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¿Dijiste no conocer a Jesús y te arrepientes? Mira a Pedro

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Mira tus negaciones, tus silencios culpables, y perdónate

Pedro negó a Jesús en la oscuridad de la noche. Cuando el miedo fue más fuerte que la esperanza. La noche más oscura que el día. Y la frustración se apoderó de sus fuerzas. Y sobrevino la angustia.

Pedro quería salvar a Jesús. Quería regresar con Él a Galilea. No quería que todo se acabara en esa Pascua, en esa semana bendita. Por eso quiso defender su vida con la fuerza, con la violencia.

Pero no pudo. No hubo batalla. La muerte parecía tener más fuerza que la vida. El odio que el amor. El mal que el bien. Vencía la rabia. Se hacía fuerte la injusticia.

Y en medio del caos Pedro sólo pudo negar que amaba, que creía, que soñaba. La batalla estaba perdida y Pedro negó lo evidente.

¿Para qué perder su vida en vano? No podía salvar a Jesús. Pero al menos podría salvar su propia vida. Estando vivo podría seguir haciendo tantas cosas. Daba miedo la muerte. Era injusta.

La muerte arrasa con todo y no respeta la vida, ni los sueños. Es devastadora y no se puede enfrentar.

¿Cómo se puede hacer morir a la muerte? Lo que está muerto ya no puede morir. Pero lo vivo se puede defender. Y Pedro lo hizo. No quiso morir ese día y negó a su maestro.

Tuvo que negar la verdad más sagrada de su vida. Lo hizo con la voz, no con su corazón. Muy dentro de su alma no renegó de Él, eso no podía hacerlo. El amor es más fuerte.

Pero negó a Jesús con palabras. Dijo lo que no creía. Lo que no vivía. Dijo que no era de los suyos. Mentira. Que no tenía su acento. El mismo. Que no lo conocía. Lo amaba.

Y en esa triple negación quedó roto por dentro. Porque la mentira siempre rompe. Acaba con mi integridad. Me debilita. Me hace vivir la doblez. Digo una cosa y luego vivo por dentro otra muy diferente.

Pedro negó su verdad más sagrada, su historia santa. Negó el amor que lo rescató del lago. Era de Cristo y lo era para siempre. Porque el amor no se elige.

Escribe Julio Cortázar: “Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”.

Pedro no eligió amar a Jesús. Sobrevino en su vida, de repente, un rayo. Y se vio roto por un amor más grande, infinito. Traspasado. Esa era su verdad.

Su historia de amor no había sido en vano. Él amaba a Jesús con toda su alma y para siempre. Pero el miedo hiere por dentro. Es poderoso.

¿Cómo fue capaz de negarlo en esa hora crucial? El miedo fue más fuerte.

A veces en la vida parece que no hago lo que quiero hacer. Digo amar a Dios y lo niego. Digo amar a ciertas personas y luego las dejo solas, las olvido, las abandono. Digo muchas cosas y no tengo fuerzas para ser fiel.

Brota entonces un dolor profundo y sordo. El dolor de mis silencios o de mis negaciones. ¿Cómo puedo vivir después de haber mentido? ¿Cómo salvar mi alma después de haberla perdido?

Lo contrario al amor no es siempre el odio, con más frecuencia es el olvido. Tal vez no odio, pero no amo. No tengo ira, sólo indiferencia. No busco la venganza, simplemente olvido.

El corazón de Pedro tal vez tenía más odio hacia los que traían la muerte y la injusticia. Pero seguía amando a Jesús en un silencio culpable y frágil.

Sus negaciones le hicieron ver la verdad de su vida. Era muy débil. No resistió la tentación. No pudo.

Y su orgullo herido lloró amargamente. El salvador de Jesús era un fracasado. El defensor herido. Su orgullo herido lo sumió en un llanto triste y oscuro.

¿Cómo volver a sonreír? ¿Cómo ser capaz de mirar el cielo de nuevo? ¿Dónde quedó oculto el reino de Dios que venía a salvar el mundo?

¿Qué sentiría Pedro, la roca, después de sus negaciones? Se sentiría roto, en guerra. Leía el otro día:

“Lo contrario de la paz es la frustración, el vacío, la insatisfacción. Nuestras frustraciones muchas veces alimentan nuestros conflictos con los demás. No soportamos a los demás porque no nos soportamos a nosotros mismos[1].

El vacío, la insatisfacción, la frustración. La falta de amor a mi persona. Lo que me divide por dentro es mi orgullo herido que no acepta los fracasos, ni las pérdidas debidas a mi debilidad.

Hoy quiero mirar mis negaciones. Quiero hacerme eco de mis silencios culpables. Quiero perdonarme a mí mismo.

Quiero sentir que valgo más que mis pecados, límites y debilidades. Sólo así podré acoger junto al lago la mirada de Jesús.

Sólo entonces podré escuchar su invitación a cuidar de sus ovejas. Sólo cuando he ido, he fracasado y he vuelto herido de la batalla. Herido pero reconciliado con mi pasado, con mi vida.

Quiero sentir que estoy donde tengo que estar después de muchas batallas perdidas. Después de muchas muertes. Y entonces sonreír al saberme amado en mi verdad. Perdonado y salvado para siempre.

[1] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

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