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¿Cómo puede la muerte y resurrección de Cristo redimir el tiempo de mi vida?

ZEGAR, DŁOŃ
Tristan Gassert/Unsplash | CC0
3 Ser disciplinado

“Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar de ponerle aceite.” - Madre Teresa de Calcuta.

Ponerle un horario a todo y tratar de seguir con lo establecido nos ayuda a ser disciplinados y a no caer en la pereza.

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Para Dios no hay tiempo. Y es verdad que en una semana santa se jugó todo lo eterno.

Mi reloj antiguo, mi reloj de cuerda, me habla de mi presente, de mi vida, de mi historia sagrada. Los años han dejado mellada su armadura. Es un reloj gastado ya por el paso del tiempo. Un reloj antiguo, de cuerda, que se para, se retrasa y no es preciso. No me salva de retrasos.

¿Por qué me gusta tanto saber la hora exacta? Quizás por ese afán mío por controlarlo todo. Mi reloj contiene todo el tiempo del mundo. Tengo que darle cuerda para que avance. Se retrasa. Se detiene. Se para. Va dejando pasar minutos sin contarlos. Pierde el tiempo.

Yo temo perder el tiempo muy a menudo. Me da miedo perder la vida, desaprovechar mi tiempo y no estar a la altura. ¿Quién me pide cuentas? Más que Dios soy yo mismo con mis exigencias.

Mi reloj antiguo pesa en mi mano. Tiene fuerza. Y me recuerda el valor sagrado del poco tiempo que Dios me confía en suerte. Tan escaso que no lo contiene este reloj con sus dos manillas. Marca sólo las horas y los minutos. Los segundos no cuentan, se escapan. Y eso que la vida se juega en segundos, en decisiones rápidas.

Le doy cuerda a mi reloj para que avance. Para que no detenga sus pasos y me alarme. Para que no me deje a mí sin medir mi tiempo. Me importa tanto medir el paso de las horas por mi vida. No es tan importante, lo pienso.

Sé que la vida es fugaz y ningún reloj, ni el más preciso siquiera, puede alterar su ritmo irrefrenable. Y yo me contento con mirar irse las horas, los minutos, los segundos, en un tictac que se me clava en los dedos, en el alma. Y mi piel envejece con el roce de su ritmo imposible.

Los latidos de su corazón de metal. El ruido del tiempo cuando pasa. Y me aferro a los momentos queriendo retenerlos. Usarlos a mi antojo. Gastarlos, malgastarlos. Me veo decidiendo yo qué segundos, qué minutos, qué horas merecen o no la pena para invertir mi vida.

Pienso si vale la pena hacerlo con tal o cual persona, con ese proyecto, con este otro sueño. ¡Qué importa! Me hago dueño y señor de un tiempo que se me escapa, que no es mío. No soy guardián del tiempo. Son sólo segundos esquivos. Un tictac cadencioso e insufrible que hace mella en mi alma.

El ritmo infatigable que me hace saborear antes de tiempo el final de mis días, a cuentagotas. Y me atormenta pensar que no puedo decidir siempre cómo y cuándo gastar mis horas como yo quiera. Lo pretendo.

Es mi pecado recurrente el querer controlar mis días y el uso de mi tiempo. Yo decido quién es el destinatario de mis horas. Con quién gasto lo mejor del día y en quién invierto mis horas más fecundas.

Así de egoísta me vuelvo jugando a ser Dios en pequeño, mientras acaricio en mi reloj de cuerda las horas que se me escapan. Segundos, minutos, horas, días. Así es el tiempo en huida dentro de mis manos.

Para Dios no hay tiempo. Y es verdad que en una semana santa se jugó todo lo eterno. En unos días lentos, rápidos, concretos. ¡Qué importa! En unos momentos de traición, de silencio, de juicio. En una mirada de un segundo. En una traición en un beso. Todo rápido.

Fueron minutos eternos rotos por una lanza. Acabó el metal con su carne humana en mi tiempo. Sí. Todo pasó en una semana. Demasiado poco tiempo.

Yo calculo una semana y pienso que no es mucho. Yo decido lo que es sagrado y lo que no lo es. Y digo que esta semana sí es santa. ¿Y las demás semanas de mi vida? ¿No son tan santas? No lo son.

Me detengo ante estos días sagrados que se abren ante mis ojos y quiero tocar cada momento para que sea único e irrenunciable. Quiero seguir las huellas de Jesús y vestirlo todo de una belleza profunda.

Quiero derramar mis lágrimas en momentos sagrados. En segundos llenos de hondura. Acompaño a Jesús en cada instante. Llevo la cuenta y regulo el paso de los días. Uno tras otro. Mido las horas que poseo. Las que pasan. Las que me quedan.

Y dejo de poseer en un momento. El tiempo pasa y casi no me doy cuenta. Si no aprovecho bien esta semana habrá pasado en vano por mi reloj de cuerda. Cada minuto, cada hora. El amanecer. La puesta de sol. El beso. El llanto. La mirada. Todo tan rápido. Y la muerte y la vida.

El dolor del viernes y la luz de la Pascua. El sepulcro sellado. El sepulcro vacío. Y mi vida se juega en momentos sagrados. En decisiones importantes que a veces no valoro. En abrazos que duran segundos y parecen eternos.

Y me aferro a mi reloj de cuerda. Para no perder el tiempo. Tengo ante mí estos días sagrados. No los pierdo. 

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