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Cuando sientes que todos te han abandonado, ¿qué hacer?

SADNESS
Kleber Cordeiro - Shutterstock
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El desprecio y el olvido hieren, pero prueba concentrarte en otra herida, la de Cristo

Jesús ha desaparecido. El sepulcro está vacío. Y los discípulos permanecen ocultos por miedo a los judíos:

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.

Es fácil imaginar ese momento de incertidumbre. Su cuerpo no está. Pero a Él no lo han visto. Unas mujeres dicen que está vivo. Pero han visto sólo los sudarios caídos y las vendas.

Y todo lo demás son silencios y dudas. Por eso se esconden en el cenáculo. Las puertas permanecen cerradas. No saben qué es lo que tienen que hacer.

“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – Paz a vosotros”.

Entra en sus vidas y penetran la paz y la alegría en sus corazones. Todo cambia.

JEZUS ZMARTWYCHWSTAŁY
Wikipedia | Domena publiczna

Pero no están todos. Falta uno, falta Tomás.

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: – Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: – Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.

Tomás está decepcionado. Se sentía amado por Jesús, pero, ahora, todo es diferente. Jesús ha llegado justo cuando él no estaba presente. ¿Cómo sentirse amado entonces?

De nada valen las palabras. Son los hechos los que importan. Duele la herida del desamor. Lo que cuentan son las renuncias y los actos de entrega. No valen las promesas vacías.

Jesús dijo que los amaba. Compartió esa última cena. Vivió con ellos tantos momentos. ¿Por qué había sido él excluido de ese encuentro de alegría?

Tomás se siente abandonado, triste, decepcionado. No es un hijo predilecto. Él esperaba otra cosa. Soñaba con ver a Jesús vivo. Escuchar su voz. Sentir su abrazo. ¿Cómo iba a creer si no había visto?

Todos habían visto. Pero él no cree a todos. Son sus hermanos, pero está dolido. ¡Cuántas veces mi herida no me deja ver la realidad tal y como es!

Me duele tanto la herida que no soy capaz de mirar con claridad. Mi corazón está enfermo. Sangro en lo más profundo. No he sido amado. No me han mirado con amor. No he sido importante.

En la vida quiero ser importante y dejar huella. Quiero figurar y que me recuerden. Pero el olvido duele en las entrañas. Mi nombre insignificante borrado tan fácilmente. Nadie me recuerda. Todos me olvidan.

El dolor de Tomás es profundo y sincero. No lo han visto. Ha sido invisible para Dios. Por eso es más profunda la alegría cuando Jesús vuelve a aparecerse sólo por él. A Jesús le importo yo:

“A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: – Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: – ¡Señor Mío y Dios Mío! Jesús le dijo: – ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”.

DOUBTING THOMAS
Public Domain

Tomás recibe el amor de Jesús. Ha vuelto sólo para estar con él. Hizo falta ese abandono, para experimentar un amor aún más profundo.

Me impresiona ese encuentro. Han pasado ocho días. Los ocho días de Pascua. Y en ese momento experimenta el amor de Jesús.

Misericordia infinita

Este domingo la Iglesia recuerda la Divina misericordia. Dios es misericordioso y sale a mi encuentro, regresa para amarme. Por eso hoy rezo: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.

Doy gracias al mirar a Dios que me abraza y me dice que no tema. Su misericordia infinita me consuela cuando me encuentro perdido en mi miseria. Incapaz de amarme a mí mismo. Torpe para amar mi pobreza.

Necesito mirar a Jesús que viene hasta mí como hoy sucede con Tomás. Me busca a mí. No viene por todos. Viene sólo por mí.

Necesito una confianza filial en un Dios que es Padre y nunca se olvida de su hijo: “Confianza filial con Dios, esperar mucho. Confío siempre, aunque peque mucho porque se basa en su infinita misericordia”[1].

Aun pecando mucho, confío. Aun alejándome de mi Padre, confío en que siempre va a salir a mi encuentro para que toque sus heridas, y meta mi mano en su costado abierto.

Esa misericordia de Dios es la que me consuela en medio de mis miedos y mis dudas. Jesús no se olvida de mí. No se olvida de Tomás. Lo busca en medio de las noches. Sale a su encuentro y se somete a su petición pueril.

Quiere meter su dedo en sus heridas. Quiere comprobar por sí mismo la verdad de las cosas. Y Tomás tocó sus llagas sagradas. Dudó y fue amado. Y su herida se llenó de luz.

Yo también estoy herido. He vivido el olvido, el desprecio. Quiero comprobar por mí mismo lo que es verdad y lo que es mentira.

Deseo tocar las heridas de Jesús. Que no me engañen. No soy tan confiado. Desconfío. Creo que siempre es lo mismo. Mi herida de amor me vuelve inseguro. Temo que me hagan daño. Guardo rencor. Me han defraudado. No han estado a la altura.

Me han herido con desprecios y olvidos. Como dice un dicho popular: “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”. Y entonces vivo herido.

Guardo rencor y resentimiento: “El resentimiento es la ira congelada”[2]. Anhelo en mi corazón la venganza. Que otros sufran el desprecio que yo sufro.

Y pongo condiciones imposibles a la vida. Si Dios existe y me ama, que cambie todo a mi alrededor. Que me convierta en una persona maravillosa. Que logre que todos me amen de forma incondicional.

Le pongo condiciones absurdas a Dios. Si me ama de verdad, me digo, que me lo demuestre. Porque no me bastan las palabras ni las promesas. Pongo condiciones para creer, para seguir sus pasos, para amar. Todo porque estoy herido. No es la primera vez. De nuevo sangra mi herida.

Hoy me siento como Tomás. Incapaz de creer si no toco el amor de Dios. Si no lo palpo con mis dedos. Mi fe está condicionada por el amor. Si soy amado, creo. Si no soy amado, dudo. Así de sencillo.

¿No es así en mi vida? Digo creer, pero le pongo condiciones a Dios. Digo amar y sólo lo hago si antes me aman y me demuestran que me quieren.

Estoy tan herido… Y guardo rencores congelados cuando vivo el desprecio, la indiferencia, el olvido. Cuando me vuelvo invisible y nadie valora todo lo que hago. Necesito tocar las heridas de Jesús. Necesito recibir su amor cálido, el calor de su abrazo.

 

[1] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[2] Henri J. M. Nouwen, Esta noche en casa. Más reflexiones sobre la parábola del hijo pródigo

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