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Cuidado, ¡mi hijo muerde!

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Percatarse de que nuestro hijo ha sido mordido es devastador, pero estar del otro lado tampoco es nada fácil

Hace algún tiempo recibí la visita de una gran amiga para tomarnos un café. Con ella estaban sus hijos, un poco más grandes que el mío, y la idea era que, mientras nos poníamos al día, los pequeños jugaran libremente en el parque improvisado de mi sala.

El encuentro tenía todo para ser una tarde animada, sin embargo yo intentaba esconder algo que me afligía: el miedo de que mi hijo mordiera a los niños. El origen de toda mi tensión era el historial de “víctimas” que mi pequeño acumulaba: un primo de 4 años, una prima de 10 años, su papá, además de cuatro o cinco compañeros de la escuela.

Toda la historia había empezado hacía 45 días, un día en que fui a bucarlo a la escuela y la profesora me preguntó si él tenía el hábito de morder. Me agarró por sorpresa, respondí que no – en ese momento me olvidé de que su papá siempre era objetivo de sus mordidas, hasta entonces consideradas por nosotros como “inofensivas”.

Tras oír mi respuesta ella me contó que, ese día, mi pequeño ángel había mordido no solo a uno, sino a dos compañeritos durante las actividades del kínder. Recibí aquello como una bomba – y con mi marido pasó lo mismo.

Nuestra tristeza no era por el hecho de que nuestro hijo dejara de ser el niño perfectamente sociable que imaginábamos, sino porque pensábamos en los otros papás, que ese día se llevaron a su hijo con mordidas para casa y, obviamente, en el dolor que aquellos pequeños sintieron.

En casa, con mi marido, empezamos a buscar las posibles causas para ese comportamiento y, rápidamente todo quedó claro: él mordía – o lo intentaba – siempre que tenía sueño, hambre o estaba aburrido.

La comunicación con la escuela sobre el problema y nuestro esfuerzo en resolverlo no crearon una solución inmediata, pero ayudaron a una resolución lenta y efectiva. Todos los días, al dejarlo, hablaba con sus profesoras para informar sobre sus rutinas de sueño, hasta el horario de ida a la escuela y ya las alertaba, en caso de que percibieran que él estaba necesitando una siesta.

Y, a medida que los días pasaban, las mordidas cesaron – aunque aún hubieran intentos por parte de mi pequeño. Sin embargo, las profesoras y monitoras empezaron a reconocer situaciones de riesgo, se volvieron más vigilantes y lograron inhibir su acción.

El comportamiento de mi hijo en la escuela ya no me preocupaba tanto, sin embargo, él aún daba señales de agresión en el contexto familiar, con los primos. Y vino de ahí el recelo durante el encuentro con mi amiga y sus hijos.

Pero ese día mi muchachito de 2 años me sorprendió: no intentó morderlos y compartió tranquilamente sus juguetes con las visitas. Pienso que solo una madre o padre que ha pasado por esa situación es capaz de imaginar la sensación de alivio que se siente al disfrutar de una tarde sin mordidas, lloros, reprimendas y berrinches.

Se que aún tendré que lidiar con muchas otras decepciones del tipo – e incluso peores -, pero todo forma parte de criar y educar a un hijo. De ese episodio, la lección que saco es que, como padres, nuestro papel es estar atentos y no intentar suavizar las cosas. Para algunos, una mordida puede parecer algo inofensivo, pero es una alerta de que algo está mal.

Creo que educar niños es un trabajo colabortativo entre los padres y la escuela. Afortunadamente la escuela intervino, estableció una comunicación eficiente con nosotros, y pudimos orientar a los educadores en relación con la mejor manera de lidiar con nuestro pequeño.

Algunos consejos

Mientras lidiaba con el problema, investigué sobre el asunto en libros y revistas especializadas en desarrollo infantil. A continuación algunas orientaciones que creo que son útiles:

– Según Freud, los niños poseen cinco fases de desarrollo y es en la llamada fase oral, que va desde el nacimiento hasta los 18 meses o dos años, que ellos sienten satisfacción al poner cosas en la boca. Primero exploran objetos, chupetes, juguetes y, después de que salen los dientes, ellos empiezan a morder.

– Las mordidas normalmente suceden en una fase en que el lenguaje del niño aún no está plenamente desarrollado. Por eso, es importante que todas las personas que se hacen cargo de él presten atención a lo que desencadena la mordida, puesto que el gesto puede ser señal de que está contrariado, frustrado, agitado, carente, con sueño, hambre, miedo, entre otras cosas.

– Cada vez que vi morder a mi hijo a su papá o primos, lo reprendí. Algunos pueden recriminar mi actitud debido a su edad, pero en mi percepción, él ya tiene alguna noción de lo que está bien y mal pues ya está habituado a oír y decir: no.

– En esas mismas ocasiones también hablé con él, me agachaba y cuando su atención estaba en mí le pedía que no hiciera más eso, pues había dejado al otro niño triste y con “pupas”. Siempre que hacía eso le mostraba la marca de la mordida en el otro, le pedía que le hiciera un cariño en la “pupa” y le diera un beso.

– Estuve atenta cada vez que él estaba al lado de otros niños. Eso me ayudó a reprenderlo y evitar nuevas mordidas. Y, a cada intento, siempre le advertía que eso no debería hacerlo, pues el amiguito se quedaría triste y con “pupa”.

– Finalmente, siempre intenté mantener la calma y transmitirle que, aunque reprobaba lo que había hecho, lo amaba. Ninguna vez le dejé de dar un beso tras reprenderlo y repetir: “Mamá te ama”.

 

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