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Tu mejor obra… ¡no es tuya!

© Fred Grinberg / RIA Novosti / Sputnik

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/04/19

¿Con ansiedad por hacer muchas cosas? Libérate y déjale hacer a Dios

Con frecuencia me pregunto qué es lo que puede saciar mi corazón. Me obsesiono con proyectos buenos, deseables, apetecibles. Pero no tengo en cuenta lo que calma mis ansias por dentro.

Les comentaba el papa Francisco a los jóvenes en Panamá este año:

“El Evangelio nos enseña que el mundo no será mejor porque haya menos personas enfermas, menos personas débiles, menos personas frágiles o ancianas de quien ocuparse e incluso no porque haya menos pecadores; no, no será mejor por eso. El mundo será mejor cuando sean más las personas que estén dispuestos y se animen a gestar el mañana, a creer en la fuerza transformadora del amor de Dios. A ustedes jóvenes les pregunto: ¿Quieren ser ‘influencer’ al estilo de María? Ella se animó a decir ‘hágase’. Sólo el amor nos vuelve más humanos, no las peleas, no el bullying, no el estudio; sólo el amor nos vuelve más humanos, más plenos, todo el resto son buenos pero vacíos placebos.

A veces creo que sí. Que el mundo estará mejor cuando haya leyes más justas. O menos enfermos. O menos ancianos. Y me obsesiono buscando la felicidad en el mundo.


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Yo quiero ser como María. Influir como Ella en la gestación de un mundo nuevo. Ella en la anunciación pronunció su sí más difícil. El más radical. El más hondo.

Lo pronunció como niña en silencio ante Dios. Su Fiat. Su Hágase. Y se hizo. Dios lo hizo en Ella respetando su libertad. Se puso con paciencia infinita a la altura de una niña.

Y desde entonces el hombre es más hombre cuando pronuncia su sí. Es más pleno cuando se deja hacer. No cuando hace. Cuando es hecho por Dios en el silencio de su alma.




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Es la carrera que emprendo cuando pronuncio como María mi sí. La carrera en la que Dios cambia mi alma.

Eso es la Cuaresma. El tiempo en el que corro en los pasos de Dios, en el corazón de María. Las palabras de Pablo me animan:

“Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta, para ganar el premio al que Dios, desde arriba, llama en Cristo Jesús”.

Todo es pérdida comparado con el amor de Dios. Me olvido de mis caídas y errores. Me levanto. El futuro es mío. El presente está en mis manos. sólo tengo que pronunciar mi Fiat. Tengo que dejarme hacer como niño.

Decía el padre José Kentenich:

Dios es padre y debe trabajar sobre la humanidad hasta que esta sea de nuevo capaz de dejarse moldear, sea pequeña y reconquiste el sentir de niño. Una humanidad y un individuo que no se confiesen pequeños ante Dios, o acaban en la ruina, o bien Dios procurará que este hombrecito lleno de sí mismo se reconozca y se sienta pequeño ante Él[1].

Dios puede hacer que yo me haga niño. Me vuelva consciente de mi pequeñez. El mundo cambiará cuando haya más personas como María. Dispuestas a reconocerse pequeñas y frágiles.

¡Qué pocas personas se reconocen públicamente débiles! Débiles de verdad. No la aparente pequeñez que busca la compasión.

Necesito reconocer mi fragilidad sin importarme que me tratan de acuerdo con ella. Eso es humildad. Es fruto de la humillación que me hace más consciente de mi pequeñez.




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Aprendo a dejarme hacer cuando toco mis límites, experimento mis torpezas y palpo mi imperfección.

En ese momento dejo de valorar tanto mis logros y comienzo a ver la obra de Dios en mí. Me hago niño. Y puedo exclamar con el salmo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

Veo entonces que mi mayor obra es la de Dios en mí. Es su mano creadora sosteniendo mi vida. Es su amor haciéndose en mí un surtidor de agua viva que lleva a la vida eterna.

Me gustaría ser más dócil para no querer hacer siempre lo que deseo. Una mirada de niño para ver el horizonte despejado.




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No estoy condenado a repetir continuamente las mismas elecciones. No estoy obligado a seguir siempre caminos de perdición.

Puedo salir de mis esclavitudes si pronuncio mi sí con un corazón de niño. Como ese corazón de María que confía en medio de su inocencia. Cree en el amor de Dios que sostendrá sus pasos más allá de sus límites humanos.

No hay caminos únicos. No quiero imponerles a otros mi camino. No pretendo que todos hagan lo que yo hago.

Sólo doy pasos siguiendo el amor de Dios en mi alma. Sin querer imponer nada. En mis actos se refleja la luz de Dios. Él puede cambiar el mundo con mi sí, con mi fiat.

Quiero dejarme moldear. No quiero hacer por hacer. Quiero que Jesús haga en mí su obra. A veces me veo tan soberbio, tan orgulloso de mis actos… Soy del mundo.

Le pido en esta Cuaresma que me haga más niño, más pobre, más débil. Que me haga semejante a María. Que pueda ser más ciudadano del cielo. Para dar mi sí y caminar así a su lado.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios, 328

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