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Cómo dejar de juzgar

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/04/19

Me gustaría tener una mirada noble que sepa descubrir la verdad de las cosas alejándome de mis prejuicios y rigideces

Creo que en ocasiones me quedo en la superficie de las cosas. No voy al fondo. A veces me veo juzgando al mundo. Al que no piensa como yo. Al que no vota al mismo partido político. Al que vive de otra forma. Lo juzgo y lo condeno. Me dan ganas de matarlo. Como a Jesús en esta Semana Santa.

Me gustaría comprender más a Jesús. En ocasiones no entiendo sus planes, ni acepto sus deseos. Me veo confuso en medio de mi vida tratando de descifrar lo que quiere de mí. Me quedo en la apariencia de las cosas que pasan. En la superficie.

No veo los corazones. Pero me quedo en los rostros que me disgustan, y en las apariencias que me hablan de trasgresiones que no deseo.

Me cuesta mirar más hondo. Más dentro. Creo que me falta fe. Pero una fe verdadera, encarnada, hecha vida. Una fe práctica que me lleve a tomar decisiones sabias.

La fe tiene que hacerse carne para poder ser yo rostro visible de Jesús en medio de los hombres. Quizá esa sea la conversión de la que tanto hablo.

Se me llena la boca de esta palabra y a veces no llega al corazón. Es como si todo se quedara en palabras y no en hechos. En pensamientos y no en vida. No realizo lo que digo. No aplico lo que predican mis palabras.

Me gustaría tener un corazón más capaz de percibir la vida, los procesos interiores, lo que no es evidente mirando solo con los ojos.

Me gustaría tener una mirada noble que sepa descubrir la verdad de las cosas alejándome de mis prejuicios y rigideces.

Me gustaría tener un corazón que no estalle en violencia cada vez que me llevan la contraria o critican mis palabras y mis actos. Un corazón pacífico que sepa construir puentes en lugar de murallas.

Como decía hace poco el papa Francisco: Quien levanta un muro acaba prisionero del muro que construyó. Es una ley universal. La alternativa son los puentes, levantar puentes.

Necesito acabar con esos muros que crean distancias y protegen mi alma. Necesito levantar puentes que me lleven al corazón del hermano. Arriesgando la vida.

Quiero un corazón limpio que no interprete los actos quedándome en la superficie. Quiero ir al sentido más profundo de todo lo que sucede.

Un corazón generoso que no pretenda buscar siempre el propio deseo y satisfacer sus ansias. Un corazón de niño para poder trepar a las alturas dejando atrás el peso de mi cuerpo.

Un corazón dócil para obedecer sirviendo, y servir sonriendo la vida que Dios pone en mis manos.

Me gustaría soñar más grande, más alto, sin vivir ceñido a la norma que parece como una especie de estrechamiento de mis ansias.

Sosteniendo en vilo sobre la tierra el deseo más hondo de infinito que tengo dentro. Sin claudicar por miedo. Sin guardar con recelo.

Me gustaría acariciar entre mis dedos la vocación sagrada que Dios me ha confiado. Sabiendo que soy barro y cielo al mismo tiempo. Alma y cuerpo.

Desentrañando con mis manos sucias esos deseos sagrados que leo en la carne. Sin pretender saberlo todo.

Me gustaría saber bien qué decir en cada momento. Lo que hay que hacer allí donde me pone Dios para transformar el tiempo en un grito infinito que llegue a tantas almas que solo sueñan con tocar el cielo.

Tendré que abrirme más para dejar entrar a Dios dentro de mi alma. Destruir los muros que he construido. Con miedo, con pudor. Para protegerme del mundo y quizás, al mismo tiempo, de Dios mismo, a quien digo amar y tantas veces temo.

Sólo sé que no se pueden conciliar en mí la ira y el amor tierno. No se pueden conciliar la rabia y el amor hacia los hermanos.

No se pueden conciliar la guerra y la paz dentro de mi alma. O reina una o reina otra. O tengo ira o tengo paz. O vivo con rencor o he perdonado por dentro. No hay más alternativas.

Solamente hay un camino y una dirección en la que avanzo. O desciendo hacia la ira. O asciendo hacia el perdón. O amo en lo profundo. O albergo odios que me hacen rencoroso y distante con aquellos que no piensan como yo, o hacen las cosas de forma diferente.

No se pueden conciliar en mí el amor a un Padre que me quiere con locura y el odio sin misericordia hacia aquellos que no son de mi agrado.

¡Cómo voy a llegar al altar reconciliado, cuando dentro de mí albergo rencores que no me hablan de reconciliación!

¡Cómo puedo decir que he perdonado cuando la rabia brota en mi corazón casi sin darme cuenta! Y me veo sintiendo el mismo odio que sentí cuando fui herido hace ya tanto tiempo.

Convertirme significa pedir perdón con un corazón contrito y humillado. Con un corazón que anhela la reconciliación perfecta que solo Dios podrá darme.

Convertirme significa dejar de lado el odio y tomar el amor, torpemente, entre mis manos. Construir puentes y no muros. Sembrar la paz y no la guerra.

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