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¿Tiene valor la palabra dada?

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No hay escrito de por medio, pero el acuerdo entre dos personas hace que en nuestra sociedad todavía confiemos en el otro. ¿Es eso ser ingenuo?

En el mundo griego existía la diosa Pistis, que era la representación de la Confianza. Bajo su mirada los agricultores cerraban tratos, en los mercados se intercambiaban bienes y a su amparo se acogían los que, viéndose morir, la invocaban para decir a quién entregaban sus propiedades en herencia.

No había ningún documento escrito, pero el valor de la palabra era igual que el de un contrato o un acta notarial: estrecharse las manos, darse un sí de común acuerdo… son desde entonces suficiente para saber que aquella persona cumplirá con lo establecido.

En el Imperio Romano se heredó esa ley. En su mitología estaba la diosa Fides, que era la equivalente a Pistis y que se identificaba con la Lealtad, la Confianza o la Fe. En una de las colinas de Roma, el Senado custodiaba los tratados firmados con pueblos extranjeros y era Fides quien cuidaba de ellos.

Ser fiel a la palabra dada muestra grandeza de espíritu en una persona. Es señal de nobleza y de bondad. Hay quienes, por ejemplo, por ser fieles a la palabra dada, han sabido sufrir malos tiempos económicos con fortaleza. Y todo por mantener un compromiso.

Incluso en el Derecho de muchos países que adoptaron parcial o totalmente el Derecho Romano sigue siendo válida la fórmula del contrato (o acuerdo) verbal, salvo en el caso de inmuebles.

La palabra dada queda como esculpida en el oído y el alma de la otra persona.

RELATIONS
Priscilla du Preez - Unsplash

Es lógico que quiera cumplirse la palabra dada porque lo que sobresale en un contrato de este tipo es la altura moral de quien la respeta. Así se forja un prestigio y se convierte en autoridad digna de ser respetada.

Sin embargo, uno puede ver a su alrededor que no siempre se respetan los pactos, que tristemente se cumple aquello del “donde dije digo, digo Diego”. A cuántas personas les ha defraudado la persona que les atendió en el banco y les prometió ganancias con un determinado producto financiero. Y cuántas denuncias llegan a las Oficinas de Consumidores o a los juzgados porque una compañía de coches trucó las emisiones de gas de sus motores para hacerlos “más ecológicos” con su publicidad.

Adoptemos un plan de resistencia ante el desgaste de la palabra dada. Que cada cual asuma aquello en lo que se comprometió verbalmente. ¿Realmente vamos a medias con ese amigo si nos toca la lotería y tiene él el boleto? ¿Estaría tranquilo si eso ocurriera? ¿Confío de verdad en esa persona?

Premia a los niños que cumplen su palabra y hacen lo que dicen.

Agradece a los colegas de trabajo que recuerdan a qué se comprometieron contigo.

Elogia al familiar que sella un pacto y lo mantiene hasta el fin de sus días.

FAMILY
Shutterstock

Quien no cumple con la palabra dada, se vuelve mentiroso y retuerce el argumento para quedarse con la razón. Deforma su conciencia hasta que le parece que es la otra parte la que ha fallado en el trato. O quiebra su fortaleza porque prefiere orientarse hacia otro bien que en ese momento le parece mejor o le apetece más.

Una palabra dada no puede alterarse:

-cuando ya no existen los mismos sentimientos que teníamos cuando la dimos. Los sentimientos no deben cambiar nunca un compromiso.

-por el hecho de que ahora no salgo tan beneficiado.

-porque no hay nada escrito sobre eso y no hubo testigos (más que nosotros dos).

-porque tiene consecuencias que no valoré en su momento y me supondrían un sacrificio.

La palabra dada ha de quedar esculpida como sobre piedra. Es un asunto del que se habla con los familiares y los amigos, pero sobre todo hay que practicarla y dar ejemplo. Es bellísimo encontrar el testimonio de una persona que ha tenido que sacrificarse por cumplir lo que se comprometió a hacer.

Esa actitud ennoblece, y no solo cuando hablamos de amor sino también de negocios o de acuerdos profesionales o sociales. La convivencia muchas veces es fruto de la palabra dada, al igual que la paz entre los pueblos y las familias.

Mantener la cultura de la palabra dada es dar tranquilidad y seguridad a los demás, es facilitar la confianza, es estrechar los lazos de amistad y es difundir la idea de que, en la sociedad, no todo tiene que estar judicializado ni el hombre es un lobo para el hombre.

 

 

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