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El ‘Cristo Mutilado’ bendecido por el Papa en Colombia regresó a Bojayá

BOJAYA

Maria Paula Durán para el CNMH

Vicente Silva Vargas - Aleteia Colombia - publicado el 03/05/19

La imagen, sin brazos ni piernas, presidió la conmemoración de los 17 años de una de las graves tragedias humanitarias del conflicto

El recuerdo que tienen muchos colombianos de ese 2 de mayo de 2002 parece la sinopsis de una película de terror. 79 personas indefensas, la mayoría de ellos niños y mujeres, murieron atrapados en una pequeña iglesia luego de que guerrilleros de las Farc lanzaran un cilindro bomba con el que pretendían matar a paramilitares escudados detrás del templo.

Once días antes, la Diócesis de Quibdó había alertado a las Naciones Unidas y a la Defensoría del Pueblo sobre la inminencia de los combates entre centenares de guerrilleros de izquierda radical y paramilitares ultraderechistas. La preocupación de la Iglesia católica era válida, no solo porque se trataba de dos ejércitos irregulares muy bien armados y financiados por el narcotráfico, sino por la ausencia del Estado y la total indefensión de los pobladores.

La ONU y la Defensoría lanzaron alertas tempranas en los días siguientes, pero nadie les dio importancia. Mientras tanto, las dos facciones arreciaron sus acciones que tuvieron como escenario principal a Bojayá, en el departamento del Chocó, al noroeste de Colombia, una población abandonada por los gobiernos, con gente en condiciones de pobreza extrema y habitado mayoritariamente por afrocolombianos. Ante la desprotección y la impotencia, familias completas se refugiaron en la iglesia de San Pablo Apóstol, la casa cural, la residencia de las monjas Agustinas y el centro de salud.

Todos creían que en esos lugares estaban protegidos por tratarse de las únicas edificaciones construidas en concreto, pero no contaban con “la demencia criminal de las Farc” que utilizó cilindros explosivos cargados de metralla, un arma fabricada de manera rústica, pero terriblemente mortal porque, al mismo tiempo, estalla y esparce sus proyectiles de manera indiscriminada.

Los testimonios de los sobrevivientes recaudados señalan que ese jueves 2 de mayo, hacia las 10:00 de la mañana, varias pipetas explosivas fueron lanzadas por los guerrilleros contra los paramilitares, pero que la última entró por el techo de la iglesia, impactó el altar mayor y ocasionó la tragedia. Los datos oficiales indican que las víctimas fueron 41 mujeres y 38 hombres. La mayoría eran menores de edad.

El padre Antún Ramos Cuesta —llamado el ‘Ángel de las víctimas de Bojayá’ por su heroico liderazgo durante el desastre y en los días posteriores cuando animó a los sobrevivientes— recuerda que al cesar la lluvia de ‘pipetas bomba’, “El panorama era desolador: decenas de mutilados, gritos desgarradores, personas destrozadas y cientos de hombres y mujeres huyendo en la selva hacia la ciénaga”. A muchos de ellos él los sacó del pueblo y los llevó a otros lugares a recuperarse de las heridas y del impacto emocional.

Desde entonces, Bojayá, las víctimas, el sacerdote, el templo y el Cristo de yeso que perdió sus brazos y piernas cuando el cilindro sacudió la iglesia, se convirtieron en referentes de resistencia y fe.

Imágenes aquí (hacer click en galería): 

17 años después

Después de una década, el Estado colombiano volvió sus ojos a Bojayá y la enorme herida dejada por una de las mayores tragedias humanitarias del conflicto. A través de diversas entidades, entre ellas la Unidad Nacional de Víctimas, comenzó un largo camino “para reconstruir su tejido social”. Este organismo ha entregado miles de millones de pesos para reparar a las familias afectadas, además, puso en marcha estrategias psicosociales y programas educativos, culturales y de mejoramiento habitacional.

Uno de los pasos más importantes fue la recuperación de los restos de algunas víctimas que habían sido sepultados en fosas comunes. Su sepelio, conforme a las tradiciones de esta población de origen africano, se hizo con oraciones católicas y alabaos, un desgarrador canto a capella en el que grupos de mujeres conocidas como ‘alabaoras’ o ‘cantaoras’ despiden y recuerdan a sus muertos. Para ellas, sus cantos son “una conexión entre los muertos que se van y los vivos que se quedan”.

Según la Diócesis de Quibdó, en el resurgimiento material y espiritual del pueblo ha sido crucial el simbolismo del Cristo Negro o el Cristo Mutilado de Bojayá, la pequeña imagen que el 8 de septiembre de 2017 fue bendecida por el papa Francisco durante su visita a Villavicencio, en el oriente del país. Ese día el pontífice dijo que al observarla “contemplamos no solo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas y tanta sangre derramada en Colombia”.

Este Cristo viaja cada dos de mayo a Bojayá para presidir los actos litúrgicos y comunitarios que recuerdan a las víctimas y los sobrevivientes. En este 2019, hombres y mujeres recorrieron el río Atrato con la imagen, la llevaron a la iglesia donde ocurrió el atentado y recorrieron las calles del pueblo cantando alabaos y elevando oraciones en las que se habla de perdón, reconciliación y no repetición, tal como lo señaló Macaria Allín, una sobreviviente de la masacre: “Cuando uno odia se envenena, cuando uno perdona se libera”.

Bernardina Vásquez atribuye su proceso de perdón al Cristo. Esta otra sobreviviente también dijo a @UnidadVictimas que desde hace más de un año, ella y otros habitantes del pueblo rezan la novena al Cristo Mutilado porque le tienen mucha fe pero también porque les “muestra la barbarie de la violencia padecida”.


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