ceder. Tengo la certeza de que puedes adivinar cómo terminó la historia – dos niños que ya no querían jugar juntos.

Cuando se trata de insistir en lo que pensamos que es la verdad, los adultos no son diferentes. Discutimos sobre todo tipo de minuciosidades, tachamos al otro de terco, no podemos imaginar cómo los demás pueden estar tan terriblemente equivocados.

Tener la razón es una experiencia que trae satisfacción. Sin embargo, hay un punto en que nuestra necesidad de estar siempre en lo correcto empieza a causar serios malentendidos en nuestras relaciones. Todos pensamos que sabemos el mejor camino y no necesitamos establecer entendimientos o pactos, y generalmente estamos más preocupados con tener la razón que, misericordiosamente, dejar pasar un error sin hacer comentarios maliciosos.

Hay un costo no tan oculto de tener siempre la razón: eso nos deja solos. Puedes ser la persona con más razón del mundo, pero aún así sentirte como Shakespeare, en su Soneto 29: «en soledad lloro mi condición de proscrito». Un sabelotodo es una persona difícil para ser amiga; nadie quiere salir con una persona que nunca establece acuerdos y entendimientos o tratos comunes.

Una persona que nunca perdona un error sin la rendición total por parte de la otra persona no está destinada a ser muy popular. Los estudios muestran, por ejemplo, que cuanto más propensos somos a no perdonar, mayor es la probabilidad de sentir una soledad creciente a medida que envejecemos.

El deseo de tener la razón a cualquier costo es un enorme impedimento para estar dispuesto a ofrecer el perdón. Psicólogos que trabajan con pacientes para superar la vergüenza, la culpa y la soledad dicen que involucrarse en el proceso de perdón es vital para el proceso de curación. Excepto en casos abusivos, parece que la mayoría de nuestras peleas es sobre asuntos que no son tan significativos.

Eso quiere decir que, para muchos de nosotros, es hora de abandonar la necesidad de probar cada detalle, entrar en un acuerdo y demostrar a los demás un poco de piedad.

Es hora de admitir que existen otras cualidades en la vida que tal vez sean más importantes que tener la razón. Cuando oigo confesiones de parroquianos, me doy cuenta que muchas veces ellos tienen dificultad en perdonar a causa de un sentimiento de haber sido injustificado. Ellos no pueden dejar pasar y no piensan que otros merecen perdón.

También es común, en mi experiencia, que las personas se desanimen porque quieren desesperadamente tener la razón, pero saben que muchas veces escogen hacer lo que está mal. A causa de eso, tienen dificultad en perdonarse a sí mismas.

Si la respuesta fuera «sí», es hora de darse cuenta que el costo de estar siempre en lo cierto no vale la pena. A veces, las personas están equivocadas; no siempre necesitan ser corregidas. A veces, las personas te hieren sin darse cuenta; sigue adelante y perdona. Tal vez estés desanimado porque te equivocaste; permítete el perdón y hazlo mejor mañana.

Perder el privilegio de estar siempre en lo cierto vale la pena. Eso contribuye a tener un día menos estresante, tener amistades más saludables y vivir la alegría de no tener que sentarte para juzgar a los demás.

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