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Papa Francisco: no la a psicología del sepulcro, el Señor ha resucitado

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En la Vigilia Pascual, “el Señor no vive en la resignación. Ha resucitado, no está allí; no lo busquéis donde nunca lo encontraréis: no es Dios de muertos, sino de vivos” y exclama: “¡No enterréis la esperanza!”.

El papa Francisco bautizó a ocho personas, procedentes de Ecuador, Perú, Italia, Albania e Indonesia, durante la Vigilia Pascual de este Sábado Santo, 20 de abril, que presidió en la basílica vaticana de San Pedro.

El Pontífice en su homilía predicó sobre las piedras que cubren el sepulcro en nuestros días, negando que Jesús está vivo y entre la gente: las piedras del pecado, de la desconfianza, de la falta de esperanza. Así, destacó la Pascua como la fiesta de la remoción de las piedras.

Francisco sostuvo que, a menudo, “la piedra de la desconfianza” es obstáculo de la “esperanza”. “Cuando se afianza la idea de que todo va mal y de que, en el peor de los casos, no termina nunca, llegamos a creer con resignación que la muerte es más fuerte que la vida y nos convertimos en personas cínicas y burlonas, portadoras de un nocivo desaliento”.

En su homilía, también predicó sobre “el sepulcro de la esperanza”; un monumento a la insatisfacción: “quejándonos de la vida, hacemos que la vida acabe siendo esclava de las quejas y espiritualmente enferma”.

En este contexto, se abre paso una psicología del sepulcro: “todo termina allí, sin esperanza de salir con vida”. Y aquí entra en juego la pregunta hiriente de la Pascua: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”.

Instó a responder a esa pregunta con firme resolución: “El Señor no vive en la resignación. Ha resucitado, no está allí; no lo busquéis donde nunca lo encontraréis: no es Dios de muertos, sino de vivos” y exclamó: “¡No enterréis la esperanza!”.

Además, ilustró que también “la piedra del pecado” que “sella el corazón” seduce, “promete cosas fáciles e inmediatas, bienestar y éxito, pero luego deja dentro soledad y muerte”. Además, el pecado es “buscar la vida entre los muertos, el sentido de la vida en las cosas que pasan”.

Francisco recordó a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús y se quedaron asombradas ante la piedra removida. De ahí,  explicó que al igual que a ellas, “preferimos permanecer encogidos en nuestros límites, encerrados en nuestros miedos”.

Y esto “porque es más fácil quedarnos solos en las habitaciones oscuras del corazón que abrirnos al Señor”. Ante esto, “el Señor nos llama a alzarnos, a levantarnos de nuevo con su Palabra, a mirar hacia arriba y a creer que estamos hechos para el Cielo, no para la tierra”.

Francisco también exhortó a mirar como lo hace Dios: “En el pecado, él ve hijos que hay que elevar de nuevo; en la muerte, hermanos para resucitar; en la desolación, corazones para consolar”.

Por otro lado, invitó a levantar la mirada del suelo, dejar el miedo y mirar “a Jesús resucitado” porque su mirada “nos infunde esperanza”, pues  “siempre somos amados y que, a pesar de todos los desastres que podemos hacer, su amor no cambia”.

Además, instó a cumplir la Pascua con Él, es decir, dar el paso: “de la cerrazón a la comunión, de la desolación al consuelo, del miedo a la confianza”.

De lo contrario, se corre el riesgo de vivir “una fe de museo, no la fe de pascua”. Jesús “no es un personaje del pasado” sino “una persona que vive hoy” y que “no se le conoce en los libros de historia” sino que “se le encuentra en la vida”.

“A veces nos dirigimos siempre y únicamente hacia nuestros problemas, que nunca faltan, y acudimos al Señor solo para que nos ayude” y así “entonces no es Jesús el que nos orienta sino nuestras necesidades”.

Francisco asegura que la Pascua nos enseña que el creyente está llamado a caminar al encuentro del que Vive y nos transforme, pues, cuántas veces luego de habernos encontrado con el Señor, “volvemos entre los muertos, vagando dentro de nosotros mismos para desenterrar arrepentimientos, remordimientos, heridas e insatisfacciones”.

El rito comenzó en la noche, 20.30 horas local, con la basílica vaticana en penumbra y con la bendición del fuego, con la que Francisco incidió con un punzón sobre el cirio pascual, grabando una cruz, la primera y la última letra del alfabeto griego -alfa y omega-, y las cifras del año en curso.

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