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¿Hay algo de bueno en las humillaciones?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/05/19

Los hombres pueden ser muy grandes, pero Dios sólo los puede utilizarlos para sus fines, sus obras, cuando se vuelven pequeños

Tengo clara la importancia de amar mi pequeñez. Es mi camino de santidad. Pero me encuentro muy lejos.

Comenta el P. Kentenich: «No podemos tomarnos suficientemente en serio. No podemos sentirnos suficientemente importantes. Pero ¿por qué razón? De nuevo lo mismo: mis límites, mi nada, mi miseria son la fuerza impulsora que me empuja y me introduce en las manos y en el corazón del Dios Eterno».

Hablo mucho de mi pobreza, de mi pequeñez. Repito con frecuencia que Dios está en mi pequeñez, que habita en mi pobreza.

Pero luego me cuesta tanto pensar en pasar desapercibido. Me cuesta ser invisible en esta vida en la que lo que cuenta es lo que hago, lo que produzco, lo que traigo como mérito, lo que se ve.

Es verdad que se me llena la boca al hablar de la pequeñez. Como si de repente esa palabra tuviera que ver con mi alma. La escucho y algo se enciende en mi interior. Un eco profundo. Tiene que ver conmigo, lo sé.

Pero después, cuando intento hacerla realidad en mi vida cotidiana, resulta que es todo mucho más complicado. Muy difícil. Me cuesta no estar en el centro con lo que me gusta que se mencione mi nombre. No ser yo la referencia cuando me gusta que se hable de mí.

Vivo pensando en mí, en lo que yo pienso, en lo que yo he hecho, en lo que estoy viviendo. Soy el centro del universo. Mis sentimientos, mis miedos, mis alegrías.

Vivo pensando en lo que puedo conseguir a base de conquistas y luchas. Vivo enfermizamente obsesionado con tener éxito y dejar huella en este mundo caduco. Vana ilusión la que me persigue.

Me siento impulsado por mi propio afán de protagonismo. Deseo halagos que no siempre recibo. Busco destacar y ser importante. Que hablen de mí. Me da miedo ser así. ¿Dónde queda mi búsqueda de la pequeñez?

Me resisto a aceptar mis errores. No soy capaz de pedir perdón. No reconozco en público mis debilidades. ¿Cómo va a estar entonces Dios en mi pequeñez si no dejo que se vea? Me duelen las humillaciones y las críticas. Las evito. Y cuando suceden, las escondo.

Paso de largo por ellas sin aprender. Porque las humillaciones son siempre una escuela para aprender a ser más humilde. Si las dejo pasar, pierdo una oportunidad de oro.

Tiendo a pensar que yo nunca me confundo. Que son los demás los que yerran. Me creo que yo estoy bien y el mundo muy enfermo. Parece que yo tengo las respuestas. Y los demás sólo preguntas. Vivo tratando de arreglarles la vida a los demás, sin detenerme a pensar en la mía.

Pienso en mi pequeñez. Yo también me confundo. Abuso de mi poder. Me aprovecho de mis privilegios. Busco los mejores lugares. Espero los aplausos por todo lo que hago. Deseo que me reconozcan y valoren. Pretendo que me promocionen y elogien. Me falta tanta humildad. Quiero aprender a ser prescindible.

Decía el P. Kentenich: «Los hombres pueden ser muy grandes, pero Dios sólo los puede utilizarlos para sus fines, sus obras, cuando se vuelven pequeños».

Quiero aceptar que soy pequeño y débil. Pequeño en mi pecado de soberbia y orgullo. Pequeño en mis pretensiones de ser imprescindible. Soy débil y necesitado. Sin mi sí Dios no puede hacer nada.

Leía el otro día: «Hacer día a día lo que se nos pide con sencillez, dulzura, paz y humildad y confianza apoyándonos en Dios y no en nosotros mismos. Aceptando nuestras debilidades y limitaciones humildemente con paz sin desanimarnos. No contar con nada más que el buen Dios».

Dios está en mi pequeñez. Habita en mi carne enferma. Se hace fuerte en mi debilidad. Sólo puede hacer cosas grandes conmigo cuando yo menguo. Cuando me hago más pequeño y reconozco mi fragilidad. Sólo puede actuar cuando le dejo entrar abriendo la puerta de los fracasos.

Acepto que no lo hago todo bien. Toco la pobreza de mi vida esclava y enferma. No me siento más que nadie. No utilizo a nadie para mis fines. No me doy esperando recibir algo a cambio. No exijo un trato especial de nadie.

Esa actitud humilde es la que me pide Dios. Que me haga pequeño. Que reconozca mi fragilidad. Que toque mis heridas conmovido. Y me mire siempre con misericordia.

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