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Cómo hacer para que hasta comer te acerque a Dios

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/05/19

El peligro que tengo es dejar de vivir en las cosas de la tierra al sentir que me alejan de Dios

Me conmueve la humanidad de Jesús. A Él le importan mi vida y mis necesidades. Le importa lo que a mí me importa. El Evangelio relata:

«Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – Traed de los peces que acabáis de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado».

Me impresiona esa preocupación por lo cotidiano, por las necesidades básicas. En Emaús cena con los dos discípulos y parte el pan. En el lago Jesús quiere comer con ellos. Llevan toda la noche pescando. Están agotados. Prepara el fuego para ellos. Parte el pan. Les da de comer de sus pescados.

Jesús resucitado no vive en las nubes. Sigue en la tierra. Es humano. Es hombre y Dios. Hombre con un cuerpo glorioso. Pero tiene hambre. Come con los suyos. Parte el pan con ellos. Como en esa última cena. El pan que es su vida rota por amor.


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Le preocupa mi vida en las mismas cosas que a mí me preocupan. No me habla sólo de la vida trascendente. No me muestra sólo el cielo.

Me pide que ame la tierra. Que me alegre con lo más sencillo, con la comida y la bebida. Que no viva sólo de las ideas. Es un amor humano.

Su vida gloriosa sigue los mismos parámetros que su vida cuando estaba vivo. Comía con sus discípulos. Compartía lo cotidiano con sus miedos y preocupaciones.

El peligro que tengo es dejar de vivir en las cosas de la tierra al sentir que me alejan de Dios. Es sólo una tentación.

Cuando me vuelvo Cristo, cuando Él toma posesión de mi vida, en ese momento asume todo lo humano que forma parte de mi vida.

Decía el padre José Kentenich:

«Dios tomará posesión de toda nuestra vida interior, con todas nuestras capacidades. Realmente será Cristo quien viva y piense en nosotros; no sólo de manera abstracta sino reflejándose en nuestras actitudes y vida cotidiana. Guiará y conducirá nuestro entendimiento. Sí; el espíritu de Dios pensará en nosotros»[1].

El Espíritu Santo no me transformará en un Espíritu sin carne. Jesús toma posesión de mí. De todo lo mío. También de mis necesidades humanas más básicas e instintivas. Nada de lo humano le es ajeno.

Aun así, Jesús quiere que sueñe con lo más alto. Quiere que no me conforme con lo más humano. Quiere que aspire al cielo y a dejar que el Espíritu calme mi sed infinita. Leía el otro día:

«Los carteles publicitarios que flanquean nuestras calles nos invitan a luchar unos contra otros, a pisotearnos recíprocamente en la competición, para satisfacer nuestros deseos ilimitados; nuestro Dios nos ofrece la satisfacción de un deseo infinito, gratuito como un don. Deseemos, por tanto, de un modo más profundo»[2].

No me detengo en la satisfacción de mis deseos inmediatos. Deseo con más hondura. Miro en mi corazón y veo necesidades que con frecuencia descuido.

Lo que Jesús me regala es la paz de saber que todo es don. La satisfacción de mis deseos es don. Que la red se llene de peces es don de Dios. Aprendo el sentido de la palabra gratuidad. Se me quedan grabadas unas palabras que leía el otro día:

«Sé que desde que era niño mi corazón ha estado continuamente implorando intimidad, y siempre he vivido como si tuviera que ganármela. Al no lograr alcanzar lo que deseaba, intenté con tenacidad probarme a mí mismo, que merecía el amor que sentía necesitar para vivir»[3].

El anhelo de intimidad es el deseo más verdadero y sagrado que tengo. Busco esa intimidad con los hombres. Busco un hogar. Donde estén las brasas encendidas. Y los pescados asados. Y el pan partido.

Y una mirada cómplice de misericordia. La mirada de los hombres que me muestran a Jesús. La mirada del mismo Jesús en otros ojos.

Una mirada que me salva y me regala un espacio sagrado de intimidad en torno a una hoguera y a un pan partido. En comunidad, en familia. En el hogar donde puedo ser yo mismo y descansar.

Allí donde no tengo que demostrar nada. No tengo que defenderme. No tengo que luchar para ganarme un espacio porque lo tengo sin merecerlo. Como don sagrado que Dios me da.

Soy un buscador de hogar. Quiero sentirme en casa. Y Jesús construye la casa junto al lago, en la orilla, en torno al fuego, junto a aquellos a los que ama. No hay nada que mendigar.

Tampoco tengo derecho a ese espacio santo. Todo es gracia, es don. En lo cotidiano se me regala la gracia de una intimidad que no me pertenece. Es de Dios. Él me la da para que aprenda a vivir el cielo en la tierra.

Jesús resucitado ese día junto al lago dibuja el cielo en la arena. Hace realidad una pesca imposible. Y convierte lo más humano en un momento de hondura. Allí todos se sienten aceptados. No hay reproches. No hay quejas. No hay miedos. No hay ira guardada en el alma. Todo es paz y descanso en torno al fuego.

Me gustaría ser constructor de hogares. Que en torno a mí cualquiera tuviera su hogar y su descanso. Me gustaría poder estar en casa con aquellos a los que amo y me aman. Allí donde soy amado en mi pobreza. Tal y como soy sin necesidad de ganarme ningún derecho.

[1]Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] Giovanni Cucci SJ, La fuerza que nace de la debilidad

[3] Henri J. M. Nouwen, Esta noche en casa. Más reflexiones sobre la parábola del hijo pródigo

Tags:
humanidad
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