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Tantos esfuerzos, y… ¿de qué sirve mi vida?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 06/05/19

¿Por qué esta inquietud? Porque tengo que dar resultados. Como si al final del día me esperara Jesús para medir mis frutos...

A menudo me siento como el apóstol Pedro. Él ha visto al maestro, ha vuelto a Galilea como les dijo Jesús a las mujeres. Y ahora está esperando.

No sabe bien lo que espera, ni él, ni los otros discípulos. Mientras tanto se pone a hacer algo. Se pone a hacer lo que mejor sabe hacer, lo que más ama:

“Simón Pedro les dice: – Me voy a pescar. Ellos contestan: – Vamos también nosotros contigo. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada”.

Y sus amigos le siguen. Pasan toda la noche pescando. Deseando que las redes se llenen de peces. Toda la noche esperando, haciendo algo. Y al final el resultado es desalentador. No consiguen nada.

Muy a menudo busco resultados. Invierto mis fuerzas. Creo que sé hacer las cosas bien. Y actúo yo con mi poder. Digo que cuento con Dios, pero soy yo.

Yo decido cómo y dónde echar las redes. Yo sé pescar. Y por eso pesco. Me acostumbro a lo que sé hacer bien. Y le pido a Dios que haga fecunda mi entrega.

Me doy por entero, eso creo al menos. Y le pido a Dios que me haga dar frutos. Por los frutos me conocerán, he escuchado tantas veces.

Y me asusta que no haya nada que contar al hacer memoria de mi historia. ¿Qué he hecho de provecho? ¿A quién he salvado la vida? ¿Quién recordará mi paso por su historia?




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Me asustan las redes vacías. Los días rotos. El alma herida después de tanta entrega. El olvido.

Tengo la tentación de ponerme en el centro. Quizás me han dicho que sólo así mi vida valdrá la pena.

Tengo que producir y ser fecundo. Siento que soy yo el que pesca, el que produce, el que hace. Y vivo alterado, corriendo de un lado a otro, tratando de hacer cosas.

¿Por qué estoy inquieto? Porque tengo que dar resultados. Como si al final del día me esperara Jesús para medir mis frutos.

Por los frutos me conocerá. Sabrá si soy perezoso o diligente, bueno en mis intenciones o mezquino. Verá si hay maldad en mi alma o bondad.

¿Qué es lo que he hecho con mi vida? Quisiera ser más dócil y apartarme del centro de la escena. Pretendo ser el protagonista. Y no dejo espacio a Dios.

Decía el padre José Kentenich:

El instrumento en las manos de Dios sólo quiere una cosa: – Dejar espacio a Dios, y que Él haga espacio a su fecundidad. De ahí su serio esfuerzo por desasirse por completo de sí mismo, porque el capricho humano quita espacio a Dios y su acción”[1].

Desasirme de mis caprichos, de mis sueños.

Jesús les cambia los planes a los discípulos. Estaban cansados. No habían pescado y no habían dormido nada. Y Jesús les pide que vuelvan a intentarlo:

“Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces”.

Me cuesta entender sus planes, pero su mirada ve más que la mía. Los discípulos hacen caso a Jesús sin haberlo reconocido antes, sin saber que era Él el que estaba en la playa. Se fían. A mí me cuesta más.

Escuchaba el otro día una definición de santidad del Padre Kentenich:

“Santidad es la finura de oído y la docilidad para escuchar las inspiraciones del Espíritu Santo”[2].

Basta con leves insinuaciones. ¡Qué lejos estoy de la santidad! ¡Qué sordo soy! Me gustaría ser capaz de ver más. De oír mejor. Me gustaría no ponerme en el centro continuamente y poner más a Jesús.

Añade el Padre Kentenich:

“En nuestra condición de instrumentos sólo deseamos lo que Él desea; por eso queremos sólo la fecundidad que Él haya previsto para nosotros”[3].

Quiero ser como ese servidor fiel que sólo hace lo que tiene que hacer. ¡Cuánto me cuesta ser fiel en lo pequeño sin esperar nada!

Simplemente tengo que echar la red a la derecha. Aunque haya bregado ya antes durante toda la noche. Aunque esté cansado. No importa. Me vuelvo a fiar.

Yo no lo sé todo. No tengo el control de todo. Mejor dicho, no tengo el control de nada. Mi vida no está en mis manos. No soy dueño de todo lo que hago.

Mirar la vida como instrumento me sana, me libera. Dejo de ser el principal protagonista de la historia. Sólo soy el instrumento que Dios usa para conseguir lo que Él desea.

Soy la misma red. Soy el hombre dócil que obedece. ¿Me cuesta obedecer? Mucho, lo sé. Me cuesta hacer lo que otros me dicen. Y entender que, en sus palabras, en su entendimiento, humano como el mío, me está hablando Dios.

Esa forma de mirar la vida no es sencilla. Necesito que el Espíritu Santo cambie mi corazón y me haga abierto y dócil.

Quiero ser tierra fértil en la que la semilla de su Palabra arraigue y pueda así dar fruto. Dejo de conjugar mi vida en primera persona. Es Él.

Es lo que quiero gritar con Juan al reconocerlo en mi vida:

“Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: – Es el Señor”.

Lo veo en la playa de mi mar. Lo veo esperando a que yo vuelva con las redes cargadas o vacías. Lo veo y lo reconozco. Grito con fuerza: “Es el Señor”.

Es Jesús que me ama con locura y ha venido a mi barca, a mi lago, a mi orilla. Ha venido a mis rutinas. A mis trabajos, a mi cansancio.

Le ha conmovido mi entrega generosa. Sólo me dice que le haga caso y eche las redes donde Él me dice. Yo hago caso. Quiero ser dócil a su palabra.

[1]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

[2] J. Kentenich, 1928

[3]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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